viernes, 28 de agosto de 2015

No escribo pensando en la bondad del lector

Estoy escribiendo largo, sin pensar en la generosidad de quien me lee, sino en el morbo que debe dar leer a una persona que ha padecido un cáncer y es paciente oncológica.
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Tal vez me vean como a una extraterrestre. O no se identifiquen, con nada, de lo que escribo porque el cáncer no es cosa de ustedes. Algunos, a lo mejor flipan al imaginar que, gracias a la radioterapia, soy “radioactiva”. Habrá alguno que piense que las alarmas de los aeropuertos se disparan cuando paso. Leerme debe ser -lo supongo- un ejercicio de acercarse a un mundo desconocido: el del paciente con cáncer. No tuve la suerte de leer a alguien que tuviera un tumor maligno. Tuve que aprenderlo todo (sobre el mundo oncológico) por mí misma. Los pocos que conocí, solo hablaban del dolor físico, de lo obvio. 

Escribo -hoy- sin orden ni medida. De todo un poco, como esas ráfagas de recuerdos que cruzan por mi mente. No hay orden en este post. Hablo de mis amigos, de Ángel y de Xil, y hablo de otras cosas.

Mi móvil está apagado.
El teléfono fijo, no lo respondo.
Mi Skype es solo para mis hijas y dos amigos.
Nunca escucho música mientras escribo.
El ruido y la gente siempre me han molestado cuando me siento a escribir, que es todo los días.
Nadie va a incomodarme hoy.
Silencio absoluto reina en mi estudio. 

Comienzo a escribir
Almudena Timón es guardiana de lo que escribo, casi siempre muy largo. Hace tiempo que le perdí el miedo a contar lo más íntimo. Me desnudo en estas crónicas sobre mi cáncer. Hablo, sin censura, de mis amigos y de mis enemigos. Esta vez será de mis amigos. Mis enemigos ya han tenido bastante espacio en mi blog.

Estoy durmiendo muy pocas horas, casi nada. Tengo una necesidad imperiosa de escribir. Confío en que Almudena Timón guarde todo en su nube. Después de mi muerte, que decida ella -junto con mis hijas- lo que se va a publicar. Hay mucho material en los tantos e-mails que he enviado desde que el cáncer me fue diagnosticado a finales del 2010. 

Almudena Timón
Sobre Almudena, les contaré otro día. Solo les adelanto que es filósofa y vive y trabaja en Salamanca-España. Nos conocimos en Twitter. Ella leyó mis tuit sobre la muerte y se interesó en mí. Le llamó la atención lo que yo escribía siendo paciente oncológica. Es un placer estar en contacto, con ella, en esta etapa de mi vida, en el corredor de la muerte. Es un lujo poder compartir con Almudena lo que escribo. Leer su opinión sobre estos textos. Con pocas palabras, Almudena me define, me entiende. Acepta a la muerte, que es lo que nos une a las dos. Sin muerte no hay vida. Por lo tanto, ella y yo, somos amigas en la vida.

No escribo para todo el mundo
Eso lo sé. Escribo para ir directo a la psiquis de mis lectores. La primera piel no me interesa. Hurgar en lo más profundo, sí que me atrae. En mi anterior post escribí uno de los textos más duros que yo recuerde. Un texto muy calculado. Dos líneas que deben haber caído, como plomo, en el inconsciente de quien me leyó.

Decía en esas dos líneas
“Tal vez, con este post, les estaré dejando, a solas, con sus conciencias. Si es así, no les dejo nada fácil. Y lo que es peor: los dejo desnudos -indefensos- con ustedes mismos” 

Del éxito y los famosos
Un día, Almudena y yo, decidimos no publicar más en mi blog para preservar lo escrito para un libro. De vez en cuando publico algo, como ahora. No tengo ningún deseo de publicar un libro en vida. Considero que sería un acto vanidoso de mi parte, amparada en Almudena como garante de que lo que escribo es útil para alguien o para algo. También lo considero petulante y excesivo en la medida de que, quien publica un libro, es considerado como un escritor y no quiero ese título para mí. Solo soy madre -por decisión propia- y paciente oncológica, por decisión del destino. Bloguera, sí que me podrían llamar. Escritor era Cervantes y era Shakespeare. Escritor es mi primo, Juan Carlos Méndez Guédez, pero yo no. Firmar libros está muy lejos de lo que deseo. La soberbia ya no es mi fuerte. Lo fue, pero no lo es en esta etapa, en la que la altivez no me sirve de nada.

El cáncer es un viaje, cuyo destino es la humildad, si sabemos tomar la carretera correcta. Advierto que no hay señales. Así lo veo yo.

Admiro a Vincent Van Gogh por haber pintado sin conocer el éxito. No me gustan los famosos, a menos que, detrás de la fama, haya un ser humano de nobles sentimientos y un torrente de modestia. Pocas veces nace esa especie.

La necesidad de escribir
Escribo como lo haría una adolescente en su diario. Necesidad de escribir es lo que me mueve a golpear las teclas. Necesidad de disculparme como en mi post anterior. Necesidad de soledad absoluta para contarme a mí misma a través de mis palabras. Necesidad de decirle a mis hijas -y a mi gente más cercana- cuánto los quiero y cuánto les agradezco que estén ahí, sin importar distancias geográficas.

Me he vuelto huraña
No frecuento a mucha gente. Mi tiempo se acorta y necesito aprovechar cada segundo. No puedo perderlo en lo que no me interesa. Tengo prioridades. Mi grupo de amigos se reduce cada día y con muy pocos tengo necesidad de compartir. Ellos saben quiénes son. Xil, es uno de ellos. Las meigas galegas  hicieron un conjuro para unirnos.

Tengo tanto que agradecerle a Xil. Es un imprescindible en mi vida. ¡Qué gustazo será volverlo a ver! Recorrer juntos a A Coruña a las tres de la madrugada, como la última vez. Me inclino por recorrer la explanada de O Parrote. Estuvimos por ahí, esa última vez, exactamente frente al edificio donde vive el millonario Amancio Ortega (Inditex). No sean ilusos, no vive en un piso. Todo el edificio es su vivienda. Para más señas, el edificio está ubicado en el paseo de la Dársena, frente al puerto y la explanada de O Parrote. Hermosa vista se tiene desde ahí. Muy cerca está el hospital donde fui operada del cáncer, el “Abente y Lago”, con preciosa vista, también.

Cada día soy más selectiva
Tengo un amigo, de hace muchos años, pero ya no tengo nada que hablar con él. Yo crecí, con el cáncer, y él se quedó atrás. Una conversación profunda es imposible con él y no estoy para hablar del último modelo de móvil. No me interesa el tema. Él jamás entendería este post. Estoy contando hasta diez para no romper con la amistad. Estoy siendo muy dura, pero mi tiempo nunca fue tan de oro como lo es ahora.

Fase terminal
Pensaran ustedes que estoy en fase terminal y que por eso me expreso de esta manera. No, no estoy en fase terminal, que yo sepa. Tampoco estoy triste. Al contrario, me siento en paz y estoy bien de salud -hasta donde le es posible estar bien a un paciente oncológico- pero no soy tonta, sé que el cáncer es traicionero y cobarde y ataca cuando menos lo esperamos. Por eso escribo con desesperación, pero no me abandona el buen humor. Callada, sí que estoy. No tengo nada que decir, pero tengo mucho que escribir.

Escribir, solo escribir
Ahora mismo, me preocupa la llegada del otoño y, con el otoño, la navidad está a vuelta de la esquina. Y, yo, atrasada en todas mis obligaciones. ¡Tengo tanto qué hacer! Ordenar estos textos es una de mis prioridades y, mis hijas, mi prioridad número uno. Por eso, duermo poco. El tiempo, ¡siempre el tiempo! La arena cayendo en el reloj que está en mi mesilla de noche. La miro (a la arena) y me da miedo saber lo efímero que es el tiempo. Es como el agua entre las manos.

Quisiera no tener otras obligaciones para dedicarme solo a escribir. Me dijo, un día, José Luís Vethencourt: “Carmen, ¿qué sería de usted si no escribiera?”. Era el año 1986 y mi padre y mi madre estaban muy enfermos. Yo le daba al Dr. Vethencourt todo lo que escribía. Me interesaba su crítica. Murió sin leerme en un periódico -El Universal, de Caracas- o en este blog.

Los amigos
Recuerdo mucho a Ángel Rodríguez-Valdés, periodista y escritor. Muy madrileño él, a pesar de no haber nacido en Madrid. Nació en Ceuta y murió en Caracas. Ángel es un recuerdo recurrente. Me hace muchísima falta. Falleció en el 2010 sin saber que yo había pillado un cáncer. Con Ángel tuve una relación que califico de afectiva-intelectual, si de alguna manera se le puede llamar. Sé que Ángel me supo valorar en todas las dimensiones. 

Nuestras conversaciones eran muy ricas. Como dice su hija Gloría -periodista, como su padre- en un emotivo post que le dedicó tras su muerte: “Sabía mucho, muchísimo”. Totalmente cierto. Por ese saber mucho, muchísimo, era que yo la pasaba tan bien con Ángel. Pero al margen de lo intelectual, Ángel era mi amigo y yo estaba entre el grupo de sus amigos más queridos. Tuve esa suerte.

Salimos muchísimas veces a comer, o al cine o al teatro. Ángel era un bohemio empedernido. También lo soy, pero tengo límites. Ángel bebía, yo no, apenas dos copas de vino como mucho. Ángel pedía más y seguíamos conversando, mientras iban llegando los amigos. Con Ángel conocí lo poco que quedaba de lo que se llamó, en Caracas, la República del Este. Operaba en la avenida Francisco Solano, muy cerca de Sabana Grande. Yo era mucho menor que Ángel y no la conocí (a la República del Este) en sus años de esplendor, pero fue un placer vivirla cuando ya casi se extinguía. Sí viví la época de El Piccolo, El Gran Café y La Vesuviana. Buena parte del mundo intelectual, de aquella Caracas, se reunía ahí.

Llegó un momento en que la inseguridad nos obligó a abandonar los bares y restaurantes, ubicados en la Francisco Solano. Lo intentamos en el este de Caracas, pero no funcionó. Ese fue el fin de esa peña intelectual. No tengo noticias de que una nueva generación la haya reactivado.

Amigos, siempre
Ángel y yo discutíamos mucho, pero nos reconciliábamos en poco tiempo. Por encima de todo, éramos muy buenos amigos, colegas en el hecho de escribir artículos de opinión para la prensa. Nos leíamos el uno al otro.

La amistad es mucho más grata que el amor 
Y más perdurable y agradecida. Por eso, con los hombres brillantes -como Ángel- no se puede pasar la raya de la amistad porque, si se pasa, se corre el riesgo de perderles.
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Tenía, Ángel, una memoria prodigiosa. Recordaba, perfectamente, el párrafo de un libro. Un día, mientras estábamos en un banco, sacando dinero, él tomó un cuaderno que llevaba conmigo y escribió un párrafo de una poesía de Agustín de Foxá. Conservo el texto de su puño y letra.

Cuando tú eras campana de pagoda
yo era nervio del ojo que miró tu bronce

Fue así -por medio de Ángel- como descubrí a Foxá. 

He conocido y seguiré conociendo a intelectuales -me encantan siempre que no sean engreídos- pero con ninguno podré tener una amistad tan bella -tan rica y tan sincera- como la que tuve con Ángel Rodríguez-Valdés. Tal vez, sea Xil, su heredero, pero Xil vive en A Coruña y no nos podemos ver con la frecuencia que quisiéramos. Conversaciones de horas con cena y vino en su precioso ático de la Plaza de Lugo. Es culto, Xil. Cultísimo. Sabe ser amigo. Y yo lo adoro. Me regaló un libro extraordinario sobre la arquitectura de A Coruña.

A los amigos -como a los hijos y a los seres queridos- hay que decirles, con frecuencia, cuánto se les quiere. Nunca sabremos cuándo será la última vez.

Tanto, tanto, tanto
Que alguien me diga, cómo puedo dormir largas horas, si tengo tanto que contar, tanto que leer, tanto que escribir, tanto que perdonar, tanto que tolerar... y la vida se me va al paso de cada segundo.
 .
¿Cómo olvidar al hombre que no me regaló joyas?
Pero me obsequió un Foxá sublime, para recordarlo eternamente.

…Hoang:

Escucha...

¿En qué otro mundo de cerezas raras
oí tu voz? ¿En qué planeta lento
de bronces y de nieve, vi tus ojos
hace un millón de siglos? ¿Dónde estabas?
Fuiste agua hace mil años.
Yo era raíz de rosa, y me regabas...
Fuiste campana de pagoda, yo era
nervio del ojo que miró a tu bronce.
Nos hemos perseguido,
alma con alma, atravesando cuerpos
peregrinos de venas y latidos,
por pieles de animales, por estambres,
escamas, esqueletos, cortezas;
por mil cuerpos y sangres diferentes,
alma con alma, cincelando torres
de espíritu con lágrima y sonrisa.

 …Hoang:

Tú fuiste, Cui-Ping-Sing, todo lo claro,
el cisne o la ceniza.
Yo fui todo lo oscuro,
la raíz, la tortuga.
Tus pechos
son dos nidos calientes,
tejidos en la rama de un almendro

Lloro cada vez que leo esa maravilla escrita por Agustín de Foxá. Ese poema es un reencontrarme con Ángel. Y pienso que la vida hay que vivirla en esos detalles. No pido más.

Carmen Guédez
@TintaIndeleble

#PacienteOncológica
#BuenMorir

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