domingo, 9 de mayo de 2010

LAS MADRES

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Desde hace muchos años he dicho que lo peor que han hecho con las madres es subirlas a un pedestal. Eso hace muy difícil ser madre, hasta da miedo tantas exigencias: la perfección, entre otras.
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Las madres somos seres normales, con defectos y virtudes. El que desee tener a una madre perfecta, se perderá el enorme placer de tener MADRE. Cuando acepté a la mía -tal y como ella era- y me detuve a ver lo mejor que poseía, ese día le añadí puntos a mi felicidad y a la de ella. Cuando acaricié sus manos -mientras ella estaba en coma- y las memoricé, me di cuenta que de esas manos parten las mejores caricias que un ser humano pueda recibir. Hoy la añoro.

A pesar de ese pedestal -al que tanto temo- si volviera a nacer, volvería a ser madre. Disfruté el enorme placer de tener, en mis brazos, a mis dos hijas. Me encantaba dormir con ellas cuando eran pequeñitas. Sentirlas es una sensación tan especial que sólo un hijo la da, jamás otro niño. Lo que por nada del mundo quiero ser, es ese tipo de madres que describen las tarjetas que se regalan en el Día de las Madres. No soy así.

El Día de las Madres lo rechazo porque no se invento de corazón sino con fines oscuros. Si tuviera a mi madre viva, la invitaría -con frecuencia- a tomarnos un café en una terraza y charlar...charlar mucho. Eso haría. Desgraciadamente, los hijos descubrimos lo mejor de nuestras madres cuando han muerto.
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Las madres malas son excepciones. La mayoría adoran a sus hijos, sólo que no existe un estilo único y cada mujer tiene el suyo. Comparar a una madre con otra es un error. Ninguna es mejor que la otra. Cada una tiene algo que la hace especial.
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Soy madre porque mis hijas tuvieron a bien nacer. A ellas es a quien hay que felicitar.

Carmen Guédez
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