domingo, 20 de junio de 2010

2/2 - PÁRRAFOS DE MI NOVELA “NUNCA LE CREAS A UNA NOVIA”

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A mis hijas, Rosalba y Eva
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Al salir de la hacienda -donde había transcurrido la recepción nupcial de unos amigos de Martin- me di cuenta que ese lugar estaba custodiado por hombres fuertemente armados. Martin comentó que en esa zona había muchos secuestros. Supongo que no lo dijo para asustarme ya que por algo tantos hombres custodiaban esa propiedad. De todos modos me asusté porque sabía que estábamos alejados del pueblo y Martin no tenía ni idea de cómo salir de ese lugar. Además, ahora sí estaba bajo el efecto del licor y de su gran enfado conmigo.
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Empezamos a transitar por una angosta y oscura carretera sin tener idea de cuál era el camino que nos llevaría al pueblo. Un silencio total nos envolvía. Ninguno de los dos hablaba. De repente vi a unos motoristas: eran hombres y mujeres.








No podría decir cuántas personas constituían ese grupo pues me aterroricé. Le pedí a Martín que acelerará y en lugar de hacerlo detuvo el coche para preguntarles qué dirección debía tomar para llegar al pueblo. Observé que ingerían licor y tenían aspecto de delincuentes. Entonces me asusté más pues estábamos al lado de ellos, sin posibilidades de escapar; solos, en una carretera donde a esa hora nadie transita: era ya era más de la medianoche.

Pensé que sacarían armas. Le supliqué a Martin que nos fuéramos a toda velocidad. No me prestó atención.
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Los motoristas le dijeron que los siguiera y arrancaron con sus motos. En cada una iban dos personas.

Le dije que no les hiciera caso porque podía ser una trampa. No me escuchaba.

Decidió seguirlos. Yo me aterraba más y más. Esperaba que en cualquier momento sucediera cualquier cosa.

Por mi cabeza pasaron las imágenes que siempre se ven de Latinoamérica. Recordé a la convulsionada Colombia.

Sentía que podían secuestrarme, que podía ser violada, herida o sencillamente morir a manos de esa gente. Ahora lo narro sosegadamente, mas no dudo que aquellos instantes fueran aterradores. Nunca había estado en una situación parecida pues mi vida siempre transcurrió en lugares donde jamás corrí peligro. Latinoamérica se me antojaba como un lugar exótico y antes de conocer a Martin no tuve mucha relación con esa parte del mundo. Él, a pesar de ser europeo, conocía muy bien esa parte del mundo.

Ya había tenido suficiente esa noche -durante la recepción- para ahora pasar por esto. Sin embargo, era otro miedo: un miedo diferente al que sentí en la recepción, un miedo muy distinto al que Martin me producía. Éste era más aceptable porque tenía un ritmo acelerado que no me permitía pensar mucho, mientras el otro era pausado, agonizante, torturador… humillante.

Martin parecía no sentir nada. Estaba en una actitud desafiante y suicida, o quizás retaba a la muerte. Posiblemente se sentía como un ser superior provocando a unos humanos que, por su condición de inferioridad, no podrían vencerlo… ni debían.
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Finalmente llegamos a una encrucijada y los motoristas nos hicieron señas de que siguiéramos hacia la izquierda, mientras ellos tomaban a la derecha. Sentí que un milagro había ocurrido porque pudo haber pasado cualquier cosa.

Me parece verlos alejarse mientras nos señalaban el camino. Todavía recuerdo sus manos señalando a la izquierda. Sí, a la izquierda: por ahí llegaría más rápido al inicio de mi tragedia, a ese instante breve en el cuarto del hotel que cambiaría todo, incluso mi vida y la de Martin. A partir de entonces, ninguno de los dos seríamos los mismos. Una tormenta nos había transformado.
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Una vez que tomamos el camino que nos indicaron, empezamos a ver las luces del pueblo y, con alguna ayuda, finalmente llegamos al hotel, aparcamos el coche frente a la entrada y subimos a nuestra habitación. Ahora estábamos solos los dos y esta vez no sentí el placer de estar sola con Martin. Por primera vez, estar sola con él era lo último que deseaba. Presentimiento, miedo -no lo sé- el caso es que había algo diferente que me hacia sentir como una extraña a su lado, como si la magia repentinamente se hubiera roto y un terrible peligro me acechara.
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Estaba convencida de que el hombre que estaba a mi lado ya no era el mismo que horas antes llegó conmigo a esa habitación, se vistió de prisa y sacó las últimas fotos de una pareja feliz. Indudablemente éste no era el hombre que me amaba tanto. Era un desconocido a quien le temía, un rostro descompuesto que nunca antes vi. Una cara que, desde la sala de baño -sentado en el retrete- sobresalía para hacerme reclamos injustos y en tono agresivo. Era ese el Martin que causaba un extraño miedo que me acompañó casi desde el inicio de nuestra relación y que nunca antes pude explicarme.
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Aquella habitación -mal decorada de hotel de pueblo- se convirtió en un escenario donde muchas cosas habrían de pasar y, aunque parezca mentira, no estoy enterada de todo lo que allí aconteció y nunca tuve la oportunidad de pedirle a Martin que me contara sobre lo que sucedió esa madrugada, entre esas cuatro paredes, cuando perdí la conciencia y ya no supe de mí. De todas maneras estoy segura de que él no hablaría de eso, mucho menos en su condición de testigo principal. Lo que sí puedo asegurar es que lo que ocurrió ahí, ni yo misma me lo he podido explicar, y juro que no planifiqué nada.
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Comenzaba, ahora, el desamor, ese recorrido doloroso que sólo termina cuando llega la muerte.

Carmen Guédez

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