domingo, 19 de junio de 2011

LOS INCAPACES

Este es un post para hablar de mi propia incapacidad creadora y de lo que otros incapaces me han enseñado. La idea de escribir este post surgió mientras miraba libros en una librería bastante amena. Tanto talento de muchos escritores -incluyendo a mi admirada Isabel Allende- me abrumó y puso de manifiesto mi absoluta ineptitud para escribir una línea decente, y mire usted -parafraseando a mi brillante amigo Ángel Rodríguez-Váldes- que ya una de mis hijas me lo advirtió -hace años- cuando Gerardo Blanco, un ingenuo director -venezolano- de teatro me llamó dramaturga, cuando dramaturgo era Shakespeare, no yo. ¡Qué osadía decirme dramaturga! O fue un acto de suprema ignorancia, una irresponsabilidad de parte de ese director.

No sé si han notado que últimamente escribo poco. La razón es que veo a tanta gente talentosa escribiendo y siento que nada útil tengo que decirles, salvo confesar mi absoluta falta de talento para todo. Es que ni siquiera aprendí a tejer para dedicarme a esa tareas femeninas propias de quien no puede, ni debe, intentar escribir un libro. Tampoco sé cocinar y mucho menos tengo aptitudes para el bricolaje. No puedo convertirme en asesina en serie, no por falta de ganas, sino porque me da horror la sangre brotando de un cuerpo humano. Podría hacer una larga lista de personas a las que me gustaría matar a sangre fría, pero no puedo. Desgraciadamente fui criada con principios y con aquel mandamiento de “No matarás”. Entonces, ¿qué me queda? ¡Pues escribir! Publico en este blog porque es como garabatear en mi propio cuaderno. ¿Que pienso mal y me expreso peor? Eso es otra historia y allá los que me leen. No obligo a nadie a visitar este blog.

Eso sí, al menos yo me asumo incapaz de todo, pero no envidió a quien tiene talento y triunfa. De no tener talento no soy responsable, mas sí de creer que lo tenía. Ahora me dedico a pensar para mi misma pues me niego -por ahora- a publicar mis reflexiones ya que no ando muy optimista y la gente quiere leer lo que escribe alguien que desborda felicidad y ese no es mi estado actual porque no hay motivos para ciertos optimismos a pesar de que sigo creyendo en los seres humanos. Mis pensamientos siguen anclados en la miseria; miseria de todo tipo, incluyendo la del espíritu. Dudo que alguien quiera leer pensamientos que intentan profundizar en eso tan duro como lo es la injusticia, el sufrimiento y la desigualdad social. Eso sí me interesa y me produce un sufrimiento terrible, acompañado de la impotencia y el estado de culpa de no poder hacer nada, o hacer muy poco por los demás, los más necesitados.

A los incapaces les agradezco el me hayan enseñado a respetar a los que tienen éxito y a recrearme en ello sin peros de ningún tipo. Me cansa escuchar a los fracasados que, ante alguien que tiene logros indiscutibles, dicen, por ejemplo: “Buen libro, pero yo no lo hubiera escrito así”, “Excelente artista plástico, pero sus temas son repetitivos”, “Muy buen chef, pero condimenta mucho la comida”, “Qué bien escribe Isabel Allende, pero imita a García Márquez”. Y digo yo: ¿es que estos incapaces no tienen la inteligencia y el talento que se requiere para hacer lo que hacen esas personas creativas a la que les ponen peros y los critican hasta el hartazgo? ¿Por qué esa gente no produce nada, ni bueno ni malo? Lo menos que les pido es que me demuestren, con hechos tangibles, su creatividad.

A mí me sorprende que haya seres humanos a quienes les resulta imposible reconocer su fracaso y, para minimizarlo, se dedican a descalificar el éxito de otros. Yo, a estas alturas de mi vida, me he sincerado conmigo misma porque puedo engañar a muchos, pero no me puedo auto engañar. Por supuesto que esa sinceridad, para conmigo, tiene una razón de ser y se corresponde con un cambio fundamental en mi vida del que no voy a hablar.

A punto -tal vez- de ir dejando este blog y encerrarme en un mutismo absoluto, me declaro incapaz de terminar las dos o tres novelas que tengo inconclusas. Me declaro, también, absolutamente incompetente para escribir una obra de teatro que valga la pena. Vaya esta confesión acompañada de la gran alegría que me produce el que otros sí hayan podido hacer lo que yo no pude. Gracias a esa gente he pasado momentos muy gratos disfrutando la lectura de un buen libro.

En la medida que escuchaba a los incapaces criticar por criticar, aprendí que de los fracasos somos, nosotros mismos, los únicos responsables y que no es descalificando a otros que nos haremos mejores personas o nos convertiremos en grandes talentos. Ellos (los incapaces) fueron el espejo en el que vi reflejada mis debilidades y mi absoluta falta de creatividad. Y fue, gracias a ellos, que me negué a imitarlos. Hoy, en esa librería amena, me sentí feliz por los que publicaron sus obras para deleitar a los que no podemos hacer lo que ellos hacen.

He utilizado el término incapaces no sólo porque son personas que no producen nada, sino porque no pueden, ni quieren, reconocer la gloria de otros. Esa actitud se corresponde con un acto carente de nobleza y de humildad y, en ese aspecto, no nos parecemos. Semejante despropósito no tiene otro nombre que envidia y no puedo convivir con algo tan dañino cuando lo que deseo es construir, no destruir. La vida nos lleva, sabiamente, a cambiar y es sano hacerlo antes de que sea tarde, y tarde es mucho antes de lo que nos imaginamos.

Puedo ser incapaz para muchas cosas y mi escasa creatividad está en su peor momento; no obstante, necesito escribir y desahogarme porque expresar lo que siento me ayuda a mantenerme viva. Hoy, más que nunca, escribir me alivia. Tal vez un día asuma el mutismo del que hablé. Mientras tanto, sigo garabateando temas intrascendentes e innecesarios. Mil perdones por ello, no nací con el talento que se necesita para llegar al paraíso que algún día quise pisar. En su lugar encontré cardos porque me equivoqué de camino y no supe devolverme a tiempo. Por eso, y más, soy la única responsable de mis desatinos.

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