miércoles, 13 de febrero de 2008

LAS EXPERIENCIAS QUE NUNCA SE OLVIDAN Y MARCAN NUESTRAS VIDAS

No todos retienen los recuerdos. Hay gente que olvida las vivencias que, en un momento determinado, le han causado dolor. Para unos es como una huída y, para otros, no sé qué es.
No es mi caso olvidar: los recuerdos me marcan y se quedan conmigo. Están en mis sueños y con facilidad conozco su significado. Quienes nos hemos analizado en psicoterapias donde los sueños son importantes, reconocemos perfectamente el significado de lo que soñamos y veneramos a Freud por ese aporte.
Una experiencia que me marcó definitivamente fue la obstrucción intestinal que sufrí en octubre del 2005 y que cambió mi estómago y mi vida para siempre. Los 26 días que pasé en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela-España, reviven diariamente en mí -no puedo evitarlo- y me acostumbré a vivir con eso y no me molesta porque es imposible olvidar una experiencia de esa magnitud, aderezada con tantas cosas y tantas emociones.
Quedan los recuerdos de esos días, es cierto, pero también aprendí muchas cosas buenas de todo aquello. Ha pasado el tiempo y, fuera de las molestias físicas que quedaron debido a ese episodio, el resto de mi salud ha estado bien y cambié mi estilo de vida por uno más solitario, pero de más provecho, porque vivir es un instante que se confirma con la certeza de que las enfermedades llegan violentamente y nos transforman y, es ese cambio, el que debe hacer que le otorguemos más valor al tiempo porque lo sabemos más efímero que nunca.
Voy al gimnasio, no por estética, sino para sentirme viva y algo relajada, pero sobre todo porque siento la vida en cada esfuerzo que hago en el gym. Para comparar cuando en el hospital compostelano no tenía fuerza para sujetar una gasa para mojar mis labios o no podía caminar sola y hoy tengo fuerza suficiente para trabajar mi cuerpo con una máquina o unas pesas. ¡Qué agradable es! ¡Qué vital! Si alguien me hubiera hablado de un gimnasio desde ese punto de vista, hace años que estaría yendo. Hoy no puedo vivir sin él.
El pasado domingo estaba muy bien. Tuve un buen día junto a gente encantadora y en la noche estuve conversando hasta la madrugada con un buen amigo de Salamanca. Era ya muy tarde cuando dejamos de charlar.
Antes de acostarme fui a orinar y sentí un dolor extraño y desconocido. Pretendí no darle importancia y me fui a dormir. Un rato después, un dolor en el área donde están los riñones me despertó. Sé muy bien que los dolores que despiertan a una persona son delicados. Estaba muy cansada y seguí durmiendo.
Al amanecer, mi hija salió muy temprano y por el cansancio no sentí cuando se marchó. Muy pronto desperté y el dolor era muy fuerte y una sensación de debilidad y mucho malestar me invadía. Era algo que nunca había sentido. Justo la renta de mi móvil prepago se había vencido el día anterior y me tocaba colocar nuevas tarjetas que no había comprado. ¡Qué malo es postergar! Mi móvil estaba muerto y me sentí tan incomunicada como estuve en el hospital de Santiago de Compostela durante unas horas que fueron casi un día.
Mi única familia cercana en espacio físico es mi hija menor y, al no poder comunicarme con ella, no atiné a pensar en quién me podía ayudar. Debí acordarme de mi amiga Mari Pili que es tan solidaria y vive en el edificio donde yo vivo, pero con la angustia olvidé su número de teléfono. Por primera vez a mi móvil lo sentía como mi salvación.
Como pude, me levanté y salí a comprar las tarjetas para que funcionara el móvil.
Transcurrieron las horas y me fui sintiendo peor. Olvidé que mi compañía de seguros me da asistencia médica en la casa y no los llamé.
En la tarde acudí a la consulta con mi psiquiatra a pesar de que hubo momentos en que el dolor no me dejaba ni hablar, pero ese hombre encantador me da paz y la necesitaba. Me sugirió que me viera mi médico y eso hice.
“Posiblemente hay arenilla (supongo que en el riñón) sumado a un abdomen distendido”. Eso dijo mi médico. Lo del abdomen distendido lo sé ya sin que me lo diga el médico porque quedó después de la operación por la obstrucción y cualquier hecho emotivo lo exacerba y ese lunes yo estaba angustiada por el malestar. El abdomen distendido es una sensación muy desagradable que me avisa que el intestino no está funcionando bien y, sabiendo lo que eso significa, es para aterrarse.
Qué cosas que el no tener el móvil en ese momento hizo que me sintiera atrapada y me causó pánico. El día anterior debí comprar las tarjetas y cumplir con aquello de “No dejar para mañana lo que puedas hacer hoy”. Esa es la mejor enseñanza que nos dan las enfermedades.
Me acosté sana y el lunes amanecí muy mal. Mejoré rápido con la medicación, pero mi hija mayor -que es médico en A Coruña- quiere que un urólogo me vea porque ella opina que hay que hacer más estudios y que sólo con esos medicamentos -puestos para salir de la emergencia- no me voy a curar. Haré lo que ella diga. Ahora no tengo dolor y no existe en mi historia médica enfermedades urológicas, pero sí en la de mis padres ya muertos y en una de mis hermanas.
¡Qué ingenuos son aquellos que creen que las enfermedades nunca los tocarán! Unas dan síntomas previos, pero las que se presentan de repente son las que dejan marcas imborrables y enseñanzas magníficas porque nos demuestran lo vulnerables que somos y el poco valor de lo material y de la prepotencia. Ante el deterioro de la salud, lo demás no vale nada.
En fin, a pesar de todo, me alegra ser humana y nada más humano que el dolor físico, tan humano como el dolor moral y las lágrimas que limpian el alma de pesares.
Aprendí que la vida es un minuto que, junto a lo bueno y lo malo, hay que aprovechar. Con nostalgia me he dado cuenta de que poca gente aprende de estas experiencias dolorosas y es una pena porque vivir sin aprender es un desperdicio imperdonable. Por eso sé que estas reflexiones no le interesan a todo el mundo, pero nunca me cansaré de repetirlas porque nadie mejor que yo para saber el bienestar que me han brindado.
Me sentiré feliz si llegan a los seres más sencillos, a los que valoran el aire que respiran más que al materialismo que carcome a la mayoría de los hombres de un planeta que es una incógnita en cuanto a eternidad y calidad.
Llegará un día en que el dinero, oro o petróleo no valgan nada y se hagan colas para intentar adquirir lo que una vez se obtuvo con facilidad y, entonces, sucederá lo mismo que en aquella película titulada en español "Cuando el destino nos alcance" que de ficción pasó a ser -en parte- realidad, al igual que "Las bicicletas son para el verano", la obra de teatro de Fernando Fernán Gómez, cuyo mensaje me hizo presentir -allá por los años 80, en Madrid- que en otros países habría guerra y escasez, y así fue.
La mala salud -aunque no sea nada grave- me vuelve melancólica y me lleva a profundizar sobre los temás de los que huye la mayoría de la gente y que a mí tanto me gustan a pesar de mi enorme sentido del humor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Carmen: quizás nadie te comprende mejor que yo, pues viví una experiencia similar después de una operación fallida de columna que me dejó paralizado de la cintura para abajo. Yo también pasé períodos depresivos pero luego me recuperé y empecé a escribir en revistas y diarios, para sentirme útil otra vez. Lamento la escasa solidadridad de los supuestos "amigos" que tenía antes, y que ahora se perdieron, sin ni siquiera una visita o llamada ocasional. Así que tuve que aprender a vivir én una creciente soledad, contando solo con la presencia de familiares.
Mis libros me dieron mucho apoyo, lo mismo que la televisión por cable y el fabulsoso internet, que me permitieron hacer amigos en muchas partes del mundo. A pesar de que casi no salgo, estoy reconciliado con el mundo y solo espero que mis hijos y nietos vivan en un país sin las tensiones políticas que ahora experimenta, que indican una notable ausencia de valores eticos en casi todos los sectores de la sociedad, espcialmente los políticos y militares.
Roberto Palbumitesta

Pablo Santiago dijo...

Estimada Carmen: Ánimo. Claro que la vida es un minuto, y 20 segundos la pasamos durmiendo. Quizás ese día en que el dinero, oro o petróleo no valgan nada nunca lo veamos, pero sin utopías no se puede vivir. O, al menos, sobrellevar la vida. Muchos besos.

Anónimo dijo...

Carmen querida, lo mejor que puedes hacer es seguir las orientaciones de Rossana y hacerte ver por un Urólogo para más pruebas. Que importante es hacernos conscientes de lo vulnerable que somos a las enfermedades del cuerpo, verdad? La mayor enseñanza: Valorar cada momento de salud que tenemos, la fuerza, la voluntad y la capacidad de valernos por nosotros mismos. Lo peor que podemos hacer: tomar la salud como algo garantizado...
Bendito sea cada día en que nos sentimos bien!
Con todo mi cariño,
Liliana
PS: Más tarde te llamo... Estoy a tu lado siempre, OK? No lo olvides!