martes, 5 de noviembre de 2013

¿Qué es la fama?

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La fama es un hecho que deja de ser importante cuando enfermas y/o mueres, igual que los demás mortales. De nada valdrán elogios, premios y homenajes. A partir de entonces, convivirás con los más humildes, con los anónimos de siempre, con esos que sólo caminaron sobre cardos y chumberas, mientras los prepotentes los ignoraban. Prefirieron ponerse una venda para no ver que hay rutas muy duras y que todos, alguna vez, las vamos a transitar. Decidieron creer que, por siempre, sus caminos estarían cubiertos con pétalos de rosa y rico perfume. ¿Bajar la cabeza o ver la cara de la otra moneda? ¡Jamás!
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Vivieron levitando hasta que la realidad se les colocó enfrente y los devoró al sembrar sus pies sobre la tierra por primera y única vez... cuando ya era tarde.

La fama, ¡vaya estafa a la hora de la muerte!

Carmen Guédez
@TintaIndeleble

Socia activa de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN) Caracas-Venezuela
Carnet Nº 3.974
SACVEN: http://www.sacven.org/

Prohibida la reproducción -parcial o total- de este post

lunes, 4 de noviembre de 2013

El pragmatismo y la calma deben convivir con el cáncer

El cáncer te da dos opciones: o vives o mueres. Si deseas vivir, asume a la muerte. Habla de ella. Deja todo arreglado para cuando te marches de este mundo.

Quiero continuar narrando la historia de mi cáncer porque hay gente a quien le interesa mi testimonio. No encuentro nada especial, salvo que yo lo relaciono con la muerte como una certeza más cercana que antaño -cuando estaba sana- y, por ello, hablo de mi propia muerte como lo he hecho desde hace muchísimos años. Planifico, trato de dejar todo en orden para cuando llegue el último día. No eludo el tema y lo converso con los más cercanos y, especialmente, con mis hijas. Todos los pacientes de cáncer piensan en la muerte -eso creo- pero no todos escriben o hablan sobre su muerte. Es un tema tabú. ¿Para qué engañarnos? No es agradable hablar de eso, pero con eludirlo no siento que gano nada.

No sé por qué no me inquieta morir
A veces me sorprendo a mí misma. “¿Cómo puedo hablar tranquila del fin de mi vida? ¿Es sano o no? ¿Es morboso?” Como quiera que sea, sigo pensando en que tengo una responsabilidad con mis hijas y no quiero causarles problemas a la hora de mi partida. Por eso -y más- hablo sin temor. 

Morir sin dejar todo arreglado
Yo pasé por un drama luego de la muerte de mis padres. Ellos no dejaron nada escrito y nunca, en mi casa, se habló de la muerte, pero había un gran respeto cuando un familiar, conocido o amigo fallecía. Mi padre sólo me mencionó el tema pocos días antes de morir. Tuvimos una larga charla y, por primera vez, me confesó un gran secreto que lo atormentó toda su vida y sólo ese día pudo hablar de eso. Me dijo que también se lo contó a su médico y me contó que lloró mucho. También lloró cuando me lo contó a mí y a mi ex esposo. Sentí pena por él. Sólo mi ex y yo estábamos presentes. Jugando, en la cama de mi padre, estaba mi hija menor a quien le faltaban dos meses y medio para cumplir cuatro años. No creo que recuerde ese día. Recuerda algunas cosas, muy lógico a esa temprana edad.

La petición de mi padre
Después de la dura confesión que me hizo, me sentí más cercana a él. Confiaba en mí y me adoraba, y yo a él. Me dijo: Hija, ayúdame a morir. He soportado esto por tu madre, pero ya no puedo más”. Por supuesto que lo ayudé y para ello conté con uno de uno de sus médicos con quien yo había acordado no mantenerlo vivo sufriendo como sufría. Pero todo hubiera sido más fácil para él si hubiera hablado  a tiempo -cuando estaba sano- de sus deseos para cuando llegara la etapa final. Debió advertir hasta dónde estaba dispuesto a llegar con su cáncer de próstata y metástasis en huesos. Si yo no lo hubiera ayudado a morir, ¿cuántos días más de sufrimiento hubiera tenido que soportar? Siempre me he sentido orgullosa de haber ayudado a mi padre evitándole días -o semanas- de intensos dolores. No recuerdo qué sentí cuando llamé a uno de sus médicos para decirle: "Papá no quiere vivir más". Hice lo correcto porque, para entonces (1987) yo estaba preparada para que la gente muera con dignidad, pero eso sólo se puede hacer si la persona lo dice -o lo deja escrito- cuando su salud le permite actuar con lógica.

Mi madre también estaba enferma, pero sin riesgo de muerte inmediata
Ella seguía viva a pesar de que un ACV la dejo en cama o silla de ruedas y sin poder expresarse muy bien. El cerebro no obedecía las órdenes que ella le daba para decir lo que deseaba. En su lugar decía cosas que no tenían que ver con el momento y, entonces, se enfadaba. Mi ex esposo le decía: “Señora Alba, no se preocupe que nosotros le entendimos”. Eso creíamos: que la entendíamos. Paso 21 años y 5 meses en esas condiciones. Nunca se la vio infeliz o molesta por lo que le había tocado vivir. Se volvió muy dulce. Antes del ACV era más lejana. Sobrevivió 19 años y 5 meses a la muerte de mi padre -en 1987- y a la de su madre. Era admirable, sin embargo, yo nunca creí que esa era una manera digna de vivir. Mi padre pensaba lo mismo que yo. Mis hermanos pensaban todo lo contrario. Nunca supe que hubiese preferido mamá. Siendo tan creyente, creo que quería morir “cuando Dios lo quisiera”.

Los problemas de no asumir la muerte
Muertos mi madre y mi padre, surge el problema horrible y pragmático de la herencia, aunque no fuera algo muy grande. No hubo reparto de lo heredado y no quiero entrar en detalles. Llegó un momento en que preferí no luchar por eso. Dos de mis hermanos eran los que tenían que repartir -equitativamente- tanto las pertenencias personales de mis padres, como el dinero de un piso del que nunca supe si lo vendieron o lo alquilaron. Mi madre falleció en marzo del 2007 y ni las fotos de familia se repartieron. Yo quería tener algunas fotos, en particular el de mi madre con su traje de novia y una donde ella sale de misa -con la cabeza cubierta por un velo negro de encaje- y me lleva tomada de su mano. Lucía hermosa mi madre, alta y delgada. Bonita era. Nunca entendí lo que sucedió (con la herencia) y nunca lo sabré. De mi madre no me quedó un óleo, soló unas plumillas, su paleta de pintar y su trabajo final para graduarse en Artes Plásticas. Lo guardé para mí antes de su muerte, cuando ya no quiso pintar más porque su paralisis era del lado derecho. Se dedicó a armar rompecabezas. Hubo un cambio total en sus costumbres y en su psiquis.

Tengo dos hijas
Son mis dos luceros, los faros que me guían. Las amo hasta el infinito, pero ¿quién me asegura que no se pelearán por lo mío? Ahí viene la parte pragmática de asimilar la muerte. Les he pedido unión cuando yo no esté. Amor y unión entre las dos porque sólo les queda su padre y sus parejas. No quiero que vivan lo que yo viví con mis hermanos. Les he dicho (a mis hijas) que todas mis cosas deben repartirlas estando presentes las dos y lo que tengo en dinero, o vivienda, es de las dos, en partes iguales para cada una. No dejo cabos sueltos como lo hicieron mis padres. Hay cosas que ya se las he regalado. No tiene sentido que sigan en mi poder siendo ellas las propietarias de todo lo que es mío, que no piense usted que es mucho, pero es algo. Dejo muy buenos libros, mi mayor tesoro, mi amada biblioteca. Mis hijas son lectoras, lo van  a disfrutar.

Con un 99% de seguridad, vuelvo a tener cáncer
Escribo esto a pocas horas de tener una cita médica. En ella me van a decir lo que ya sé: que tengo cáncer en mi otra mama. O me lo dirán después de la mamografía, pero la clínica habla: pezón invertido, al igual que la primera vez, pero no toco bulto. Sería otro cáncer primario que podría mezclarse con una metástasis de mi primer cáncer. Después de dos cortos años, el cáncer ha vuelto a aparecer. Ojalá me equivoque y la doctora me diga que no pasa nada, que todo está bien. Quiero pensar que la Dama de a Guadaña me va a sonreír y me dirá: “Todavía no es tu hora”. Puede ser, pero es volver a empezar un tratamiento.

¿Qué siento en este instante?
Miedo, no lo niego, pero lo estoy enfrentando mejor que la primera vez, o si no mejor, al menos lo estoy asumiendo a tiempo. Yo sabía que el cáncer volvería. Me da rabia -rabia, sí- volver a perder mi cabello, ver mis uñas dañadas y sentir que duelen. Lo que más me molesta es volver a tener una agenda llena de asuntos relacionados con mi salud. Pocos días libres, prohibición de alejarme de mi oncóloga. No alejarme de la ciudad donde me trato y, si lo hago, es bajo mi responsabilidad, pero no autorizada por mi oncóloga. Esto será así mientras dure el tratamiento. Me hace sentir como una prisionera que tiene la ciudad por cárcel y no puede ir allende los mares.

A dos años de mi primer cáncer, vuelve la pesadilla. Sólo espero que la quimioterapia sea tan benévola, conmigo, como la primera vez. Sea lo que sea, sigo agradeciendo no tener un ACV, una esclerosis múltiple o un alzheimer. ¡Menudo consuelo! Es que vivo de mi lucidez y quedarme sin poder escribir sería el peor castigo.

Lo poco que deseo
Sólo quiero ver a mis hijas, refugiarme en ellas, darles valor porque los seres queridos sufren tanto como el paciente. Deseo paz y poder seguir escribiendo.

Mi mensaje
Quiero transmitirle a toda persona -sana o no- lo que considero correcto ante la muerte: no delegues tu responsabilidad en tus seres queridos. Tú te vas, pero ellos quedan llenos de dolor. No le aumentes su carga de sufrimiento que ya bastante pena los espera porque nos aman. Ayúdalos mientras puedas, no dejes nada para el final.

Seguiré con mi testimonio. Os lo prometo.
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Por un mundo sin cáncer
Carmen Guédez
@TintaIndeleble 

Socia activa de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN) Caracas-Venezuela
Carnet Nº 3.974
SACVEN: http://www.sacven.org/

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