lunes, 11 de julio de 2011

LA MUERTE, ¿UN VIAJE A OTRO UNIVERSO?

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A Nadja Brillembourg Ruscio
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Nadja me animó a escribir sobre la muerte luego de leer algunas de mis reflexiones al respecto. Es muy extraño conseguir a alguien que le guste hablar de esto y por eso considero que su petición es casi un milagro que celebro.

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En 1975 conocí al médico psiquiatra David Dominguez. Él fue la primera persona que me habló de la muerte como algo natural y muy distinto a lo que nos enseña la religión católica que nos la muestra como el lugar donde pagamos las culpas o el lugar donde nos premian por nuestras bondades. Dominguez era un hombre que irradiaba paz y bondad. Él se distanciaba de los preceptos religiosos que rodean a la muerte y la enfocaba desde otro punto de vista más cercano y sin ese halo de terror y oscuridad. Era seguidor de Krishnamurti cuya lectura recomendaba. Desde que lo conocí comenzó mi interés en un tema que casi todos eluden. ¡Es tan difícil encontrar a alguien que quiera hablar de la muerte de manera profunda! Más difícil es encontrar a alguien que no eluda conversar sobre la Dama de la Guadaña sin temor, como si ésta fuera una peste.

Ante la falta de interlocutores, en 1986 comencé a frecuentar la Unidad de Tanatología que funcionaba en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. Ahí me encontré con humanistas que discutían el tema con naturalidad mientras médicos y estudiantes de medicina nos miraban como a seres extraños. Fue una experiencia inolvidable e interesante. Ahí conocí sobre el buen morir , la eutanasia pasiva y activa y mi derecho a que no me mantengan viva a costa de lo que sea. Para entonces mi padre estaba muy grave. Padecía la metástasis de un cáncer de próstata. Aquellos encuentros de los jueves me sirvieron para saber qué hacer cuando mi padre entrara en su fase final. Mi padre -que sabía en lo que yo andaba- un día me dijo: “Ayúdame a morir”. Estaba en esa etapa en la que los dolores no se calman con nada y dejar que sufriera era tanto como torturarlo. Entonces, lo ayudé a morir. Fue un acto de amor porque adoraba a mi padre. No hacerlo hubiera sido un acto egoísta que contrariaba lo que había aprendido en años investigando sobre la muerte. De no ayudarlo a morir habría actuado como él no lo hubiera hecho si la enferma hubiese sido yo. Han pasado los años y sigo pensando que hice lo correcto al aceptar la petición de un moribundo que, sin mi ayuda, hubiera sobrevivido sólo unos días más en medio de los más terribles dolores.

Murió mi padre en octubre de 1987. Se llamaba Domingo de Jesús Guédez. En mayo de 1988 en La Villette -en París- pude ver los ritos de la muerte en diferentes culturas. Fue todo un placer ver algo tan inusual. Cuando yo era adolescente le escuché a una tía decir: “La casa hay que tenerla limpia porque nunca se sabe cuando tenemos que velar a alguien”. Esto forma parte de ese realismo mágico latinoamericano pues, trasladado a imágenes, resulta un plano con una casa inmaculada y una mujer, sentada, esperando a la señora muerte con el mejor de los ánimos, como si esperara a una amiga. Aquella tía me marcó. Había enterrado a esposo y dos hijos, siempre en medio de sábanas blanquísimas y almidonadas para la ocasión. Yo estuve presente en el velorio de uno de sus hijos que murió ahogado. Eran aquellos tiempos en los que todo el mundo velaba a sus muertos en casa. ¿Qué se hicieron los velorios del ayer? tal y como lo plantea George Brassens en Les funérailles d'antan (Los funerales del ayer-1960). Así quisiera ser velada: en mi casa. Las cosas hay que decirlas mientras la consciencia nos acompañe. Esa es una de las cosas que la gente no ha entendido de la muerte.
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A la muerte la asumo como un posible nuevo destino del que nada sabemos, tal vez si lo supiéramos perdería ese misterio que la convierte en algo tan respetable y solemne. La belleza de la muerte está en su incógnita.
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Cuando estamos en el vientre materno tampoco sabemos nada del mundo al que venimos y eso no impide el que nazcamos. Nacimiento y muerte se unen en este punto, lo que nos obliga a pensar que lo desconocido está presente en nosotros desde el principio de nuestras vidas.
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Tal vez morir no signifique FIN. Quizás sea un viaje a otro universo, ¿mejor o peor? Lo ignoro. De cualquier manera, la muerte me preocupa mucho menos que la vida. Sigo pensando que lo mejor es vivir cada día como si fuera el último por aquello de aprovechar el tiempo, por si acaso.
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Escribir es la forma que he encontrado para estar siempre presente en el mundo que hasta ahora conozco y ante la incertidumbre de que, después de éste, sólo exista la nada en lugar de otro universo.
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Les funérailles d'antan (versión original cantada en francés)
Los funerales del ayer (versión cantada en español)
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3 comentarios:

Conrado Montalbán dijo...

A pesar de lo que me ha gustado tu artículo siento no estar de acuerdo cuando dices que la muerte no es el fin. Puedo estar equivocado. No tengo problemas para hablar de este tema y cuando lo hago una de las preguntas que suelo plantear es "¿cómo recuerdas tu existencia digamos uno o dos años antes de nacer?" Eramos felices e ignorantes e insensibles. Simplemete no éramos.

Tras la muerte el estado será idéntico, aunque mientras se produce, dependiendo de si estamos despiertos o dormidos, se puedan producir diferentes alucinaciones y efectos tunel (debidos todos a procesos físicos y químicos) e irremediablemente se recuerde toda la vida.

Espero que aún me quede mucho para llegar a ello, pero también puede ser mañana. Por mí, personalmente, prefiero que ocurra mientras duerma, de nuevo por cobardía, pero sería duro para la familia despertar ellos y yo no, sin una sentida despedida.

Ante el terror y la gravedad que la muerte inspira yo siempre hago referencia a un par de cosas. Primera, que todo el mundo muere, desde reinas a futbolistas, y que el tiempo pasa y que es normal. Sí me esfuerzo en transmitir la necesidad de hacer todo el bien que se pueda en vida, para que nuestro recuerdo no muera y muchas veces se siga hablando de uno. Mis abuelos y mi padre están muchas veces junto a mí y siempre que hablo de ellos lo hago con una sonrisa e intentándo provocarla también en los demás.

Ante el miedo al paso final creo que soy bastante existencialista cuando digo como ellos que la muerte no me preocupa porque cuando ocurra yo ya no estaré allí. Quiero intentar ser digno y libre, crear felicidad a mi alrededor y evitar todo aquello que perturbe la convivencia...pero quiero hacerlo en esta vida, porque estoy seguro de que más oportunidades no hay.

Gracias por permitirnos explicar estas interioridades.

Carmen Guédez dijo...

Conrado:
Extraordinario tu comentario que plantea otra posibilidad de la muerte que no puedo objetar porque también es posible el que después de esta vida no exista nada más.

A mí también me gustaría morir mientas duermo (como mi abuela materna) y, por si acaso no puedo despedirme, todos los días me despido de mis hijas como si fuera la última vez, con un infaltable "te quiero" dicho a cada una.

Conrado Montalbán dijo...

Gracias Carmen.
Yo también me despido de forma caroñosa y amable al ir a dormir...y a trabajar, y a la tienda a por fruta...
No es que cada vez piense que puede ser la última vez en vernos, es una costumbre.
Mis abuelos decían: "hasta mañana" y respondían " adescansar". Ya no están y les echo de menos. Sobre todo de vacaciones, como ahora. A veces cogía el teléfono y llamaba a mi abuela, ahora sueño con ella (literalmente, hace dos días en la siesta).
Un abrazo y gracias por la originalidad y valentía de tus temas.