jueves, 24 de junio de 2010

¡CORTI BARATO, CORTI BARATO!

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Dedicado a los inmigrantes europeos que llegaron a Venezuela a partir de los años 40

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Yo no desarrollé una sensibilidad especial hacia los europeos que conocí en mis primeros años o en mi adolescencia. Sencillamente formaban parte de mi cotidianidad. Sin embargo, algo de ellos me impactó de manera especial porque los recuerdo perfectamente. No podía yo saber -menos adivinar- que muchos años después toda mi familia -y yo- seríamos inmigrantes en Europa. Fue ahí donde volví a recordar a esos personajes.

Estando ingresada en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela, en el 2005, conocí a muchos gallegos que habían vivido en América, algunos en Venezuela. Cada uno tenía una historia de penurias y de mucho trabajo en tierras muy extrañas para ellos. Comprensible porque clima, costumbres y comida eran muy distintas a lo que ellos conocían y el mundo no estaba globalizado, lo que los aislaba más de sus países y familiares. En ese hospital los entendí como nunca.

Jamás he podido olvidar a unas mujeres que solía ver en mi casa cuando era muy niña. Eran mujeres regordetas -me recuerdan a las figuras de Botero- y vestían de forma rara. Tocaban a la puerta gritando -con un acento que bien pudo ser portugués, italiano, gallego, vasco o qué sé yo- ¡Corti barato, corti barato! Enseguida que les abrían la puerta, desplegaban sus maletas y de ahí comenzaban a salir tesoros muy apreciados por las mujeres que eran siempre sus clientas. Era algo mágico en lo que no participaban los hombres. Los niños veíamos aquello anonadados. Lo que más recuerdo son los retazos de tela para hacerse vestidos. También recuerdo que vendían preciosos manteles. Sabrá Dios cuántas cosas más vendían, todo a crédito. Sólo recuerdo trapos y más trapos.

Ellas eran distintas a nuestras mujeres… claro, ¡eran inmigrantes! Yo no lo sabía, mi edad era muy corta para entender esa palabra: INMIGRANTE. No tendría yo más de 3 ó 4 años. Lo sé porque ubico las historias según las distintas casas en que viví. Nunca imaginé que con sus corti barato mitigaban el hambre de sus maridos, de los hijos que habían podido llevar consigo (algunos los dejaban con abuelas o hermanas) y su propia hambre después de todo un día andando calle arriba, calle abajo, con sus maletas a cuestas para ganarse la vida. ¡Qué duro era para ellas lo que para mí era un espectáculo!

Estas familias venían en barcos, casi siempre sin un duro, muertos de hambre y ansiosos por trabajar en lo que fuera. También venían médicos, algunos de la Europa del este. Muchos de mis primeros médicos tenían nombres y apellidos impronunciables. Yo no sabía nada de ellos y ellos no debían saber nada de enfermedades del trópico, pero eran buenos en su profesión, aunque distantes del paciente, tal y como son los médicos gallegos.

Esa fue la inmigración que llegó a Venezuela a partir de los años 40. Huían de la hambruna y de la falta de empleo en la Europa de la post guerra. Una alemana sólo pudo traer consigo una hermosa panera de peltre blanco que, creo, que era un regalo de boda. Me hubiera gustado quedarme con esa linda pieza que parecía de película.

Estudié toda mi primaria en un colegio privado y mixto ubicado en Valera, una ciudad de los andes venezolanos. A ese colegio iban muchos niños europeos. La mayoría eran italianos, pero igual recuerdo portugueses, españoles y alemanes. Uno de ellos -Ezio Neviolo, se llamaba- fue al colegio, durante años, con pantalones cortos, costumbre que no existía en Venezuela. Un día la directora del colegio le ordenó usar pantalones largos, como los que usaban los otros niños. ¿Cómo no estar impregnada de Europa desde mi niñez? Sin duda que estos niños tenían costumbres diferentes a las nuestras y, de alguna manera, nos las transmitían. Lo que sí puedo asegurar es que la convivencia era perfecta. Los niños no distinguen de razas y colores. En esos años escuché nombres que me sonaban distintos, pero bonitos: Rosaria, Laila, Conchi, Claudio, Luiggi, Peter. Apellidos como Olivieri, Lanaro, Machado, Giardinelli, Hoffman, Pestana. Nombres y apellidos que hoy escucho con frecuencia porque la vida dio un vuelco y me puso del otro lado.

Corti barato, corti barato, resuena en mis recuerdos ahora que la vida es a la inversa y la inmigrante soy yo junto a mi familia.

Carmen Guédez

E-mail: tintaindeleble@gmail.com
Skype: carmen.guedez (Galicia – España)
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Twitter: @TintaIndeleble - http://twitter.com/TintaIndeleble

5 comentarios:

Victoria's Home dijo...

Un hermoso homenaje a las mujeres inmigrantes. Precioso post. Y lo increíble es cómo hoy puedes ver la historia desde el otro lado. Desde tu papel como inmigrante en Europa.
Me ha encantado tu entrada.
Saludos.

Carmen Guédez dijo...

Victoria:
Si Dios existe, me ha dado un hermoso regalo: una memoria prodigiosa. Recuerdo perfectamente a partir de mis 3 ó 4 años. Esa historia de estas mujeres de ¡Corti barato, corti barato! ocurrió cuando yo tendría unos 4 años, no más.

Luego, estando hospitalizada en un hospital de Santiago de Compostela, conocí a dos gallegas que habían sido inmigrantes. Una de ellas en Venezuela y la otra en Uruguay. Esas mujeres aportaron tanto a la precaria economía familiar como lo hicieron sus maridos.

Luego contaré la historia de Maruja, la gallega que vivió en Uruguay. ¡Toda una cabeza de familia a pesar de tener marido!

Ese post se lo estaba debiendo a esos inmigrantes de los años 40 y 50.

Thais Gangoo dijo...

Wow°! Simplemente hermoso! Me encantó este post. Es super refrescante y me hiciste volar de regreso a mi niñez. Recuerdo estar en la casa de mi abuela paterna los fines de semana y escuchar esa campanita o musiquita del heladero. Todos era de Trinidad y pocos podian hablar algo de español. Uffff como sudaban por todos lados con sus carritos de helados. Me pregunto si aun pasanpor ahi.
Con respecto a tu post en particular, pues siempre he dicho que esas familias europeas que tenemos en Vzla tienen lo que tienen porque se lo han sudado! Conozco a mas de una que tiene mucho dinero y no fué por arte de magia. Los repeto y los admiro! Cuanto Venezolano no deberia tomar ese ejemplo! Ufff me quedaría corta en tiempo para escribir.
Mil gracias por tan hermoso post!

pirugenia dijo...

Vendiendo cortes de tela se inició como mujer de negocios una gallega en Caracas y llegó a ser dueña de unos almacenes muy importantes de cuyo nombre no me acuerdo; sólo me acuerdo del de su hija, María José Meixengo, compañera de autobús cuando éramos alumnas de la Academia Mérici. Era hija única, huérfana de padre; su madre se mataba a trabajar; no sé si tenía los ojos azules como los de su hija, llenos de sueños y de mar. Era un encanto María José; sé que volvió a Galicia, a Santiago de Compostela. Dios la bendiga donde esté.

pirugenia dijo...

No era gallega sino aragonesa y casada con catalán una de mi familia política que anduvo vendiendo cortes (y pantaletas) por Caracas, de puerta en puerta. El marido de Dña Rosa, el catalán Sr. López, se hizo poco a poco con una tienda de cortes y la llamó "Modas Relaa" (acrónimo de Rosa, E[?], Libertad, Acracia y Amapola, sus tres hijas, de nombres anarquistas). Amapola se casó con mi tío Iñaki Soloaga. Ahora viven entre España y Venezuela. Son gente trabajadora pero ya no son clase obrera: mi tío era doctor en Economía y sus hijos se graduaron de la Universidad, como él, en Venezuela.