A Venezuela se la puede analizar a través de sus conocidas telenovelas ya que por algo existen y son exitosas, hasta el punto de reunir a muchos frente al televisor -como si éste fuera un Dios- a la hora en la que se transmiten. Verlas es una costumbre de años, tanto como lo es ver un concurso de belleza. Extraña diversión, pero así es Latinoamérica.
La situación actual de Venezuela, de unos contra otros, no es una creación de Hugo Chávez y pensar que lo es, se convierte en un grave error que, incluso, yo cometí. El error tiene firma en los medios -exactamente en los dueños de medios- y en las programaciones que ellos explotaron porque les daba raiting, sin saber que era cuchillo para sus gargantas. Chávez responde a la descabellada barbarie de “unos contra otros” y arremete el 04 de febrero de 1992. La televisión, simplista y comercial, le había puesto todo en bandeja de plata a los resentidos con o sin razón, pero excluidos al fin. Y mire usted lo que resultó.
Según me cuenta mi hija mayor, Álvaro Vargas Llosa habla de la telenovela “Por estas Calles” (1992-1994) como la máxima expresión del descontento en tiempos de otros gobernantes. Con ese descontento se le abonó el terreno al actual presidente. Es decir: los escritores de telenovela -sin saberlo- se convierten en los máximos promotores de la división, pero con una característica: al final, el amor une a chicos ricos con niñas pobres, siempre que sean guapas y blancas, lo que expresa clasismo y racismo en un país multirracial, pero con prejuicios, carcomido por los cánones de la moda dominante donde sin tetas de cirujano plástico no hay paraíso ni éxito posible, como muy bien lo expresó una telenovela colombiana.
Con la moda de las cirugías plásticas, el intelecto se va de vacaciones y le deja el puesto a lo por encimita que se resume en ignorancia, consumismo vertido en el propio cuerpo. Entonces el país se llena de chicas con generosos escotes y quien no sea como ellas, deja de ser persona. El chico que no posea cuerpo de gym tampoco tiene cabida. Las telenovelas determinan, como nunca, el ideal de hombres y mujeres. Comienza la debacle de lo inteligente y profundo para dar paso a seres de concurso -especialmente mujeres- que -¡oh sorpresa!- se convierten, de la noche a la mañana, en periodistas, actrices y un largo etc. que los empresarios de televisión explotaron -y siguen explotando- hasta el hartazgo cuando se percatan del filón porque de que lo es, no hay duda; sólo que los psicólogos y sociólogos no profundizaron en un hecho, producto de una estructura subliminal muy bien montada y casi maquiavélica, que Hugo Chávez prefiere llamar capitalismo porque le resulta más fácil el calificativo simplista en lugar de ir más allá, puesto que ese mensaje subliminal convenció a ricos y pobres, comunistas o no. Pocos se salvaron.
Mientras chicas y chicos de telenovela se convierten en modelos a seguir, los militares conspiran. Nunca se han aproximado a mujeres tan guapas como las de la tele que, en sus telenovelas gloriosas, les muestran -con crudeza y burla- que ser pobres y feos no les asegura ser exitosos y sí anónimos que es lo que ya no desean. "Por ahora" marca el inicio de las interminables cadenas ya que estar en televisión le produce un enfermizo placer al hombre que sólo desea ser protagonista absoluto y por ello es político, cantante, charlatán y lo que sea, pero sin duda es un personaje que los geniales guionistas no fabricaron.
Los militares no es que conspiren en los años 90 -o antes- sólo por culpa de las mujeres bellas, sería tonto decir semejante barbaridad. Conspiran porque los dueños de medios les dicen, desde una pantalla de televisión, que eso de ser pobres es muy malo. Lo hacen mostrando el confort y belleza de las casas de gente rica, en contraposición con la fealdad y pobreza de la chabola, en obvia demostración a una gigantezca diferencia de clases que sigue existiendo en la Venezuela chavista y revolucionaria. Observen las dos escenografías, de alto contraste, que hay en una telenovela. La escenografía es parte del texto y, por lo tanto, habla, tanto o más por ser imagen. Casas de ricos y de pobres es una constante. Amor entre seres de clases muy diferentes. Poco o nada sucede entre iguales y es una de las características de la telenovela latinoamericana. Brasil es una excepción por convertir a los pobres en protagonistas absolutos tanto en cine como en televisión. Bueno o malo, no es el punto en este post.
Así, el resentimiento se agita, a ritmo de vértigo, en un cóctel mortal del que estamos viendo lamentables resultados. A pesar de eso, los medios de comunicación de Venezuela no aprenden y pinchan la herida del resentimiento. Cuidado si los muchos coches nuevos -más de 20- aparcados en la casa de Zuloaga -el de Globovisión- no causan una debacle. Más inteligente -por ser menos hiriente e insultante para el que jamás podrá comprar un coche- hubiera sido que Globovisión no los mostrara. Otra equivocación más de la Venezuela de telenovela. Otra equivocación que los opositores explotan erradamente. Lamentablemente, si uno de los Varga Llosa no lo dice, no tiene credibilidad. Yo es que me siento lo suficientemente capaz para reflexionar sin guías y sin temor de que lo que diga no guste.
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