lunes, 24 de noviembre de 2008

MUJERES SOLAS

Un catalán puso sobre el tapete un tema que he estudiado mucho y que ahora conozco en carne propia: las mujeres sin pareja. La duda se presenta cuando pienso que el mundo evoluciona: los gays se casan y somos muchas las mujeres que no necesitamos de un hombre para nada. ¿Hasta que punto eso es lo normal y lo anormal es estar acompañada? El doctor José Luís Vethencourt lo llamó "El estilo de la época" en un trabajo sobre "La soledad en la mujer" -profesional y de clase media- en el que conté con su valiosa asesoría.

La vida da vueltas y los modelos pasan de moda -el matrimonio pudo ser una moda- y optamos por aquello que más nos marcó. Vengo de unos padres a los que sólo la muerte los separó. Eso puede ser lindo, pero a mi madre la vi como la parte de la pareja que hacía lo que mi padre decía y, menos mal, que fue un buen padre y esposo. Siempre fui más apegada a él. Muy sencillo:

- Me gusta la gente que decide.
- Tiendo a decidir y no a que decidan por mí.
- Sin duda, una rebeldía a la mujer sumisa.

Con esa idea crecí inconscientemente. El matrimonio no fue un sueño en mi vida; no obstante, me casé, tuve unas hermosas hijas y me divorcié. Aparte de mis padres, en mi infancia y gran parte de mi adultez, existió mi abuela materna a la que adoraba: una mujer sola y muy independiente. Siempre hizo lo que ella deseaba y nunca aceptó que decidieran por ella. Muy joven se caso con mi abuelo, un hombre maravilloso al que nunca conocí, pero lo admiro mucho.
¿Qué hizo mi abuela para conquistar a un hombre así? Mi abuelo Víctor era odontólogo, graduado en una prestigiosa universidad, orfebre, hacía tallas, pintaba muy bien y, además, escribía. Decir su nombre, era recoger un canasto de elogios y regresar a casa alborozada porque el recuerdo de mi abuelo perduró en el tiempo.

Cuando mi abuelo muere muy joven, mi abuela queda sola con sus tres pequeños hijos. Con el apoyo de mi bisabuela -su madre- saca adelante a los niños. Vivían en una casa hermosa con pisos de madera y caballerizas. Era la casa de mis bisabuelos. Con el correr del tiempo, mi abuela se independizó y nunca observé que se sintiera mal en su mundo de mujer sola. Vendió el consultorio de mi abuelo y casi todas las joyas que él le había obsequiado a ella y a sus pequeñas hijas. La economía familiar no andaba bien y con esa venta se apañó. Contó con mucho apoyo familiar, tanto de su familia como de la de mi abuelo.

Cuando una ha visto ese modelo de mujer, lo primero que se plantea -al menos yo- es el tener pareja por tenerla, como por cumplir un requisito social, innecesario -para mí- si es por ese motivo. En una pareja la valoración que le doy al intelecto es fundamental. Ahí viene el ejemplo de mi abuela: tuvo un solo marido, pero no tuvo cualquier marido. Eso me lleva, de alguna manera, a estar sola hasta encontrar a alguien a quien yo admire. Soy de las que necesita admirar y ser admirada, no en lo físico sino en la filigrana de una relación, en la personalidad y en lo que concierne al intelecto. Así es que me llega el amor.

Recuerdo cómo se le imponía mi abuela a mi padre cuando él le sugería vender una hacienda que su padre le regaló. Mi abuela nunca iba a esa hacienda y un hombre le rendía unas cuentas nada claras a las que ella no les daba importancia. La verdadera importancia radicaba en el obsequio de su padre que bien pudo haberle dado un puñado de tierra, dentro de un pequeño frasco, en lugar de unas hectáreas en un lugar frío y lejano parecido a la Galicia rural. Daba igual. A ella le importaba el gesto de su padre, no el valor monetario y por eso se negaba a vender esa hacienda.

Mi abuela me marcó un rumbo de mujer sola del que me resulta muy difícil escapar. Ella demostró que las mujeres pueden ser libres. Nunca se quito el luto que era obligatorio en su época. A lo más que llegaba era a usar trajes en blanco y negro o tonos grises. Quizá tanto amó a mi abuelo que el amor se le extinguió cuando él se fue. Era muy joven y linda cuando enviudó. Nunca hablamos del noviazgo y matrimonio entre ellos dos. Lo evadía con una sonrisa. ¡Qué pena! Tanto, tanto me le parezco, lo sé.

Carmen Guédez
E-mail:
tintaindeleble@gmail.com
Link de mi blog: http://tintaindeleble.blogspot.com

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