sábado, 19 de junio de 2010

1/2 - PÁRRAFOS DE MI NOVELA “NUNCA LE CREAS A UNA NOVIA”

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A mis hijas, Rosalba y Eva
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Recuerdo, cuando era niña, estar todavía en mi cama y ver aparecer a mi abuela con una taza de café con leche para calentar mi cuerpo porque hacía mucho frío en la mañana. Esa anciana -así la veían mis ojos de niña, aunque no lo era- ocupó muchas veces el lugar de la dama del vestido blanco y me llenó de cariño y logró calmar mi sufrimiento. Ya ella no está. Hay un triste silencio desde que su cuerpo fue depositado en un cementerio que nunca visité. La abuela murió un día sin despedirse de mí y me negué a asistir a su entierro. Se fue sola como vivió siempre. Casi al amanecer de un nuevo día -cerca de las seis de la mañana, según me dijeron- su corazón dejó de latir lejos de la tierra que la vio nacer. No sufrió ni pudo hablar con nadie porque dormía. Su hija la encontró muerta. Así debía morir porque su cuerpo nunca dio muestras de debilidad. Apenas unas muletas la hacían tan mortal como cualquier otro ser. De no ser por eso, hubiera pensado que no era humana. No la recuerdo con el cabello blanco. La recuerdo con su negra, larga, lisa y escasa cabellera recogida en un moño sostenido por una peineta. Yo la adoraba, y ella a mí, a su manera de mujer de poco hablar. Sólo se prodigaba en palabras para contarme cuentos.
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Fue ella quien me enseñó los caminos de la soledad, sólo que olvidó decirme que estaban llenos de espinas y de escollos. Por eso ahora entiendo el porqué sus pies sangraban y dolían a pesar de que ella no les prestaba atención. Había estado toda la vida recorriendo esos caminos y los soportó a pesar de los obstáculos. La dama del vestido blanco también los recorrió, sólo que para ella esos caminos estuvieron llenos de alegría. Es posible que su vida fuera triste en algún momento, pero yo la veía tan hermosa que no podía imaginarla de otra manera que no fuera llena de felicidad. Cuando quise indagar sobre su vida, ya era tarde: ella no emitía palabras y su mirada era incierta. Me quedé con mil interrogantes y no pude pedirle que me contara, de nuevo, el cuento del pajarito que se mandó a hacer una cobijita y, cuyo final, nunca recordé. Me alejé de ella para recordarla hermosa, como en esa foto del día de su boda. Pocos recuerdos me acompañaron pues huí de ellos y la consideré muerta antes de que sus ojos se cerrarán para siempre. Aunque muchos no lo entendieron -y me calificaron de cruel- eso fue un acto de amor porque no pude soportar ese dolor. Después de todo, era mi madre.
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- Elena, nunca superaste el dolor de la enfermedad de tu madre y huir fue una comodidad que termino convirtiéndose en culpa.
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Es muy fácil juzgar cuando no se conoce lo que alberga un corazón entristecido. ¿Para qué ver sufrir a alguien que, de alguna manera, ha muerto mucho antes de partir? Si alejarme me hizo sufrir, preferí recordarla como la vi la última vez, antes de que sus palabras desaparecieran de sus labios. Ese día -domingo- llevaba puesto un traje amarillo y me despidió desde el portal de su casa. Sólo una gripe estorbaba en su cuerpo. Fue la última vez que la vi feliz y la última vez que escuché su voz. Tres días después ingresaba grave, en urgencias, con un ACV. Entiendo que tenía un aneurisma y esa mañana se rompió. Para mí, ese miércoles, mi madre murió. Ahí comenzó mi duelo por ella y, junto a mi padre -eterno compañero de mi vida- la enterré. Otros dijeron que seguía viva, pero no para nosotros que preferimos quedarnos con el recuerdo de la mujer que pintaba flores y paisajes en blancos lienzos.
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Poco después mi padre murió de dolor por la mujer amada, la esposa de toda una vida. A partir de entonces, me quedé sin familia. Me refugie en mis amigos, en los libros y en mi trabajo para distraerme del sufrimiento que me embargó y que no desapareció jamás. Nunca más volví a tener las navidades hermosas que mis padres me regalaron cuando era niña. El mundo entero se convirtió en mi casa cuando decidí caminar, sin descanso, en busca del olvido de esos años en familia. No había hermanos, ni sobrinos que esperaran por mí. Mi vida familiar ya no existía.
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Laila, ¿ves qué sola he estado durante años? Tal vez por eso los pájaros negros -pájaros de muerte- me acechan en mis sueños y cuando aparecen los pájaros de múltiples colores -los salvadores- ya estoy muerta. Ellos saben que, desde hace mucho tiempo, me cubre un manto con olor a sepulcro.
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Carmen Guédez
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