miércoles, 1 de septiembre de 2010

LA COSTURERA DE LAS MORAS MORAS

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- A Patrick Jhorel Ruf, para quien escribí especialmente este cuento, deseando que lo escuche en el idioma natal de su madre, Thais Gangoo-Ruf

- A mis hijas

- A mis futuros nietos y demás generaciones

- A Marcela Lassus

- A los habitantes de Limendous-Francia

- A mi abuela Eva y a mi buena Eufemia porque con ellas anduve por los caminos recogiendo moras de las matas cuando apenas era una niña

- A mi amiga, Cristina Molinati. Cuentacuentos

- A todos los niños del mundo


INTRODUCCIÓN
Este cuento que les voy a narrar lo ubico en Limendous y por eso quiero que, antes de comenzar a contarlo, conozcan algo de este lugar.

Limendous es una pequeña villa a 20 kilómetros de Pau -suroeste de Francia- con una población que no llega a los 430 habitantes y con una hermosa vista a Los Pirineos. Las familias antiguas de este hermoso pueblo aún conservan el occitanne como lengua, una mezcla del francés con el español dada la cercanía con España. Esta región es lo que se llama la campagna française donde sólo hay campo alrededor. Sus habitantes cultivan, en su mayoría, el maíz. Hacia donde se mire se ven los campos, perfectamente delimitados, sembrados de maíz de todo tipo. Hay quienes crían vacas para obtener leche con la que se hacen los quesos más exquisitos.
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En Limendous casi todo el mundo se conoce, sobre todo las familias que tienen sus orígenes ahí. Se cuentan historias increíbles de la época de la primera y segunda guerra mundial, de cómo se escondían de los invasores y de cómo compartían lo cultivado para proveer de alimento a las familias aledañas.

Limendous es un pueblo maravilloso, tranquilo, con una escuelita que albergaba, hasta hace poco, a solo 20 niños con un solo maestro para todos los niveles de primaria. Hoy en día está en construcción la nueva escuela para recibir a niños de otras comunidades y brindar mejor atención por grados. Sin embargo, y a pesar de ser un pueblo tan pequeño, no escapa a los avances tecnológicos ya que posee la velocidad de Internet más rápida conocida hasta los momentos puesto que se ha convertido en una región piloto en cuanto a conexión por fibra óptica.

Debido a que Limendous se encuentra a casi 300 metros sobre el nivel del mar, su clima es diferente al de Pau. Generalmente hacen 3 ó 4 grados menos que en las ciudades y pueblos aledaños, por lo que siempre hay humedad y todo está verde durante los 12 meses del año.

El 15 de agosto son las fiestas de Limendous, donde se reúne toda la comunidad a celebrar con una gigantesca cena, música y animaciones. Es increíble ver como aún existen jóvenes que conservan las costumbres antiguas y cantan canciones en la lengua occitana que deleitan a los ancianos. Es todo un evento social.

La gente de edad, específicamente el campesino, conoce los cambios del clima según como se vean Los Pirineos ese día. Si se ven claros y muy cerca, es que esa noche -o al día siguiente- habrá tormenta, ya sea de nieve o de lluvia, dependiendo la estación.

Los habitantes de Limendous, en general, saben algo de español por lo que siempre hacen esfuerzos en conversar con quienes no saben hablar francés. Es gente muy gentil, cariñosa y de tradiciones familiares sumamente arraigadas.

Como las moras se dan muy bien en esta región, este cuento nace en uno de sus jardines, que, en la vida real, existe en una de sus casas de grandes y primorosos jardines que se lucen en primavera y durante el verano. A partir del otoño, las moras comienzan a sufrir los daños causados por el frío, la lluvia, la nieve y los fuertes vientos que azotan la región.

Quiero decirles que este cuento lo escribí entre el 11 y 12 de septiembre de 2009 a raíz del nacimiento de Patrick Jhorel Ruf (Lindau-Alemania, 1º-09-09) Quería regalarle algo especial y se me ocurrió que un cuento, escrito en español, sería un obsequio inolvidable ya que su madre deseaba narrarle cuentos escritos en nuestro precioso idioma. Pocos cambios sufrió la historia a la hora de decidirme a publicarla, casi un año después de reposar en una gaveta de mi ordenador. Un año que sirvió para asearla un poco porque, como decía ese gran escritor gallego llamado Camilo José Cela, "De cuando en cuando, conviene fregotearles la cara para devolverles a su ser". Él se refería a la limpieza apresurada que le hacía a las nuevas ediciones de algunas de sus famosas novelas. Lo hizo, exactamente, en la undécima edición (Destinolibro, junio 1982) de su novela "La Familia de Pascual Duarte". La recomendación de don Camilo vale, también -con mucho respeto hacia él- para una primera edición y eso es lo que he hecho: fregotear este cuento, aunque era mi voluntad limpiarlo tanto como se lo merece, pero ando corta de tiempo.
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Luego de un año de obligado encierro, dentro de un ordenador, este texto pide a gritos salir y que sea lo que el destino quiera. Después de todo, los textos no son de quienes los escribimos, sino de quien necesita leerlos. Y los niños necesitan narraciones mágicas. Algo así como aquello, tan acertado, que escuchamos en "Il Postino", la inolvidable película sobre Pablo Neruda y su relación con un humilde cartero que usa su poesía, como si fuera de su autoría, para enamorar a su amada. Ante un reproche de Neruda, el cartero le responde: "La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita"

Terminada esta introducción, quiero decirles:

¡Bienvenidos, todos, a Limendous y a la Maison Marce! Disfruten el recorrido por esta región de ensueño y no dejen de probar las moras.


LA COSTURERA DE LAS MORAS MORAS

Dicen los cuentos infantiles: “Había una vez”. Como ésta no es la excepción, quiero iniciar este cuento de la manera más tradicional:

Había una vez una señora llamada Marce que tenía un gran jardín que cuidaba con esmero. Durante muchos años había vivido en un país de Latinoamérica donde no tenía cerca un sembradío ya que la ciudad era hostil, llena de concreto y grandes edificios. Un día se mudó al sur de Francia a vivir en una casa de campo con un inmenso jardín donde Marce le dio vida a un huerto lleno de plantas de todo tipo.
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Una vez que sembró su primera planta, se entregó por entero a sembrar y sembrar y olvidó todo lo demás. Hablaba con sus plantas y hasta danzaba con ellas al ritmo de los más clásicos valses bailados por reyes y princesas en los grandes palacios. Al principio la gente la miraba con pena porque creían que había enloquecido, pero Marce había entrado en un mundo feliz donde sólo el jardín de su casa era lo importante. Todo lo superfluo quedó en el pasado y comenzó una vida bucólica que la llenó por completo.

Tenía un esposo, una hija, una madre, dos hermanos y dos perros, pero su esposo viajaba mucho por razones de trabajo y los demás no vivían con ella. Eso la entristecía de tal manera que buscó algo para pasar el tiempo. Durante la primavera y el verano era feliz entre sus matas que daban flores y daban frutos cada día, como un milagro. Un 11 de septiembre, Marce se lamentó: “Siento que ya se acerca el otoño”. Desde una de las ventanas de su casa se veían Los Pirineos que anunciaban el fin del festín de colores que ella había disfrutado en el gran jardín de su casa convertido en mercadillo privado con los frutos más hermosos de la región. “Es que el amor endulza todo lo que siembro”, decía orgullosa. Cierto, el secreto de su huerto era mezclar el abono con miles de besos, miles de te quiero y una que otra estrella que se dejó pillar una noche clara. Por eso era que sus árboles y matas emanaban una luz que nadie entendía. Las estrellas del abono mostraban su brillo y, de noche, se iban de fiesta con las flores y las otras plantas cuidadas con un esmero pocas veces visto.
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Pero había más: todos los fines de semana, Marce iba a la gruta de Lourdes -cercana a Limendous- y llevaba agua con la que regaba su jardín. Nunca se pudo saber si esa agua -sumada al resto de los ingredientes del abono- ayudó a traer al mundo flores y frutos de tanta belleza y dulzura. Cierto fue que la casa de Marce se llenó de un olor desconocido que atraía, de forma muy extraña, a los que pasaban cerca. Todos se rendían ante aquello que sólo se parecía a un canto de sirenas que hipnotizan a cualquier mortal.

Marce tenía una especial predilección por sus matas de mora.
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Con ellas hacía ricas confituras que dejaban embelesados a los mejores cocineros del mundo que jamás habían probado una confitura como la que se cocinaba en los fogones de esa cocina prodigiosa. Sólo que con la llegada del frío, el viento, la lluvia y la nieve, las moras desaparecerían y la fiesta de sabores se esfumaría hasta la próxima primavera que se antojaba lejana. Marce pensó y pensó en cómo salvarlas de una tempestad que, tarde o temprano, vendría con el viento de Los Pirineos que cada día se tornaban más blancos que el día anterior y el anterior del anterior. Pensó y pensó sin encontrar solución.

Marce tenía un secreto que no se lo había revelado a nadie: su madre y ella lograban comunicarse sólo con pensar en algo que, por una u otra razón, fuera de interés de ambas. Enseguida miles de antenitas extrañas surcaban el cielo para transmitir un mensaje entre madre e hija. Las dos se negaron, rotundamente, a depender de la tecnología moderna para establecer comunicación. Lo de ellas era mágico y fue así como, entre las dos, idearon un plan para salvar a las pequeñas moras de una muerte invernal. Decidieron que la solución era hacerles pequeños trajes muy abrigados, algo que sólo Marce podía hacer porque sabía coser y su madre no. Así salvaría a las moras de su huerto. No había tiempo que perder: quedaban pocos días para el otoño, que podía tornarse tan devastador como el invierno, y había que salvar a sus moras.

Estando en el jardín comentó en voz alta su plan y esto le ocasionó un problema con el que no contaba: las moras enviaron mensajes a todas las otras compañeras en peligro en el resto del mundo y, un día, ella recibió una petición que jamás esperó: “Estimada señora: soy la reina del reino Mora y solicito que sea usted la que vista a todas las moras del mundo mientras dure el otoño y el invierno. Si lo hace, mi reino le estará eternamente agradecido porque sólo a usted se le ha ocurrido la idea de vestirnos a todas para la temporada invernal que es cuando sufrimos mucho por las inclemencias del tiempo. Por favor, ¡ayúdenos!”.

Una extraña dirección aparecía en el sobre que contenía la menuda petición y Marce se asustó ante lo que consideró una petición desmesurada como era coser para las moras del mundo entero. Su preocupación se la transmitió a su madre.

- Marce, no hay tiempo que perder. Yo busco los materiales y tú coses.

- Madre, nunca podré lograr vestirlas a todas. Es una tarea imposible.

- ¡Claro que podrás! Aunque no duermas ni descanses, antes de que llegue el otoño habrás terminado tu tarea.

Y así fue, Marce no descansó hasta terminar. Los materiales para confeccionar los diminutos trajes fueron llegando y Marce cosía y cosía sin parar. Su madre le envió, desde Irlanda, lana muy fina para que los trajecitos abrigaran bien a las moras y no resultaran muy pesados como para dañarlas. Mientras su esposo viajaba sin parar, ella iba llenando la casa con millones de trajes de un tamaño nunca visto. Hasta el más mínimo rincón de su casa albergaba trajes y abrigos para las moras, tanto que apenas quedaba espacio para que Marce se moviera cómodamente. La gente se extrañó al no verla por el huerto y pensaron que había muerto o estaba enferma.

Una mañana, cuando Los Pirineos amanecieron blancos como algodón y como hilos de plata, la gente vio que las moras del huerto de Marce estaban vestidas con bonitos trajes, abrigos y bufandas que les mantenían calientes sus diminutos cuerpos. Mucha gente se acercó a verlas y no entendían lo que sucedía. No sólo estaban abrigadas, también lucían coquetos accesorios hechos con diminutos abalorios encontrados en el baúl de los recuerdos. La voz se corrió por todas partes hasta el punto de que la casa de Marce se vio rodeada de muchísima gente que iba a ver los trajes maravillosos de las moras. En la noche cuando, cansados, los curiosos partieron a sus casas para refugiarse en el calor de sus chimeneas, Marce recibió a un ejército de aves, de todas las especies, que se encargarían de llevar los trajes a las moras de cada lugar del mundo donde el otoño y el invierno les hicieran daño.

Al amanecer, Limendous ya no era el único pueblo que miraba tal prodigio. Ahora el mundo entero veía a las moras vestidas con trajes hermosos, y calientitos, que las ponía a salvo del viento y del frío. Sólo las moras del jardín de Marce fueron adornadas con llamativos abalorios porque ella no tuvo suficientes para las otras moras, pero las salvo de morir heladas. La noticia voló y hasta su casa empezó a llegar gente de todo el mundo para ver su huerto y disfrutar los trajes de las moras más coquetas del planeta. Afuera la gente empezó a gritar:

- ¡Viva la costurera!...

Un niño agregó:

- … de las moras…

Y una niña complementó, casi al alimón:

- … moras.

Fue así como nació el nombre de La Costurera de las Moras Moras. Y todos a coro decían:

- ¡Qué viva la Costurera de las Moras Moras!

Su madre le expresó:

- Has logrado tu propósito porque te enseñé a que nunca digas que no puedes porque siempre vas a poder, ¡siempre!

El esposo de Marce terminó su largo viaje sin saber todo lo que había ocurrido durante su ausencia. Un día había escuchado algo sobre la moda mora, pero hombre al fin, no le prestó atención. Nunca imagino que esa noticia partía de su casa bucólica, allá en el sur de Francia.
Cuando estaba a punto de llegar, vio mucha gente cerca de su casa y no entendió lo que sucedía. Por el camino había visto motoristas que se dirigían en dirección a su casa y pensó que iban a otro lugar. Y no: era gente que atravesaba fronteras desde distintos puntos de Europa para ver lo que se había convertido en el acontecimiento más llamativo de esa temporada otoño-invierno: las moras vestidas por Marce, convertida en la más famosa costurera del planeta.

Había tal cantidad de curiosos, periodistas y camarógrafos a la entrada de su casa que tuvo que aparcar el coche en donde bien pudo para dirigirse, a pie, hasta su hogar mientras escuchaba los gritos de los asistentes.

- La costurera de las Moras Moras, la costurera de las Moras Moras, ¡Qué Viva la costurera!

Luego se escuchaban aplausos.

Como pudo terminó de abrirse paso y, al poner un pie en el huerto, vio a las moras con sus trajes y bonitos abalorios que lo saludaron radiantes. A pasos agigantados entró a su casa buscando a Marce para abrazarla y pedirle una explicación a lo que sucedía luego de meses de ausencia. La encontró en la cocina, feliz, rodeada de confituras que despedían un rico olor. Él, asombrado, miró a todos lados y vio muchos muchos trajecitos diminutos. Marce le dio la bienvenida con un dulce beso y le contó la historia. Sorprendido la escuchó sin poder entender cómo había podido vestir a tantas frutas tan pequeñitas.

Mientras él no terminaba de salir de su sorpresa, apareció -sin avisar- una mujer vestida con traje de hermosa tela y lujosos adornos. Era la reina del reino Mora. Se hacía acompañar por cestas de frutas diversas que entonaban canciones hermosas, alegres y desconocidas para ellos.

- Marce, he querido venir a darle las gracias por haber cumplido con la misión que le encomendé. Quiero que, delante de su amado esposo, reciba la condecoración que la convierte en hija predilecta del Reino Mora donde tendrá un palacio sólo para usted y su hermosa familia. Es mi humilde pago por lo que habéis hecho al vestir a mis moras.
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Marce, respondió:

- Mil gracias, su majestad, por la condecoración. Para mí es un honor recibirla, pero no puedo aceptar su invitación para ir al palacio que usted, generosamente, me obsequia. No puedo salir de Limendous porque ahora, más que nunca, debo estar cerca de mi huerto para cuidarlo y mimarlo como lo he hecho hasta ahora.

- Confieso, estimada Marce, que su respuesta no me sorprende. No esperaba menos de usted. Su huerto la necesita más que mi reino.
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Marce miro y, a lo lejos, vio a su madre que le hacía un guiño. Ella le respondió igual. La reina se despidió y desapareció seguida por su séquito de frutas. Ninguno de los que estaban afuera la vio entrar ni la vio salir. Nunca más volvieron a saber de ella.

Pasaron muchos inviernos y todas las moras siguieron vistiendo los trajes de Marce. Cuando nacieron sus nietos, poco a poco les fue enseñando los secretos del huerto y los secretos de cómo vestir a las moras en cada otoño y en cada invierno y sólo en esas dos estaciones. Marce envejeció feliz haciendo, a mano, millones de diminutos trajecitos. Cuando partió, las moras entristecieron y cada vez que llega el otoño, en ese lugar del sur de Francia se les escucha gritar:
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- ¡Marce, Marce, la costurera de las moras moras; Marce, Marce, la costurera de las moras moras; Marce, Marce, la costurera de las moras moras; Marce, Marce, la costurera de las moras moras y así, hasta no parar!
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Desde entonces, los vientos de Los Pirineos convierten ese grito en un gran eco que llega, como un canto, a muchos lugares hasta mojarse en las aguas del Mediterráneo durante el verano. El huerto de Marce se convirtió en un lugar de visita obligada y el mundo entendió que la vida bucólica era la forma más hermosa de vivir y, en cada rincón, crecieron huertos con flores, frutas y moras que cambian de moda cada otoño y cada invierno gracias a los trajes que sólo pueden coser los descendientes de Marce, únicos conocedores del secreto del más diminuto taller de costura de Francia.
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Un anuncio enorme con dos letras -ubicado a la entrada de la casa de Marce- identifica al taller de los trajes y accesorios MM (La Maison Marce)

Un rico perfume -con olor a mora fabricado en la maison- se esparce en la región y en cada lugar donde una mora viste los trajes de la prestigiosa Maison Marce hechos siempre con lana de Irlanda, una norma de la única casa de moda que viste a estas frutas y que extendió su colección a otras plantas que también sufren los rigores del clima. Durante la primavera y el verano, en MM aprovechan para preparar y mostrar la colección otoño-invierno ya que en las otras estaciones las frutas lucen regias al natural.

Cuando visiten Limendous, no olviden ir al taller MM. No necesito darles las señas porque todos saben dónde está. Se les espera con amor.

¡Au revoir!
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SE PROHIBE LA REPRODUCCIÓN -PARCIAL O TOTAL- DE ESTE CUENTO SIN MI AUTORIZACIÓN
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Carmen Guédez
Skype: carmen.guedez (Galicia – España)
Facebook: Tinta Indeleble
Twitter: @TintaIndeleble

5 comentarios:

Thais Gangoo dijo...

Hermoso, refrescante, mágico, tierndo...
Me has hecho volar a ese final del verano del 2009 cuando nació mi Patrick Jhorel. Aqui en Lindau se ven sembradios de manzanas y peras que sufren por lo mismo al comienzo del otoño. Me has hecho volar muy lejos por estos ultimos 10 min!!!!
Mil gracias por ser como eres! Nunca cambies!! Eres "genial"!
Dios te bendiga hoy y siempre! TQM

Carmen Guédez dijo...

Yo también lo sentí refrescante y mágico. Fue una delicia escribir ese cuento porque mi narrativa es muy dura, todo lo contrario a lo que sucede en "La Costurera de las Moras Moras"

Gracias a PJ por hacerme escribir un cuento para niños. Gracias a ti por leérselo. Nunca olvido cuando me dijiste que no tenías cuentos en español para PJ. No recuerdo si fue antes o después de su nacimiento, pero tu comentario me conmovió.

Besos, Thaís

Thais Gangoo dijo...

Ahora tengo uno!!!! Y lo voy a imprimir y se lo leeré! Besos!

Anónimo dijo...

Que belleza de cuento, senti una magia Deliciosa, por su puesto que se lo leere a mi Bryan, y hasta ganas de ir con el a visitar el lugar donde se origino el cuento!
Gracias tia.
TqM

Anónimo dijo...

que bello ......