jueves, 10 de febrero de 2011

DOÑA ALICIA PIETRI DE CALDERA, UNA VENEZOLANA INSIGNE

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El único buen recuerdo que asocio al ex presidente venezolano Rafael Caldera es doña Alicia, su esposa. En un país donde las buenas iniciativas de una primera dama son escasas -y actualmente inexistentes- doña Alicia marcó pauta. Casi a la sombra de su esposo, ella se abrió camino con mucha moderación y, cuando menos nos los esperábamos, emergió su obra magistral, la que la hace inolvidable: el Museo de los Niños.
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Con mucha pena me entero hoy que doña Alicia Pietri de Caldera ha muerto. En un merecido homenaje a ella, rompo mi silencio y escribo. Es lo menos que puedo hacer.

El Museo de Los Niños no fue su única obra, sí la más representativa. Fue presidenta, en dos oportunidades, de la Fundación del Niño en su condición de Primera Dama, tuvo participación en aquel estupendo e inolvidable programa para niños llamado Sopotocientos y promovió el programa “Un cariño para mi ciudad”.

¿Qué venezolano no conoce el Museo de Los Niños? ¿Qué niño no ha sido feliz en esas instalaciones mientras se divierte y aprende? El Museo de los Niños es un lugar grato en su aspecto y grato en su contenido. Ignoro cómo doña Alicia llegó a concebirlo. Yo lo califico como una La Villette en pequeño y, no por eso, menos interesante. Lo recuerdo amarillo. Ese es el color que me viene a la memoria al recordar un pisapapel que tenía en mi escritorio de Caracas, con unas letras pintadas en color negro sobre un pequeño bloque de acrílico amarillo que decía “Museo de los Niños”, en un recordatorio inequívoco del interesante recinto ubicado en Parque Central, en pleno corazón de una conocida avenida caraqueña.

Doña Alicia no fue mujer de aparecer constantemente en los medios ni siquiera para hablar de su museo, cuya autoría no se la quita nada ni nadie. Discreta al máximo, trabajó en silencio, casi en el anonimato y estuvo al frente de su obra hasta que su salud se lo permitió. Ni su obligado alejamiento opacó a su museo porque, como buena madre, lo dejó brillar con luz propia para que todas las generaciones siguientes a las que vivieron la inauguración de un espacio diferente en nuestra Caracas, puedan disfrutar -por años y años- de esa alegría que experimenta todo niño venezolano cada vez que visita el museo donde todo se puede tocar, a diferencia de los espacios rígidos donde el “no tocar” es la norma. Esa interacción niño-museo, ese contacto directo fue lo que marcó pauta en la obra de doña Alicia. Cuando se mencionan los museos de Caracas, es imposible no mencionar al Museo de Los Niños, una obra de tanta envergadura como nuestras orquestas infantiles y juveniles, lo que demuestra que en Venezuela no todo es malo. El rescate de lo bueno es tarea obligatoria de los venezolanos, especialmente de los que tenemos lectores a quien transmitirles algo de lo que fuimos y somos.

Espero que las diferencias políticas no le hagan sombra a la hora de su muerte. A doña Alicia hay que dejarla fuera de las mezquindades humanas. Queda su innegable obra porque los grandes seres humanos trascienden en ellas. Doña Alicia merece el reconocimiento más puro, sin egoísmos de ningún tipo. El mejor homenaje que se le puede rendir es mantener el museo tal y como ella lo concibió. Fue el espacio donde nuestros hijos pasaron un rato feliz en su niñez y eso ya es motivo de dicha al recordarlo. Por eso hoy mis recuerdos no visten luto, visten de amarillo para despedir a este insigne venezolana que se ha marchado. La admiro por construir no sólo cuando el poder político se lo permitía, sino por mantenerse constructiva cuando ese poder ya no la alcanzaba. Pero por encima de todo la admiro por crear una obra sin esperar reconocimientos y halagos. La sencillez de esta mujer no es lo que se estila y eso la hizo diferente, única. No fue mujer de aparecer en páginas sociales a pesar de que su apellido paterno -Pietri- y el que sumó tras su matrimonio -Caldera- le permitían eso y más, amen de haber sido Primera Dama en dos oportunidades.

Por esas cosas de la vida, a ella se le recuerda de mejor manera que al que fue su esposo, algo que si se lo hubieran dicho no lo hubiera llegado a creer. Se le desliga del político y ex presidente y se le coloca en otro espacio donde los malos recuerdos no la alcanzan. En definitiva, doña Alicia vale por sí misma y me alegra que los venezolanos le reconozcan su obra.


Que viva por siempre en el espacio que construyó de manera visionaria, cuando la tecnología no era lo que marcaba la vida de nuestros niños. Ciencia y arte por doquier en su museo destinado a los olvidados de siempre: los pequeños de la casa. Hace muchos años que no visito el Museo de Los niños, pero si estuviera en Caracas iría a despedirme de ella desde el lugar donde siempre se le recordará. Donde haya un niño con ansias de saber y divertirse, ahí estará su espíritu.

De corazón, paz a sus restos.

Carmen Guédez

2 comentarios:

ricardo hurtado dijo...

hay pero que bonito

ricardo hurtado dijo...

hay pero que bonito