domingo, 1 de agosto de 2010

EL INFELIZ BOOM DEL TEATRO COMERCIAL EN VENEZUELA

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Estas son algunas de las obras de teatro que yo jamás vería por respeto a mi formación cultural y a quienes supieron guiarme o fueron mis maestros, por respeto a mí misma y porque agradezco el buen teatro que he visto a lo largo de mi vida.
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El primer hombre de teatro que luchó para que los actores que trabajaban en Venezuela pudieran vivir dignamente de su oficio fue el gran Carlos Giménez, y lo logró sin sacrificar la excelente calidad de sus montajes. Las pocas obras comerciales que montó en el teatro “Las Palmas” -de Caracas- eran buenas, nada que ver con lo que se ve ahora. Por algo sus obras tuvieron gran éxito internacional, algo que me consta porque lo viví en Europa donde el Grupo Rajatabla -dirigido por Carlos- era elogiado y a él se le respetaba como a un gran director.

Carlos murió y todo cambió. Nació ese horror llamado “teatro comercial”, manejado por gente a quien sólo le interesa el dinero. El arte no es su prioridad y saben que tampoco lo es para el público que los apoya viendo sus obras. Es un público nuevo, en su mayoría, formado por gente vacía, con poca o ninguna formación cultural que les permita sentirse incómodos en medio de tanta mediocridad. Como nunca vieron buen teatro -y mucho menos lo han leído- consumen lo que les ofrecen, como si adquirieran cualquier abalorio.

Pocos teatreros mantienen la dignidad y se salvan de este desastre, Gustavo Ott entre esos pocos que, tal vez, no pasen de 10. Ellos saben bien quiénes son. Otros -hombres y mujeres- que fueron dignos actores alguna vez en la vida, ahora se doblegan ante el dinero y dan vergüenza. A ésos, les perdí el respeto. A los que no se vendieron, los admiro.

Los que vivimos la época de oro del teatro venezolano, la añoramos. Dos veces fui al llamado "Trasnocho" y me desvelé luego de ver obras tan malas que nunca serán lo mío. La última vez que acudí al “Trasnocho” (tiene el pretencioso nombre de Centro Cultural) fue en marzo del 2004. Después, ¡nunca más! Luego de esas dos amargas experiencias me quedo con el “teatro escondido”, ése que nadie ve, pero tiene la virtud de no amargarnos una noche viendo y escuchando cosas que están lejos de llamarse teatro porque, éste, o es bueno o es malo y el malo es absolutamente comercial y basa su éxito no en la calidad del texto o de los actores, sino en el atractivo que tiene para muchos ignorantes el ver a una figura muy conocida de la televisión, que no por eso se trata de un gran actor, salvo excepciones como Nacho Huett, bueno en ambos escenarios. Esa gente de la tele los enloquece mientras yo no lo entiendo ni quiero entenderlo. Parece que una sala que hay en El Hatillo (no la conozco) sigue los mismos lineamientos del “Trasnocho”. No me interesa constatarlo.

Que siga el boom del teatro comercial llenando los bolsillos de los productores. No seguiré -y mucho menos le daré mi apoyo- a ese boom por muy buen negocio que sea. De ahí que me alegra que, de vez en cuando, alguien tenga la sensatez de no subestimar al público y se arriesguen con obras como Actos Indecentes.

Carmen Guédez

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