sábado, 22 de febrero de 2014

Los niños y la muerte de seres queridos: un tabú

Crecí casi sin ver enfermedades graves en la familia y eso no me dio un patrón de aprendizaje sobre este tipo de enfermedades.

Vengo de una familia que se mantuvo sana durante la época de mi niñez. Siempre estuve más cerca de mi familia materna y -en ese mundo de hombres parcos, viudas y solteronas- nadie enfermó de gravedad durante esos primeros años de mi vida. Todos murieron de vejez, una -o dos- del corazón y mi tío Amable, en un accidente en su coche. Cuando ocurrieron esas muertes yo ya estaba casada. Las muertes de la familia de mi padre no las viví. Me resultaban personas lejanas porque siempre vivimos cerca de la familia de mi madre. Ni siquiera recuerdo la muerte de mi tía Rita, una mujer amorosa a quien mi padre adoraba porque lo crió tras la muerte de su madre.
.
La muerte de mi tía Mariana
Cuando era una niña, murió una tía por parte de mi abuelo materno. Ella -y un hermano mío- fueron las excepciones en cuanto a muertes de seres queridos durante la etapa de mi niñez. Mi tía enfermó de un cáncer de estómago. No sé si nos lo dijeron nuestros padres o yo escuché a papá hablando con el médico que era amigo y vecino nuestro. No tuve la oportunidad de verla enferma porque, apenas dieron el diagnóstico, la trasladaron a la casa de mi abuela materna, lejos de nosotros, los niños. Ni al entierro nos llevaron y solo nos hicieron llevar unos trajes de medio luto (blancos con estampado en negro) que mi madre nos hizo con premura.

Esa tía -mi tía Mariana- a veces vivía con nosotros y otras veces en su casa. Era una solterona feliz y libre. Parecía una gitana porque cambiaba de casa a su antojo. Era muy fea, pero muy buena. Recuerdo perfectamente sus uñas porque eran muy largas y muy duras, algo parecido a esas uñas de acrílico. Las llevaba sin esmalte y eran un tanto amarillentas, como uña de fumador, pero nunca la vi fumando. Para mí, sus uñas eran como garras. Jamás volví a ver unas uñas así. El cabello, encanecido, lo llevaba suelto, hasta el hombro y mal peinado. Nunca se lo recogía.

No recuerdo el día que se la llevaron de nuestra casa. Después de eso, no la volví a ver más. Hoy me resulta curioso que la hayan alejado de los niños. En casa de mi abuela eran pocos adultos: mi abuela, mi tío Amable y dos señoras de servicio doméstico. No recuerdo cómo reaccionó ella -o mi madre- al saber que la tía tenía cáncer. Tal vez no se lo dijeron a mi tía. Fue la primera vez que escuché la palabra cáncer. Murió en pocos meses. No pudo haber recibido quimioterapia porque, donde mi abuela vivía, no había hospital. Vagamente recuerdo que no tenía posibilidades de vivir mucho tiempo. No entiendo cómo le calmaban los dolores. De eso nunca se habló. Para eso estaba ese médico vecino y amigo.

Había muerto la tía que nos castigaba pegándonos con un pañuelo blanco cuando saltábamos en las camas, la tía que nos consentía, la más querida de mi hermano Orlando, el que siguió a Orlando José. Era muy maja mi tía Mariana.

La muerte de mi hermano Orlando José
No sé si llamarle muerte es lo correcto. Venía con el cordón umbilical alrededor de su cuello y murió a término. Digo murió por decir algo, porque yo entiendo que no llegó a nacer. La muerte lo espero justo a la salida del vientre materno. Traicionera y cobarde muerte al hacerle eso a un niño. Le pusieron dos nombres y no sé el porqué ya que no vivió.

Vivíamos, para entonces, en una casa muy grande. En esa época los muertos podían ser velados en sus casas, pero no recuerdo un velatorio. Solo recuerdo el día del entierro. No llegue a ver y mi hermanito, mucho menos lo pude tocar. Un ataúd blanco y pequeño fue colocado en el centro de un espacio grande. Nunca lo abrieron. Recuerdo que me paré al lado de la urna no sé si porque me lo pidieron o lo hice por mi cuenta. En ese momento me dieron muchas ganas de hacer pis y no podía moverme de ahí. Aquello me causaba mucha gracia. Para entonces yo no tenía más de cinco años, tal vez menos, pero tengo memoria de buena parte de mi niñez.

Llegó, por fin, la hora del entierro. Los niños no fuimos. Me paré en la puerta a ver cómo se lo llevaban en hombros. Supongo que lo llevaban a la iglesia. Había mucha gente. Mi hermano Orlando José se fue perdiendo por una larga calle que fue, por cosas de la vida, donde yo empecé a escribir a muy temprana edad, antes de los 6 ó 7 años. No hay fotos de él. Hubo una época muy rica de fotografía post mortem de niños y adutos. Los mostraban sobre un lecho con las mejores galas. Yo fotografié a mi madre en su ataud. Quería recordarla en todos los momentos de su vida y la muerte era uno más, doloroso, pero imposible de evitar
Niño muerto en una época muy rica en fotografía post mortem
Me queda la certeza de que no nos daban permiso para ver enfermos y entierros. Era una manera de negarnos la existencia de la muerte y de las enfermedades importantes. Cuando cumplí 24 años conocí a un médico que me introdujo en el mundo de la muerte y del Buen Morir y eso ha permanecido en mí hasta el día de hoy. ¡Cuán útil me ha resultado ese poder hablar de la muerte sin miedo! Fue con el Dr. David Dominguez (ya fallecido) que me enteré de que en algunos países, los niños tocan a los muertos. Es parte del ritual. No es macabro, es una forma de crearles consciencia de que se nace y se muere y así crecen aprovechando el tiempo hasta que llegue el momento de que los toquen a ellos. Con mis hijas hablo de la muerte. Lo hice antes del cáncer y lo sigo haciendo ahora. Es un tema normal entre nosotras. También lo hablo con médicos amigos que no me ofrecen milagros que me salven del cáncer. Saben que ahora estoy bien, pero reconocen que debo ir preparando el equipaje para partir. Ninguno da fechas aproximadas.

La muerte debe dejar de ser un tabú. Yo hubiera querido ver enferma a mi tía Mariana y me hubiese encantado acompañarla en su agonía, muerte y entierro. No me dejaron hacerlo. Desgraciadamente ese tabú no ha desaparecido y lo que hace es causar un gran terror a los que padecen enfermedades tan graves como la mía -cáncer de mama- obligándolos a vivir en una gran angustia.

Yo no he vivido mal mi cáncer a pesar de los problemas -ajenos a la enfermedad- con los que he tenido que enfrentarme. Sin embargo, me cuesta creer que lo tuve y que lo pueda volver a tener. Estoy muy consciente de que no siempre estaré bien como estoy ahora, pero gracias a mi psicóloga Palmira Ric, de la accc, estoy viviendo un día a la vez. No miro hacia delante. Me regocijo en el ahora, en el hoy y lo que me rodea en ese día. Mañana podré volver a ver el sol, o tal vez no; pero la última vez que lo, vea estaré feliz.

No me preocupo por un mañana que no tengo en este momento. Sería como tomar agua con mis manos y querer que no se escape ni una gota. Eso no es posible. Así no se vive el cáncer. Es una enfermedad para vivirla a corto plazo y, así, intentar -sin angustias- vivir más tiempo con calidad de vida.

Reflexiones
Los niños -aunque no hagan preguntas- saben que la muerte existe. El problema -en nuestra cultura- es cómo decírselos. Hay culturas donde los niños tocan a los muertos.

Los niños tienen mecanismos para sobrellevar la muerte de un ser querido y hasta hacerla bonita. “Mi papá y mi mamá se quedaron dormidos”, Maya Berry Spear (5 años)
.
Carmen Guédez
@TintaIndeleble
.
Socia activa de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN) Caracas-Venezuela
Carnet Nº 3.974
SACVEN: http://www.sacven.org/

Prohibida la reproducción -parcial o total- de este post sin contar con mi autorización. Si lo reproducen, o lo disfrazan de mención, o de "compartido", SACVEN cobrará mis derechos de autor en cualquier lugar del mundo




No hay comentarios: