jueves, 31 de diciembre de 2009

AQUELLOS QUE NO ESTÁN PRESENTES

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Este año me veo tentada a despedir el 2009 con un artículo que publiqué el 24-12-2003 en el periódico venezolano El Universal. Para entonces fue uno de mis artículos más leídos. ¡Cómo lloré mientras lo escribía! Decidí publicarlo nuevamente porque, al releerlo, encontré que no ha perdido vigencia ya que la Venezuela del 2009 no ha tenido cambios que difieran del contenido de lo escrito hace ya seis largos años. Ahora somos muchos más los ausentes. Cada día y cada mes son familias enteras las que se van de Venezuela porque no soportan a un gobierno que resta en lugar de sumar y unificar.

Los dejo con mi viejo artículo del año 2003; no obstante, tan presente, desgraciadamente. Espero que, algún día, ese texto sea sólo un recuerdo del pasado en medio de un presente esperanzador.

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Al artículo no le hice cambios en las palabras. Sólo he colocado año 2010 en lugar de año 2004. También agregué una imagen. A mí me sigue conmoviendo tanto como cuando lo escribí. Por algo será. Juzguen ustedes.
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Siempre en la navidad se exacerba la nostalgia, ¿y cómo evitarla ahora que nos sobran razones para sentirla? Ojalá fuera una nostalgia pasajera, de esa que se va cuando comienza el nuevo año y secamos las lágrimas de la medianoche de un 31 de diciembre. Pero no, ésta es una tristeza más profunda que promete hacernos compañía por largo rato, a menos que en un ataque de suprema locura nos creamos que lo que hoy vivimos es una pesadilla que está a punto de terminar. A menos que vayamos al cuarto de nuestros hijos y, al ver sus camas vacías, pensemos que están a punto de regresar, que en un ratito estarán de vuelta, que salieron momentáneamente, que no es que están muertos o están en el exterior buscando un futuro que aquí ya no tienen. A menos que creamos que no hubo un 1998 que nos cambió tanto la vida hasta el punto de perturbar la paz familiar para siempre o por largo tiempo. Sólo así podremos prescindir de esta nostalgia decembrina con familias dispersas, con parientes y amigos entrañables que se encuentran lejos de este bullicio en medio del frío invernal de una ciudad extraña que los alberga ahora en su condición de extranjeros. Esa es la navidad de ahora, tan distinta a la navidad de hace unos pocos años cuando las balas no mataban hijos y no era costumbre ir al aeropuerto a prometernos un reencuentro que no sabemos si será posible.

Ensayo de las doce campanadas en la Puerta del Sol en Madrid (miércoles 30-12-09) - Fotografía: Sergio Enríquez

¿Qué podemos hacer para inventarnos la alegría cuando el corazón se nos desgarra? ¿Cómo llenamos ese puesto que estará vacío en una cena navideña? ¿Cómo disfrutamos de esa cena cuando sabemos que muchos no pueden tenerla? ¿Cómo olvidamos que en esta navidad hay más hambre y miseria que en otras navidades? ¿Y cómo asumimos un 2010 con esperanza en el futuro cuando sabemos que eso no es fácil en Venezuela?

Me encantaría decirle a mis compatriotas que estoy feliz por su ausencia ya que podrán pasar unas navidades bellas en ciudades donde se toma buen vino y se rompen las botellas en las fuentes, mas no me alegra esta separación y, con seguridad, ellos añorarán aquellas fiestas con familias grandes y con la algarabía de obsequios navideños en tiempos de una bonanza que ya no existe. Tampoco nos acostumbramos a esa diferencia de horario que nos obliga a dudar si para darles el feliz año debemos hacerlo unas horas antes o unas horas después, es decir: ¿a la hora de aquí o la hora de allá? Todo ese cambio vino a partir del 06 de diciembre de 1998 cuando alguien dijo que no quería más niños en las calles, sólo que olvidó decir que desde ese mismo día comenzaba a desdeñar las promesas electorales y que, con la euforia del triunfo, nacía la época de la división en lugar de la suma, operación matemática que nos enseñó que dos más dos son cuatro y que eso es mejor que cuatro menos dos.

Espero que nuestros amigos y seres queridos traten de pasarla bien en estos días donde se ansía el hogar y la patria lejana. Desde este espacio les digo a todos los venezolanos que están regados por el mundo que siempre los llevaremos en nuestro corazón porque nunca podremos olvidar aquellas navidades que pasamos juntos. Brindaremos para desearles, a todos aquellos que no están presentes, lo mejor en el 2010.

Quiero expresar mi profundo deseo porque, en esta navidad y en este año nuevo, a nuestra gente querida nadie les diga extranjeros, con ese desprecio del que desconoce nuestra verdadera situación, esa que obligó a muchos a partir ligeros de equipaje para comenzar una vida que, por ahora, aquí no es posible. Algún día vendrán sus hijos a cobras las lágrimas de sus padres.

Carmen Guédez

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi querida Carmen, Lei tu articulo en la fecha original en El Universal, y lo he vuelto a leer ahora... No puedo evitar sentir lo mismo que senti aquella primera vez: desesperanza..
Un beso grande para ti, acompañado de mis mejores deseos por un 2010 espectacular...
Liliana y las niñas