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domingo, 28 de agosto de 2011

El dolor, en el enfermo, puede producir un desanimo mortal

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Un enfermo es un ser muy indefenso. Permitir que sufra dolor físico -o dolor moral- sin hacer nada para intentar aliviarlo, es tanto como torturarlo.

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Detalle de El niño enfermo, de Arturo Michelena - 1886

El niño enfermo, de Arturo Michelena - 1886

Para este nuevo post sobre enfermos, me veo obligada a usar una cita, de André Gide, que siempre coloca el periodista venezolano Rafael Poleo en sus artículos. Haré uso de esa cita en vista de que insistiré en cosas que ya he dicho y que no son escuchadas.

La cita de André Gide

“Todas las cosas son ya dichas; pero como nadie escucha, hay que volver a empezar siempre”.

A esa cita le agregaría: no sólo es que nadie escucha, es que ni hacen el esfuerzo por entender lo desconocido ya que creen que no les puede suceder, al menos no a ellos. Por ejemplo: mucho se habla de sismos, pero pocos intentan aprender las normas para protegerse en caso de terremotos porque “eso ocurre sólo en Japón y en Chile”. Entonces, sobre ese tema -como en tantos otros- hay que hablar una y mil veces.

Lo que expongo en mi post “¿Qué es un enfermo?”

“Permitir -en un enfermo- el dolor moral o el dolor físico, sin hacer nada para intentar aliviarlo, es tanto como torturarlo”.

Eso y más digo en mi post publicado en este blog el 16-07-11, titulado ¿Qué es un enfermo? En ese texto expongo varias consideraciones sobre las personas que padecen problemas de salud. Lo recomiendo a los pocos interesados en este tema. Difícil es lograr que esas reflexiones sean tomadas en cuenta por quienes -por ahora- están sanos. Lamentablemente habrá que esperar a que su salud, algún día, se deteriore para que recuerden mis palabras. Sólo me ajusto a una realidad inevitable para el ser humano: para enfermar sólo necesitamos nacer y estar sanos.

Cuando se desestima el dolor físico

En algunos casos, el dolor es inevitable y hay situaciones extremas en que los medicamentos no hacen efecto. Pero hay otros en los que el dolor sí se puede mitigar y no se hace nada para lograrlo, ni siquiera se intenta, dejándole al “tiempo” la cura del dolor como si el paciente pudiera soportar, así como así, semanas y meses. Que ya días -u horas de dolor- es mucho para un cuerpo humano, algo que no debería ser muy difícil de entender. Hablo en aquellos casos en que la apatía del médico hacia el dolor del paciente es absoluta. Específicamente me refiero a médicos que, estrictamente, cumplen con lo que les compete dentro de su especialidad, sin importarles el después del paciente; es decir, el cómo lo pase una vez que su dolencia haya sido tratada, por el método que sea: bien, quirúrgico o, bien, otro tipo de tratamiento.

Ejemplo de un dolor que podría mitigarse

Voy a entrar en el caso de las operaciones delicadas que dejan secuelas en el paciente que el cirujano ya de antemano -por experiencia- conoce y, por lo tanto, debe tomar previsiones para que el paciente no la pase tan mal. Por ejemplo: una mastectomía radical. Ésta, de por sí, es una operación muy traumática para la paciente por lo que conlleva psicológicamente pues se trata de cercenar una parte del cuerpo y no hay ser humano que, inmediatamente, reaccione bien ante una mutilación, no importa cuán necesaria sea y si salva, o no, su vida. Ese es otro tema. La aceptación quizás llegue con el tiempo, cuando la costumbre se convierte en ley -por decirlo de alguna manera- tal como se establece en derecho. O esa aceptación, tal vez, no llegue nunca.

¡Cuidado con la psiquis porque ésta existe aunque no se vea!

Mientras la aceptación llega -o no llega- hay que ocuparse de lo que hay: el dolor físico y el dolor moral. Para eso hay que recurrir a los especialistas en este tipo de dolores, dejando claro que el trabajo del cirujano termina en el quirófano, pero no finaliza ahí su deber de ayudar en la mejoría de su paciente, por lo que remitir el caso al médico que corresponda es el complemento perfecto de lo hecho en la sala de cirugía. De lo contrario, todo el éxito quirúrgico se puede desmoronar. Ya esto lo he advertido antes y no me voy a cansar de repetirlo. Es lógico que un dolor, que no cesa, termine afectando a la psiquis del paciente. ¡Mucho cuidado con subestimar a esa psiquis! Recomiendo que la subvaloren aquellos que lo que quieren es que el enfermo muera rápido para quitarse, de una buena vez, ese problema.

Las consecuencias de una mastectomía radical

En el caso de una mastectomía radical, los cortes de nervios y tejido son bastantes y por eso el dolor es fuerte. Imaginen un corte, pequeño, en cualquier parte de vuestro cuerpo. Duele mucho. Partiendo de esa comparación, piensen en el dolor que se produce luego de quitar un seno totalmente, acto quirúrgico que obliga a realizar un corte muy grande. No soy médico y me expreso como puedo; pero, más o menos, así son las cosas en ese tipo de intervención quirúrgica. Por algo el brazo cercano al seno cercenado queda prácticamente inutilizado de por vida o, al menos, muy limitado y con un dolor perenne y una sensación extraña -muy desagradable- tanto en la zona donde estuvo el seno, como donde se hizo el vaciado de ganglios o vaciado axilar. A eso se suma el dolor -y otros trastornos- que produce el linfedema en el brazo donde se realizó el vaciado de ganglios.

Accidente de quirófano”

Si a todo lo anterior le añadimos las consecuencias de lo que llamaré “accidente de quirófano” como lo es un drenaje mal colocado, tenemos a una paciente a quien le han salvado la vida al quitarle un tumor... pero a un precio muy alto: a cambio de un dolor mañana, tarde y noche que va minando los ánimos porque cualquier dolor es enloquecedor, de eso no creo que haya dudas. Ese “accidente de quirófano” (inevitable y, por lo tanto, no considerado como mala praxis) produce un dolor neuropático pues un nervio fue traumatizado por ese cuerpo extraño llamado drenaje, de colocación absolutamente obligatoria en una mastectomía como la que estoy hablando. Un dolor neuropático es bastante serio y no se alivia fácilmente, pero se cura si se usa la medicación adecuada que sólo puede ser administrada por un especialista en este tipo de dolor.

Lo inhumano

Lo que no se justifica -y es inhumano- es que a un dolor de esa magnitud se le ignore pretendiendo que sea el tiempo quien se apiade del pobre enfermo que ya tiene sobre sus espaldas otros problemas como la enfermedad que ha originado todo lo descrito anteriormente.

Cuando el ánimo del paciente decae a consecuencia del dolor

Es fundamental que se entienda que la vida de un paciente no sólo depende del éxito del cirujano -y de todos sus asistentes- dentro de un frío quirófano, sino también del ánimo que lo acompañe durante su enfermedad y el periodo de recuperación. El estado anímico se puede ver considerablemente disminuido ante un dolor físico, o moral, insoportable y sin alivio. Por eso insisto -basada en opiniones médicas muy respetables- que los éxitos de un acto quirúrgico pueden dar al traste si no hay un tratamiento post operatorio adecuado donde el dolor físico -y el dolor moral- sean atendidos correctamente, esto sin contar con el cariño, del que ya hablé en otro post.

No me voy a extender en estos puntos porque los trate en mi post ¿Qué es un enfermo? A los interesados en este tema les recomiendo dar clic en ese enlace.

El dolor incapacita

Una persona que padece un dolor continuo está incapacitada para disfrutar la vida plenamente o llevar el ritmo que llevan los que están sanos. Si esto no se entiende, es una gran desconsideración, un proceder inhumano.

El dolor lo justifica todo

Es lamentable que muchos desestimen al dolor y le pidan, a quien lo padece, que soporte estoicamente. Resulta que cualquier persona con un dolor de muela -que es algo pasajero- corre inmediatamente en busca de ayuda. ¿Qué queda para quien viene de pasar por un largo y penoso tratamiento o por un quirófano donde nada es fácil y el dolor es una constante? El estoicismo no tiene cabida fácil en estos casos. La desesperación sí se instala fácilmente.

Lo que pueda suceder tras un continuo malestar -no atendido o mal atendido- es comprensible porque un dolor -que no cesa- lo justifica todo, incluso la muerte por causas que luego nadie entiende, y están tan claras.

El dolor contiene imponderables que pareciera que sólo son comprendidos en la llamada “medicina del dolor”, que es una especialidad médica ejercida -según entiendo- por anestesistas especializados en el área del dolor físico.

El fingir como salida: un error que se puede pagar caro

No tengo ninguna duda de que no siempre se entiende a quien sufre un dolor constante. Eso es preocupante. Esto trae como consecuencia que el enfermo tema ser catalogado de fastidioso si expresa su queja ante sus padecimientos. Al dolor moral ni lo menciona. Si no se entiende el dolor físico, mucho menos habrá comprensión para el dolor moral. El temor a ser cuestionado puede llevar al paciente a disimular su verdadero estado. El problema es que tanto fingir, para no causar molestias a los demás -médicos y cuidadores- puede agravar la situación porque exige -por parte del enfermo- un esfuerzo enorme para el que no está en condiciones. Los psicólogos no recomiendan fingir; pero cuando no hay posibilidad de dialogo, no queda otra opción. Muy lamentable.

El médico no escucha al paciente

Yo siempre he dicho que la medicina no va a lograr verdaderos avances mientras las opiniones de los pacientes no sean tomadas en cuenta en las investigaciones. Pocos son los médicos que escuchan al enfermo. Nadie mejor que él conoce su cuerpo. Ni los médicos, ni los más sofisticados exámenes podrán, jamas, dar mejor información que quien padece determinada enfermedad. Si el paciente dice que algo le duele, hay que prestarle atención porque, con toda seguridad, está diciendo la verdad, esté o no descrito ese dolor en los manuales de medicina en la que 2 y 2 no siempre serán 4.

Maltrato psicológico al enfermo

Me queda por hablar del maltrato psicológico al paciente. Es un tema difícil y muy poco tratado, pero el problema existe con muy malas consecuencias para el enfermo que puede ser víctima de innumerables personas, bien del entorno médico -o paramédico- o bien de su entorno familiar y de amigos, aunque parezca una monstruosidad difícil de creer. La condición de indefensión, de un enfermo, lo hace atractivo ante personas con una mente perversa.

Queda este tema para otro post. Ya estoy adelantando algo -en narrativa- sobre lo que aún no he publicado nada. Lleva el título tentativo de "Historias de una mujer que sólo escucha el silencio".

Dos preguntas

1- ¿Cuándo un enfermo deja de serlo?

2- ¿Quién determina esto y bajo qué criterios?

Estas preguntas me las hago por una razón que también da tema para otro post.

PD: no soy médico. Soy una persona que ejerce su derecho a opinar sobre salud porque muchas veces he estado enferma y he tenido la desdicha de pasar por un quirófano en tres oportunidades. Eso me da autoridad para expresarme sobre temas de salud, especialmente sobre personas enfermas. Por ese motivo, todo enfermo es de mi interés y si puedo ser su vocera, con gusto lo seré.

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martes, 4 de enero de 2011

“O SE VIVE COMO UNO DESEA, O ES MEJOR NO SEGUIR VIVIENDO”

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En la introducción del libro “Antes que anochezca” -del escritor cubano Reinaldo Arenas- leí algo que me impactó y me llegó al alma porque su contenido es totalmente lógico:

“Siempre he considerado un acto miserable mendigar la vida como un favor. O se vive como uno desea, o es mejor no seguir viviendo”

Cuando por razones ajenas a la voluntad de una persona que ha vivido la vida a su antojo, vivir como le apetezca se convierte en un imposible, la muerte es la única salida a lo que, sin duda alguna, se convierte en la pérdida de la libertad y la autonomía. Esto le puede ocurrir a alguien autosuficiente si un día cae enfermo y pasa a ser dependiente que es -para mí- una forma más de discapacidad. En estos casos, la situación de dependencia se convierte en humillación (aunque no sea intencional) y ésta, poco a poco, mata tanto o más que una enfermedad. Aclaro que la situación económica del enfermo nada tiene que ver. Tenga o no tenga dinero, su condición de dependiente no varía. Se puede sobrellevar un tiempo, pero al alargarse comienza esa especie de desesperación que hace que ese ser se sienta prisionero de su cuerpo y de sus cuidadores (médicos, paramédicos y familiares).

Desgraciadamente cuando se trata a un enfermo grave (hablemos de un cáncer avanzado sólo por poner un ejemplo) no se toma en cuenta, para nada, su vida privada. Ésta queda anulada por la salud física y ni siquiera existe en la historia médica. El paso de persona sana a paciente muy enfermo -o medianamente enfermo- es algo degradante que la medicina ni se ocupa de estudiar. No se percatan los médicos -y los familiares- que la quimioterapia, la radioterapia y las intervenciones quirúrgicas pueden ayudar a curar la enfermedad, pero sólo si el paciente es visto globalmente, como ser humano que ha tenido una vida que no puede ni debe cambiar para hacer un trueque: “doy mi libertad a cambio de mi salud”. ¡Por Dios! Eso puede funcionar con alguien muy pasivo, pero jamás con alguien acostumbrado a tomar decisiones y no a que otros decidan por él. Quitarle a alguien su poder de disponer, es quitarle vida. Ya la palabra “paciente” produce rechazo porque los autosuficientes lo último que quieren es estar a merced de médicos y paramédicos, por muy bien que los traten. Este tipo de personas pueden sufrir traumas posteriores a una situación de dependencia.

Considero que vivir bajo ciertas condiciones adversas no es un deber ni una obligación. Cuando digo “Condiciones adversas” me refiero al tema que toco en este post: vivir de una manera que no es acorde con el estilo de vida de quien ha vivido sin que otros decidan su forma de vida. No importa si esta nueva vida está llena de confort, amor y lo que familiares y médicos consideren lo mejor, todo con la mejor voluntad, que eso no lo dudo. Sin embargo, lo mejor siempre será lo que se desea y cómo se desea. El deseo es algo absolutamente personal, nunca es algo inherente a dos, tres o más personas.

Cuidado con estos enfermos porque el trato que reciban puede ser más agresivo que un tumor, aunque ese trato sea por sobreprotección amorosa. Es muy cierto el planteamiento que hizo Reinaldo Arenas en su libro "Antes que anochezca" porque él sabía muy bien de lo que hablaba ya que estaba gravemente enfermo, tanto que terminó suicidándose. O se vive y se hace lo que a cada persona le apetece o, de lo contrario, la muerte es un alivio. Lamentablemente médicos y parientes olvidan que la psiquis existe y siente y padece. A ver si se enteran antes de convertir a un ser vivo infeliz en cadáver feliz.

Título y cita en negrillas tomado del libro “Antes que anochezca”, de Reinaldo Arenas. Tusquets Editores, S.A. Pagina 9.

Carmen Guédez