lunes, 21 de octubre de 2013

La muerte fue una aliada en mi recuperación de un cáncer de mama

Cuando un paciente es diagnosticado con cáncer lo primero que piensa es en la muerte. No tiene cómo saber que el cáncer le generará una vida más positiva, si él lo acepta.

Nunca he sentido enormes deseos de escribir sobre mi cáncer de mama porque otras mujeres ya lo han hecho. Hoy -lunes 21 de octubre de 2013- he recibido -vía Twitter- una petición muy especial de alguien a quien quiero y admiro por su lucha por la salud pública en España. Se trata del madrileño Javier Ganzo. Esto fue lo que me pidió:

“Carme, sería importante que en tu blog contases la experiencia. Eres una ganadora y puedes ser ejemplo para otras mujeres”


Al principio le dije que, ahora, me resultaba difícil hablar de mí y que prefiero hablar de otros. Entonces me envió otro twit que decía:

“Habla en tercera persona si quieres, pero habla, para que otras vean la luz y sepan que se sale y con más fuerza aún”

Hablar en tercera persona no era agradable porque se trataba de mi propia experiencia. Pero me decidí a hablar de mi etapa de cáncer y post cáncer. No guardo secretos sobre mi enfermedad, pero los detalles no me parecían importantes. En cambio, para Javier lo eran. No pude negarme y aquí estoy escribiendo sobre esa enfermedad tan común, pero que guarda muchos secretos en su tratamiento. Secretos que tenenemos que descubrir los pacientes y los cuidadores (familiares)y no solo los médicos, enfermeras y paramédicos.

Muerte y cáncer
Ese segundo twit lo sentí como una súplica y pensé que si muero pronto, toda mi vivencia -durante el cáncer- se habrá perdido. Es verdad que muchas mujeres han escrito sobre el cáncer. Confieso no haber leído ninguno de esos libros. En todo caso, yo tocó un tema no agradable al hablar de cancer: la muerte, un tema absolutamente necesario para sobrevivir a la enfermedad.

La muerte, sí, porque si algo te acerca a ella es un cáncer y hay que conocerla para batallar.

Mi historia comienza en julio de 2010
En el 2010 yo había comenzado un año muy provechoso desde el punto de vista económico. A finales de mayo -de ese mismo año- tuve un revés por el que me decidí a irme a vivir a España para estar más cerca de mis hijas. En junio, llamé a un chico para que me ayudara a embalar mis libros. Todo marchó bien durante ese mes de junio. Mi casa ya había dejado de ser un lugar habitable y se había convertido en una nave que albergaba cajas y desorden propio de mudanza.

Julio 2010
Ese mes comencé a sentirme muy mal. Tenía malestar durante todo el día. Me cansaba sólo por recoger un papel del piso. Era una especie de astenia. Lo pasé casi todo el tiempo en cama.

Agosto 2010
No sé si todo vino junto o un síntoma apareció primero y el otro después. Ese mes, sin ver al médico, supe que tenía un cáncer. Mi caso fue muy atípico porque  el tumor se palpaba fácilmente. Lo toqué porque dolía y la piel -en la zona del tumor- se puso roja. Lo llame "Mi seno rojo". Entré en estado de pánico y no dije nada a nadie.
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09 de septiembre de 2010
Ante mi absoluta negativa de ver a un médico para que me confirmara lo que yo sabía, pedí cita con un psiquiatra. Lo que necesitaba de él era que me animara a ver a un oncólogo y hacerme los estudios que requería, pero no fue así. Él se limitó a darme tranquilizantes y me dijo: “El cáncer de seno no duele”, un error imperdonable en un médico. Por si acaso, su deber era pedirme una mamografía. Salí de esa consulta sin una solución. No había ido sola. En Venezuela no tengo familia y le pedí a un amigo que me fuera a buscar a la clínica. Me esperó en el cafetín. Nunca le dije a qué médico había ido y el porqué. Le pedí que, inmediatamente, subiéramos a El Ávila en el teleférico y eso hicimos. El tumor lo dejé de lado para disfrutar la hermosa vista de Caracas mientras el teleférico va subiendo o bajando. Todo lo hacía para evitar pensar en el  tumor. Ir a El Ávila, en un momento así, carece de sentido común. No tiene explicación consciente, sí inconsciente: "La vida es bella, la naturaleza es perfecta. Yo soy perfecta; por lo tanto, no tengo cáncer"

Octubre 2010
Para ese mes ya mi situación era alarmante y se lo conté a mi ex marido que me puso en contacto con Senosalud. A partir de entonces, enfrenté mi cáncer. Estaba muy avanzado y había tomado los ganglios. Una vez que estuvieron listos casi todos los resultados de los exámenes, se lo dije a mis hijas que viven aquí, en España. Mi hija menor lloró mucho y la mayor -como médico y como hija mayor- tomo las riendas de mi caso. Un médico, en Caracas, me dijo que tratarme en esa ciudad (Caracas) -sin tener familia- iba a ser muy difícil porque la quimioterapia requiere compañía familiar.

Mi reacción
En cuanto supe el diagnóstico, no lloré ni me pregunté “¿Por qué a mí?” Tampoco recé. No lo hago nunca. Olvidé cómo se reza. Me gustaría recordarlo, pero no puedo. Creo en la ciencia. Parece mentira, pero el diagnóstico logró que me sentiera más aliviada. Ya no había incertidumbre: o me curaba o moría, no había otra alternativa. Las cartas estaban sobre la mesa. Ahora quedábamos la muerte y yo en un duelo. No pensaba. Tenía tantas cosas que hacer que vivía como en un limbo y sin temor a la muerte. Mi verdadero y único temor eran los hospitales, médicos, enfermeras, ambulancias, urgencias, análisis, estudios invasivos y un horror al quirófano. Sigo con el trauma de mi Obstrucción Intestinal que me obligó a permanecer 26 días hospitalizada -en el 2005- en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Por poco muero. La pasé muy mal. Fue mi primera experiencia con la muerte, mi "ensayo" como me dijo un amigo.

La llamada de mi hija
Para entonces ya estábamos a comienzos de diciembre de 2010. Una mañana -muy temprano- me llamó mi hija mayor: “Te vienes el próximo sábado. Tienes una semana para arreglar todo en Caracas”. Fue una semana terrible. No sabía si podría regresar otra vez a Venezuela a terminar de hacer mi mudanza a España y vender mi piso. Firmé un poder a mis abogados -de toda confianza- para que se encargaran de lo mío. Los exámenes no habían terminado y el tiempo no me sobraba. Llovía mucho en Caracas y sólo alcanzaba a hacer una cosa en un día.

Llegó el día de partida: 11 de diciembre de 2010
Mi cabeza estaba en blanco. La presencia de la muerte era una constante como en todo paciente con cáncer. Pero había una diferencia: no me peleé con la Dama de la Guadaña. Le agradecí que no fuera un ACV o un aneurisma cerebral o una esclerosis múltiple. Morir de cáncer era mejor que morir de otras enfermedades que me aterran. A partir de entonces, la muerte y yo fuimos amigas. Con un tumor tan avanzado, mis posibilidades de vida eran muy pocas. Por lo tanto, era mejor la amistad y no el odio hacia ella (la muerte)

En el aeropuerto de Maiquetía lloré cuando me despedí de mis amigos y de mi ex marido
No me dolió dejar el país. En realidad no tenía intenciones de seguir viviendo ahí. Lo que deseaba era sentarme en la butaca del avión y descansar. No mire, por última vez, la costa venezolana: me quedé dormida apenas me senté. En una semana había quedado exhausta. Sabía que al aterrizar en A Coruña comenzaría mi verdadera lucha con la muerte, y así fue. No faltaron las lágrimas de las horribles despedidas.

Las razones por las que no le temo a la muerte
Cuando apenas tenía 24 años conocí a un psiquiatra que era pura bondad. Se llamaba David Dominguez. Él fue el primero que me habló de la muerte como algo natural y como razón de vida. Lo comprendí muy rápido y por varios años me adentré en el mundo de la muerte. Soy de las pocas personas que lo han hecho tan en serio. En otro post me extenderé en esa etapa lejana en el tiempo, pero no en mi memoria ni en mi día a día.

Si asumimos que un día vamos a morir, nuestra calidad de vida mejora porque se disfruta más el presente, Cuando nacemos estamos aceptando a la muerte, porque nacimiento implica muerte. ¿Por qué temerle tanto a algo que no conocemos? Cuando estamos en el vientre de nuestras madres, tal vez tenemos miedo a nacer. Lo mismo pasa con el morir.

Un paciente con cáncer pierde calidad de vida por estar pendiente de la muerte.

He sobrevivido
Después de tener ese inmenso tumor, he sobrevivido dos años sin problemas. La muerte fue una aliada porque, ante la certeza de morir, disfruto cada día cuando el sol pega en mi rostro. Sé que la muerte volverá por mí, pero le agradezco lo que me dejó esta vez: me volví más reflexiva, más sabia y perdoné a los que alguna vez me hicieron daño. 

El cáncer no soporta una carga de odio
Por lo tanto, hay que perdonar, y pedir perdón, porque la paz forma parte de la nueva vida de quien ha tenido cáncer. Un enfermo de cáncer, que vive odiando, no aprendió la lección de vida que da el tener una de las enfermedades más graves que existen.

Os aseguro que, hoy en día, el cáncer es mucho más llevadero que como nos lo cuentan.

Quiero dejaros con una de mis reflexiones.

El cáncer actuó en mí como un borrador. Olvidé rencores y perdoné a los que me hicieron daño. También pedí perdón a quienes herí.

Carme Guédez
@TintaIndeleble

Socia activa de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN) Caracas-Venezuela
Carnet Nº 3.974
SACVEN: http://www.sacven.org/

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