miércoles, 23 de septiembre de 2015

El libro de la vida nos obliga a pasar la página



Hace pocos días me conseguí con una amiga  que  -por razones totalmente ajenas a mí-  tendría que estar muy molesta y muy ofendida conmigo. Apenas la vi, la saludé. Lo hice sin pensar en si debía, o no, hacerlo. Ella me devolvió el saludo con una sonrisa, como si nada hubiera pasado. Y es que nada pasó porque todo se debió a un cotilleo de esos que generan los humanos, no sé con qué intensiones. Tampoco importa saberlo, mucho menos reclamar por ello. Invertimos mucho tiempo en asuntos que no lo merecen.

La sonrisa, de mi amiga, no era una sonrisa hipócrita. La conozco muy bien como para jurar que no lo era. Ella es una de las pocas personas que tienen una inocencia envidiable. Es de esas personas que no conocen la malicia, mucho menos el rencor. De la maldad de la gente, ella no se ha enterado. Con excesiva franqueza -casi como una niña muy pequeñita- asume lo que desconoce con un dejo de ingenuidad.

Cuando le dije que para leer mi blog, entrara en Google y colocara 'tinta indeleble blog', me respondió, sin avergonzarse -sin sentirse menos que los demás- que ella no lo sabía hacer, pero que una vecina la ayudaba con Internet. Me conmovió. Tal y como antaño, cuando alguien no sabía leer y le pedía a un vecino que le leyera la correspondencia. A veces, el ignorar algo, hace más felices a los pocos seres que, de pie, pueblan al planeta tierra. Otros reptan y otros van en cuatro patas y, sin embargo, todos pertenecen a la especie humana. No lo entiendo. Los que reptan y los que van en cuatro patas, no deberían llamarse seres humanos. Mi amiga sí, porque va con la cabeza erguida.

Después de ese encuentro, me quedé pensando. Reflexionando. Entendí, gracias a ella, que el perdón solo parece existir en la edad de la inocencia, de la que los adultos nos hemos alejado tanto, tanto, tanto. Por ese distanciamiento, somos rencorosos, como si con eso fuéramos más sabios, más listillos, mejores personas. El no perdonar -y el no pedir perdón- es uno de los grandes errores del hombre. He insistido mucho en esto, en post anteriores.

Mi amiga nunca podrá saber si yo hice algo en su contra o si soy inocente de lo que le han dicho; pero eso no le importa, ni es un obstáculo para que, al verme, sonría y me salude. Ni siquiera estoy segura de que leerá este post. Es más joven que yo, pero no es mujer de navegar en la red.

En una actitud mía, propia de tiempos pasados -época de grandes errores, lo admito- había ensayado varias escenas para defenderme en cuanto viera a esa buena señora. Unas cuantas explicaciones, las tenía listas, bien preparadas, perfectamente bordadas. Tenía de dónde agarrarme para defenderme. Existía un contexto -un motivo- para justificar lo que le dijeron que yo había dicho pero que no dije,  tal y como se lo contaron. Sin embargo, todo se quedó en planes porque ella no exigió explicaciones y, al verla, tampoco sentí la necesidad de dárselas. No le importaban. Pasó la página. Olvidó. Yo, también.

No pesqué el anzuelo de la confrontación y, de eso, me siento orgullosa. Ella, tampoco lo pescó. En las cosas personales, no acepto peleas. La guerrera que hay en mí, solo emerge cuando se trata de algo no personal. Algo por lo que crea que debo luchar y gastar energías. Algo que no me involucre directamente. Algo que sea público y sea noticia. Mi vida personal, ni es pública ni es noticia. Voy de muy bajo perfil.

No acostumbro defenderme. De un tiempo para acá, me quedo callada -calladísima- ante cualquier agresión, ante cualquier injusticia. Pienso, que si me defiendo, estoy aceptando los hechos por los que me acusan. “El que me busca, no me encuentra”, escribí la semana pasada para decir que no me agradan las confrontaciones. Paso de ellas. No soy yo la que debo defenderme, que sean los que me acusan los que aporten la carga de las pruebas.

Si de los más inocentes, como mi amiga, pudiéramos aprender un poco, el mundo sería distinto. El libro de la vida no tiene límites en el número de páginas. Si nos detenemos en una (página), nunca podremos leer las mil y tantas otras páginas de ese libro sabio. Nos las perderemos. Es de esa lectura mía -sobre todo lo que me acontece y cómo lo interpreto- que AlmudenaTimón  (filósofa y concejal salmantina)  tendrá que hacerse eco para darla a conocer cuando llegue el momento de mi punto final. Ella es la destinataria de lo que escribo -Almudena ha creído en mí y me está conociendo muy bien, tanto como Palmira Ric- porque sé que hará buen uso de estos textos que irán en mi libro, ahora en construcción.¡Qué suerte y qué orgullo es tenerla a mi lado, mientras escribo! Un verdadero privilegio, un lujo. Una razón para invertir bien mi tiempo.

A Almudena le he pedido que sea ella la que ponga el punto final, además de escribir el prólogo. Como los poemas de mi abuelo Víctor, quiero que mi libro quede inconcluso. Soy una rara avis que no desea bautizar mi propio libro. Me avergüenza presumir de mí misma. Supongo que se bautizará en Salamanca. Que lo bauticen mis hijas, junto con Almudena y Palmira Ric. Me encantaría -desde la distancia- ver las fotos de esa ceremonia. Sería la mar de divertido.

El mensaje de este post es que pasemos la página para vivir en paz. La vida es corta. No nos enganchemos en lo que no merece la pena.

Carmen Guédez
@TintaIndeleble




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