domingo, 6 de septiembre de 2015

Carta a Varguitas, el nuevo Immanuel Rath

Señor:
Mario Vargas Llosa

Quiero empezar diciéndole que no soy nada impresionable y, por lo tanto, no caigo rendida ante su premio Nobel. Las personas -para mí- son un todo donde se une el talento con los sentimientos. No puedo verlo solo en su papel de escritor porque usted tiene un papel destacado en la sociedad y eso puede ser muy bueno, o muy malo, dependiendo de quién lo lea o quien lo escuche. Con eso hay que tener mucho cuidado.

Usted no me transmite ninguna empatía con las mujeres. Para usted, mujer es la que hace y deshace las maletas, pone orden en el caos y le hace la vida cómoda para que escriba. Eso se llama machismo y en mano de machistas se hunden muchas mujeres.

Lo suyo, con Patricia Llosa, ya no era amor, era costumbre e, incluso, comodidad. Por eso me parece muy bien que haya decidido romper con el aburrimiento y se haya empeñado en vivir un nuevo romance a sus 79 años. El problema está en el cómo lo ha hecho y de eso quiero hablarle. Es ese cómo lo que me indigna y me lleva a escribirle.

Debió separarse cuando se vio atrapado en una vida familiar que, a veces, se hace insoportable para hombres como usted, que solo desean estar en reuniones intelectuales, políticas o glamurosas, en lugar de estar escuchando las palabras de una nieta que felicita a sus abuelos por llegar a los 50 años de matrimonio. Esa fue, sin duda, la fiesta inolvidable. Aplaudió, usted, en su papel de abuelo y eso como que no combina con el glamour de un Nobel. En esa última celebración, en familia, su cabeza estaba pensando en cómo decirle a esa nieta -y al resto de los presentes- que su matrimonio había naufragado y que usted era un farsante que se prestaba para festejar una mentira. Hubiera sido menos doloroso contar -en ese momento- lo que estaba pasando en lugar de hacerlo desde un taxi, en declaraciones a un periodista de un programa de tele basura. Fue -en ese instante televisivo- cuando quedó claro que estaba separado de su esposa Patricia. Antes, nadie lo sabía.

Solicitó usted -en esas declaraciones- que “Respeten la vida privada”, ese respeto que su hija, Morgana, pide, a gritos, para su madre.

Me da mucho dolor ver a Morgana tan compungida, protegiendo a su madre de esa jauría de periodistas que usted ha permitido. Sí, usted lo ha permitido, porque debió exigirle a Preysler no ser exhibicionistas. Su hija, ha tenido que suplicar un “Por favor, dejen a mi madre en paz. La situación es muy complicada”. No había necesidad de hacerles las cosas tan difíciles. No, señor Nobel, la familia está primero y se les debe evitar el dolor y la humillación. Siempre se pueden hacer las cosas con elegancia, pero la prensa rosa pide sangre como en un circo romano. Y usted se ha prestado para que haya sangre. Es ridículo escucharle decir “Respeten la vida privada” cuando no le ha exigido a Preysler que pare la información sobre vuestra relación.

Si hay algo que le duele al ser humano, es ser abandonado por otro. Eso se convierte en una humillación insoportable, más si se es persona pública y, por lo tanto, se está más expuesta. Es de humanos que el desamor lastime a rabiar y quien diga que no es doloroso, no le corre sangre por las venas. Patricia es, con toda razón, una mujer herida. Será de naricita respingada, pero por encima de todo es mujer y, como tal, reacciona.

Patricia Llosa no merecía ser humillada de esa manera porque es la madre de sus hijos y la abuela de sus nietos. Como un vendaval, usted ha arrasado con su familia, los ha sacado de sitio -de raíz, como a los árboles- y ahora andan con un inmenso dolor a cuestas: el de su abandono. Si usted no fuera un Nobel, ya alguien le hubiera puesto un nombre a lo que usted le ha hecho a Patricia Llosa. Ese nombre es MALTRATO, el mismo maltrato con el que tanto daño le hizo a Julia Urquidi, pero eso es otro cuento, digno de un ensayo sobre la patología de la traición. El maltrato psicológico es tan reprochable como el maltrato físico. Le vuelvo a decir que usted está en todo su derecho de enamorarse de nuevo, pero no lo asiste ningún derecho para hacer las cosas con la torpeza y la falta de empatía de la que ha hecho gala. Usted no es el frutero de la esquina, usted está en la mira de la prensa. ¡Qué grave es su falta de empatía, de cara al referente que usted es!

Ha dicho,usted, que la revista ¡Hola! no le ha pagado por las fotos donde aparece junto a su nueva pareja, y mire que le creo, porque no lo imagino capaz de cobrar por semejante show. Eso sería bochornoso para un Nobel. Entonces, pregúntese el porqué de esas fotos donde aparece -junto a su actual pareja- en momentos muy íntimos, en los que los enamorados desean estar solos, como aquella instantánea donde usted baila, con Isabel Preysler, en una fiesta en Portugal. Esas fotos parecen posadas para ser publicadas. ¿Por qué las publicó esa revista si la fiesta era privada? ¿Cómo se tienen tantos detalles de sus vacaciones en la isla de Mustique? La respuesta la tiene a su lado: Isabel Preysler es quien permite que se filtren esas fotos y no lo hace de gratis. Ella está haciendo dinero con usted. Ella es la que cobra, pero usted se lo permite porque una de sus condiciones debió ser el no aceptar exponer su vida privada, como lo ha hecho, y como lo hará el próximo 09 de septiembre -en New York- sin importarle seguir hiriendo a su familia.

¡Hola! se frota las manos con la fiesta de Porcelanosa en New York. Cada accesorio que Preysler lleve ese día, se agotará enseguida. La ¡Hola! se va a vender en cosa de segundos. La misma buena suerte correrá la My Cream. Todo muy calculado. Mire, usted, cómo es el negocio en ese mundo del glamour donde todo tiene un precio. Y usted sin saber dónde se ha metido.

Cada paso que usted da con Isabel Preysler, es registrado por la llamada revista de cabecera de su pareja. Eso, tan inocente, como es salir con la novia a comer, es vendido por ¡Hola! a millones de lectores que disfrutan ese espectáculo que usted detesta. ¿O detestaba? Usted se ha convertido en la gallina de los huevos de oro del mundo de la prensa rosa. Isabel Preysler, sin usted, ya no vende.

Que ella (Preysler) no reparta sus ganancias con usted, eso también se lo creo. Ella hace su trabajo y por eso cobra. Es muy buena profesional en su campo (?) ¡Hola! paga bien a quien le sirve. También cobran sus hijas, Tamara y la que tuvo con el difunto Boyer -y su hijo- y todo aquel que sea testigo de vuestro romance y pueda pararse en un photocall a declarar. Ni una línea escrita, o dicha en un plató, es gratis, ¿o no lo sabía?

Usted terminará su vida metido en su nuevo papel de hombre-show. ¡Qué pena no ser leído en la página de cultura! Qué triste que muchos lo recuerden como el amante de Isabel Preysler y no como el escritor peruano que ganó un Nobel.

Le digo todo esto porque los hombres, como usted, son referentes para la sociedad y, en su caso, es inadmisible. Es, usted, un hombre tan maltratador y abandonante como ese padre al que tanto detesta por su abandono. Se repite la historia. Usted hace uso del verbo que aprendió a conjugar en su niñez: abandonar (yo abandono, tú abandonas, él abandona...)

Por cierto, cuántas tonterías se dicen cuando se recibe un premio de la envergadura de un Nobel. ¡Qué bonito habló usted de Patricia en esa ceremonia! Usted, todo un Nobel con la voz quebrada.

Resulta que usted, Mario, solo sirve para escribir porque como ser humano -esposo, padre, abuelo- ha resultado una farsa.

Usted, Varguitas, me recuerda al profesor Immanuel Rath, el de El Ángel Azul. ¡Cuidado y termina sus días como ese pobre hombre! No olvide que todo se paga. Que lo diga Patricia, su prima y todavía esposa.
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Carmen Guédez
@TintaIndeleble

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