martes, 22 de abril de 2008

LOS SUICIDAS NO DEJAN CARTAS


Siempre me han sorprendido las cartas que, la mayoría de las personas que se suicidan, escriben para sus familiares o amigos. Supongo que lo hacen porque es una costumbre y muy pocos se atreven a romper con ese ritual epistolar, aun en el último momento de su vida.
Es una costumbre un tanto absurda, y hasta rara, porque lo que antecede al momento del suicidio es una agonía larga o corta, pero muy dolorosa como para que el moribundo que moralmente agoniza -casi siempre con mucho sufrimiento- se dedique a escribir cartas de despedida mientras su pensamiento está en otro lado y en las etapas de su vida: pasado, presente y un incierto futuro a punto de expirar. Es un torbellino de sensaciones punzantes lo que percibe esa persona antes de consumar su plan.
Son pocas las personas que no planifican el suicidio. Ese tipo de suicida rara vez deja una nota. En ellos, la idea del suicidio surge de un momento a otro y por causas inesperadas y, de hecho, sorpresivas. En estos casos, la sorpresa de algo que no se esperaba, los transforma de tal manera que ni cuenta se dan de lo que hacen y, si llegan a darse cuenta, actúan con mucha naturalidad y sin deseos de crear estados de culpa en los familiares, parejas o amigos. Actúan como autómatas y son los suicidas que mueren más felices porque no pasan por el periodo agonizante y ni llegan a saber qué fue lo que los llevó a decidir repentinamente su propia muerte.
NO y NO: el suicida no tiene motivos que lo obliguen a despedirse de nadie y, mucho menos, dar explicaciones o pedir disculpas. Se suicida desencantado de casi todo el mundo y las excepciones con las personas que quiere -y aprecia- son pocas.
Se nace sin querer -sin rellenar un formulario pidiendo el derecho de nacer- y son nuestros padres quienes deciden nuestro nacimiento, pero es un derecho -absoluto y totalmente respetable- de cada ser humano, morir cuando lo desee y en la forma que lo decida. También es derecho del suicida que su muerte no sea participada a nadie y quede como una desaparición misteriosa porque, quien escoje morir voluntariamente, no siente ninguna necesidad de que su muerte sea lamentada o celebrada.
El entierro es para el que cree en eso. Los tanatorios y los cementerios son un negocio con el que no estoy de acuerdo. Que se encargue la morque de botar los cadáveres.
NO y NO: los suicidas no están obligados a escribir cartas de despedida porque son unos decepcionados de todo -y de todos o casi todos- y no por eso son más infelices que los que no se suicidan. El suicidio no es una cobardía y sí un acto de valentía, virtud que pocos tienen. El suicida es una persona que sabe elegir, incluso su muerte. Los demás ni saben lo que quieren y tienen miedo a la vida y a la muerte.
¿Acaso es bella la vida? Quien crea en eso debe ser porque siempre está inmerso en un mar de fantasías. La felicidad es tan efímera y, aun temiéndole a la muerte, ésta es inevitable y dolorosa, mientras hoy los partidarios del suicidio -entre los que me cuento- hacen que la muerte sea más rápida y plácida. Es acostarse a dormir sin sufrir... y no despertar nunca más.
Este tema abunda en Internet y hasta se encuentran las formas para una muerte sin dolor.
¡Por fin el suicidio deja de ser un estúpido tabú! Es poco aún lo que se ha logrado, pero para lo que había, es un avance. Les puede sonar duro este post, pero esa es la filosofía de la muerte y del buen morir.


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