martes, 8 de julio de 2008

CASI ME ASFIXIO

Al doctor Alejandro García Maldonado

Hoy me reclamaba el doctor Alejandro García Maldonado el hecho de que estoy escribiendo poco. Le agradecí tanto ese reclamo porque mi vida depende de mis textos: ese es mi oxígeno. Con otras palabras, lo mismo me decía el doctor José Luís Vethencourt y con toda razón porque nadie me conoció más que él. Sabía todo de mí. ¡Cuánto lo añoro!
Cuando escribí sobre los inmigrantes lancé al ciberespacio mi tristeza, esa que no escondo y no me avergüenza, pero luego de hacerlo me atrincheré en un lugar donde reuní las fotos de todos mis seres queridos y, a mi manera, intenté olvidar lo inolvidable. La palabra exacta no es olvidar : es algo así como intentar crear fantasías con retazos de recuerdos, y confieso que no logré nada. Mis sueños fueron pesadillas que duraron una semana entera. Nadie se percató de que yo no estaba bien. No lo demuestro con gestos ni en conversaciones telefónicas. Sólo lo expreso con palabras escritas. Fue justo la semana en la que fue rescatada Ingrid Bethancourt y, al verla, pensé: "Del infierno sí se regresa, siempre que haya voluntad". Ella me transmitió algo de valor y de esperanza.
En esos días -que fueron horribles- recibí un hermoso e-mail de mi querido amigo Pablo Rodríguez Burón (Leo Mares), un escritor de Valladolid de quien me siento muy orgullosa por sus dos libros publicados este año y la novela que debe entregar el año que viene. Pablo -que sabía de mi tristeza- me escribió un largo e-mail donde me dice -entre otras cosas- lo siguiente:
Quédate con una de las frases que tú misma has escrito: Me queda mucho por escribir”. Ante eso no hay tristeza que valga. No todo el mundo tiene mucho que escribir, que vivir, que recordar, que imaginar. Nosotros tenemos esa suerte, queremos contarnos por escrito, queremos escribir, lo necesitamos, nos ayuda. Disfrutemos de eso, mi Bella. La tristeza, tú misma lo dices, pasará. Prepárate para vivir ese momento, y en menos de que te des cuenta, ya habrá llegado”
Cierto lo que dice Pablo: no todo el mundo tiene cosas que escribir o cosas que denunciar y la denuncia forma parte de ese oxígeno que me permite respirar. Y por contar, son muchas las historias engavetadas -o sin terminar- que me obligan a vivir para escribirlas. Un día, mi hija mayor me pidió que le contara la historia de mi familia. Comencé a escribirla en un cuaderno y ahí quedó, con posibilidades de ser rescatada, pero -como dice Pablo- queremos contarnos por escrito, y yo añado: contarnos sin censura, con nuestras alegrías y tristezas, con nuestros amores y desamores. En mi caso, con los ausentes: mis padres, mis hijas y mi inolvidable y bello alemán; ese que se perdió en su mar, pero nunca en mi corazón.
Contarme por escrito es decir mis verdades, mis aspectos más íntimos, aquello que me mantiene aunque no me guste ingerirlo, todos los alimento que hoy rechazo, el trabajo de siempre -inalterable y perfecto como si nada malo me estuviera pasando- y sigo así porque hay una meta que es el reencuentro; lo mucho que tengo que escribir; la ayuda que le debo a Juan José Cortés, el padre de Mari Luz Cortés; el seguimiento al asesino de Svetlana Orlova y al verdugo de Yoli y el intentar saber qué fue del hijo de Svetlana luego de su orfandad. Y mis hijas: mis dos soles de España.
Gracias, doctor García Maldonado, por preocuparse porque me estaba faltando oxígeno. Veo que él sigue este blog de confesiones tan personales, pero -como le he dicho y creo que a él le asombra- no cuido mi imagen porque no tengo nada que arriesgar. Me muestro tal y como me siento porque los tiempos del pudor, para hablar de mi vida, pasaron. Hoy soy lo que él bien sabe: una solitaria con un ordenador y miles de recuerdos para volcarlos en él. No me niego a un cambio de vida, pero llega lo que tiene que llegar y a su debido tiempo. O no llega nunca y seguiré con mis textos en un asilo de ancianas. Así me veo en el futuro y no es una imagen que me molesta o me da miedo: en una habitación pequeña con muchos libros, un ordenador y mucha paz. No me veo bordando ni haciendo ganchillo. A lo mejor, en mi ancianidad, escriba para niños cuentos tiernos de esos que comienzan: "Había una vez..."
Miedo me da no poder escribir o perder mi lucidez y mi capacidad de reacción ante lo que sea: preguntas o hechos, algo en lo que nunca he fallado. La mejor prueba fue mi enfermedad en España y mi ingreso absolutamente sola a un centro de salud.
Mi afecto y agradecimiento al doctor Alejandro García Maldonado por percatarse de que yo agonizaba y nadie se daba cuenta. Su comentario me hizo reaccionar, de lo contrario me hubiera asfixiado y, con la asfixia, viene la muerte, algo muy lógico.
No lo voy a defraudar. Seguiré luchando porque no he derramado toda la tinta que corre por mis venas.
Perdón a los que me enviaron e-mails y no les respondí. No podía. No obstante, a todos los quiero mucho y les agradezco la solidaridad a los que han entendido lo mucho que me afectó separarme de mis hijas queridas; pero todo lo que sea por su bien, es poco.
Mi vida misteriosa no es más que una coraza y mucho miedo. Demasiado miedo con razones muy justificadas luego de una hermosa historia.

Carmen Guédez
tintaindeleble@gmail.com

3 comentarios:

LEO MARES dijo...

Eso es, ¡a escribir!
un abrazo muy fuerte

Ricardo Baez dijo...

"Hoy soy lo que él bien sabe: una solitaria con un ordenador y miles de recuerdos para volcarlos en él"

Eso es una definicion estupenda, muy densa, llena de sencillez, candor y humildad pero de grandeza se ser humano que vive, siente produndo, y se preocupa.

Carmen, no necesitas Prozac, solo escrbe, escribe y escribe!

Un abrazo

Ricardo

Persio dijo...

Celebro tu recuperación, Carmen.

A partir de ahora, mucha escritura, sí, pero también mucha vida. Mucho que nos pegue el aire del mundo exterior; el del otro lado del Atlántico incluido ;)

Un fuerte abrazo