martes, 20 de octubre de 2015

¡Olé por los tanatorios!


A mí, la muerte de Nacho Mirás, me ha dejado un poquito tocada. Fue un campanazo. ¡Un jodido campanazo! Mientras él vivía, yo podía decir: 'Éramos tres, quedamos dos' (en enero, se fue José Luís Alvite). La ruleta rusa seguía rodando y todo en calma; pero con la muerte de Nacho, las cosas dan un giro que me obliga a ir preparando maleta. ¡Y con lo mala que soy haciendo equipaje!

La vida se ve rarita desde la silla donde estoy sentada. La certeza de que la muerte llega y que, cada día es uno menos, no es una sensación grata. Pero hay que vivir el resto, tomarse el contenido de la copa sin dejar nada. A fondo. 'Para morrer non fai falta máis que estar vivo', decía el padre de Nacho. Totalmente de acuerdo.

Morirme no me da miedo, el incordio está en la pre muerte, porque hay un antes. O me echo a morir ya ya, o termino de dejar todo atado para que no queden flecos sueltos cuando me vaya. 'La casa debe estar pulcra porque una se puede morir cualquier día', decía mi tía Sinforiana desde su casa con olor a limpio y sábanas blancas y almidonadas, para esperar a la señora de la guadaña. Ella había velado a sus muertos en casa, cuando los tanatorios no existían. Que lo diga Georges Brassens con el cuento de '¿Qué se hicieron los velorios del ayer?'
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Pues nada, llegó alguien que se dio cuenta de que la muerte era un buen negocio y fundó los tanatorios porque 'es un negocio que nunca va a morir y deja millones de millones'. ¡Negocio redondo, pues!

Me pregunto: ¿qué puede pasar si un muerto es velado en su casa? Es que ni el perro se va a infectar -con el perdón de Olivia, la perrita andaluza que acaban de adoptar mi hija y su esposo- pero negocio es negocio y el muerto, ¡al tanatorio! A ver si a La Moncloa llega el anticapitalismo -en el genio y figura de El Coletas, el podemito- para que fije día y hora para que desaparezcan los tanatorios y que cada muertito se quede en casa -o se vaya a casa, según sea el caso- para que se despida de aquel jarrón vintage que tanto le gustaba, ¡qué los objetos también tienen sentimientos!

Éramos tres, quedo yo sola -en casa- para recibir a las visitas de la despedida final;  con chocolate y café, o con el té de las cinco. Me van a disculpar por no sentarme en mi silla mariposa para sumarme a la charla de 'tan buena persona que era, tan estilosa ella, tan buena madre, tan bonito que escribía, tan buena vecina'. La caja -de madera de pino sin pulir- estará sellada. Imposible levantarme. Desde ahí, prometo que -calladita y sin pestañear- escucharé todo.

Sin embargo, mi optimismo de ser velada en casa, fallece de entrada, porque el gremio de los Tanatorios tiene mucho dinero y con invitar, a El Coletas, a un almuerzo en el Ritz -¡cuánto le gusta el hotel donde al pueblo se le echa a la calle!- adiós anticapitalismo y adiós velorios del ayer.

¡Olé por los tanatorios!

Carmen Guédez
@TintaIndeleble

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#SuicidioAsistido
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