miércoles, 4 de noviembre de 2009

VENEZUELA: PAÍS DE ADULADORES Y COMPLACIENTES

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Mucho se comenta, en Venezuela, el hecho de que Hugo Chávez está rodeado por una corte de aduladores que no se atreven a decirle la verdad de lo que ocurre en el país que gobierna (gobierna es un decir, una costumbre; pero supongamos que es así). Es absolutamente cierto que los que pertenecen a su entorno gubernamental, aplauden sus exabruptos aunque no los compartan y, mucho menos, se atrevan a criticarlo. Ese circo es excesivo para los millones de seres humanos que padecen las desmesuras de un presidente atípico.

No obstante, esa no es la única verdad, ¡Ojala fuera la única! Hay otra, verdaderamente lamentable, que lleva al país a un callejón sin salida. Esa verdad es la siguiente: dentro de los opositores no hay ciudadanos críticos e imparciales. Las excepciones son muy contadas y merecen mi admiración. La mayoría practican el fanatismo y desdeñan el uso del cerebro a cambio de la adrenalina. Por querer salir de Chávez, a como dé lugar, se han convertido -sin querer o queriéndolo- en los complacientes incondicionales de cualquier opositor que se erija en líder de un frente de batalla, de los muchos frentes ya existentes, tal y como los hay en toda guerra donde la sangre corre y existen las infaltables intrigas, porque Venezuela no es sinónimo de paz. No existe la mesura de alguien que quiera -de corazón y sin ningún interés- parar un momento -o los que hagan falta- para darse la mano y volver a ser un pueblo y no dos y, ahora, tres, porque -les guste o no- los exiliados y los no alineados, cuentan.

Lo lamentable es que los fan, de estos héroes anti Chávez, no se toman un minuto para analizar -con una crítica constructiva y razonada- el pro y los contra de estos personajes que han idealizado como líderes, sin saber cómo son cuando están fuera del alcance de las cámaras y los micrófonos, esos aparatos sin corazón que soportan todo, hasta un "Por ahora" histórico y, tal vez, repetible. Nadie es tan perfecto para merecer sólo vítores. Piensen en eso.

Si a alguien se le alaba todo el tiempo, se puede llegar a sospechar que algo anda mal. Se puede acertar o estar equivocado, pero nunca está demás usar el sagrado derecho a la duda que suele conducir a la verdad. Cuando mis textos literarios no reciben críticas, empiezo a preocuparme porque tengo malicia y sensatez para pensar que no todo es perfecto como algunos -sin mala intención, creo- me lo quieren hacer ver.
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Aquel que no promueve, ni acepta, la crítica es porque sólo busca algo en provecho propio y -mientras esconde una carta bajo la manga y se viste de cordero- celebra el ser aclamado, premiado, invitado y un mar inmenso de más y más, propio de perversos insaciables. Son tácticas muy útiles para esos encantadores de serpientes -algunos respaldados por grupos muy poderosos en el mundo- que abundan en la disidencia venezolana y que están convirtiendo a una buena parte de los opositores auténticos -los desinteresados en cuotas de poder- en aduladores y complacientes, tan iguales a los que adulan y complacen a Hugo Chávez Frías.

Lo que sucede es que en Venezuela está prohibido cuestionar a quien se apoya, llámese presidente Chávez o señor(a) X de la oposición. El apoyo -al estilo venezolano- se entiende como la firma de un cheque en blanco y en el no solidarizarse jamás -mucho menos públicamente- con quienes vemos desnudo al rey de cualquiera de los dos bandos.

A los que cuestionamos a unos y a otros, se nos aparta como a enfermos contagiosos y, de alguna manera, intentan (el asunto es que puedan lograrlo) castigarnos y hasta aislarnos. En mi caso, me han puesto un sospechoso cerco para no tener acceso a los estudiantes opositores. No he podido lograr intercambiar, con ellos, impresiones en privado (sólo intento hacerlo por Internet, ya que me resulta imposible un acercamiento personal). Los intentos que he hecho a través de varias personas, que están muy cerca de ellos, han fracasado. Tan extraña actitud me lleva a pensar -y con toda razón- que a esos chicos les esconden algo. Es como una enrevesada telenovela donde, mis cartas, las oculta
quien las recibe. Pero -según la receta infalible de las telenovelas- esas cartas, al final, van a aparecer y quedarán expuestos los buenos y los malos. Lo triste es que van a pasar muchos años para que llegue ese momento.

En los largos años de espera que anteceden a ese final, Venezuela se llena de complacientes y aduladores del único líder oficialista. Y se llena, también, de complacientes y aduladores de los mil y un líderes opositores que se fabrican -o auto fabrican- en un imparable experimento de errores y aciertos, que más de errores.
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¿Será que siempre van a encontrar acritud en mis palabras? ¿ O llegará el día en que entiendan que me limito a pensar desde la imparcialidad tan necesaria en toda crisis y desencuentros de bandos ciegos y sordos?
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A mí me acompaña la paciencia porque, viva o muerta, mis palabras quedan. Les aseguro que voy a seguir escribiendo. Sólo un hecho de fuerza mayor me puede callar y, no va a ser el miedo o el qué dirán, porque no apoyo ni a uno ni a otro por respeto a la información veraz y porque me niego a ser un títere de dos bandos prepotentes e inmaduros cuyos dioses son dudosos líderes .
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Carmen Guédez

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