viernes, 24 de agosto de 2007

SOS: SE SOLICITA DIAGNÓSTICO PARA UN PACIENTE

El pasado martes 07-08-07, mi sobrino V.H. -de 26 años cumplidos el pasado julio- ingresó en la clínica Santa Sofía, un centro de salud privado de Caracas. Ahí permaneció unas horas en urgencias. Presentaba temblores en el cuerpo, fiebre, debilidad extrema y no podía orinar. Inexplicablemente no lo dejaron hospitalizado y lo enviaron a su casa.
Al día siguiente -miércoles 08-08-08- la situación continuó igual y sus padres lo llevaron al Centro Médico ubicado en San Bernardino, una clínica privada muy conocida desde hace muchos años en Caracas. Como cualquier paciente, ingresa por urgencias. En un país donde los centros de salud funcionen bien, lo hospitalizan enseguida. En su caso lo dejan en urgencias porque no había habitación disponible.
Tres días -con dos noches- permaneció en una camilla que se encontraba en un pequeño cubículo al lado de otros pacientes que también esperaban por habitación. Horrorizada pude ver que la medicina privada tampoco funciona en Venezuela. Mi referencia más cercana es el
Hospital Clínico Universitario, que forma parte del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela-España, donde sí hay habitaciones y donde la estadía en urgencias sólo es por unas horas, las necesarias mientras practican exámenes para luego hospitalizar al paciente que luego pasa a una habitación mejor acondicionada que la de cualquier clínica privada de Caracas donde, por cierto, es muy costosa la salud privada. 26 días recluida en ese centro hospitalario de Galicia me permiten hablar con toda propiedad y una hija médico que ejerce en A Coruña confirman lo que expreso en materia de centros de salud españoles, así como lo que pienso de médicos y enfermeras de esa región de España.
Supongo que el caos hospitalario de Venezuela debe consternar a los médicos venezolanos que no estaban acostumbrados a trabajar en esas condiciones en clínicas privadas. Si la medicina privada en Venezuela está así, no quiero ni pensar lo que es la salud pública donde no hay insumos ni equipos, sólo personal humano -casi siempre muy eficiente- que no puede hacer nada ante tantas carencias para atender a un enfermo. Es posible que esta vivencia que he tenido no esté en estadísticas donde la salud en Venezuela se muestra como excelente cuando ya ni la privada funciona.
Mi hermano es chavista y lo es mi sobrino y mi ex cuñada, su madre. Ellos, pacientemente esperaron a que les fuera asignada una habitación. No plantearon llevarlo a otra parte pues el caos en la salud privada caraqueña era, para esos días, igual en varias clínicas y lo es peor en los hospitales públicos. La medicina cubana -la del socialismo del siglo XXI- nunca fue mencionada en esos momentos por mi hermano, por su ex esposa o por mi sobrino, como no la mencionan ahora que todavía no hay diagnostico y la situación de salud de mi sobrino no se ha resuelto. Prefieren -aunque no lo digan- confiar en los médicos venezolanos. No es la primera vez que mi familia afecta al chavismo actúa de esa manera ante un hecho que tenga que ver con la salud de un ser querido.
Dos médicos atendieron el caso: un urólogo como médico principal y un internista especializado en enfermedades infecciosas. Al principio sospecharon de un virus, una bacteria o una prostatitis. No obstante, el examen urológico no arrojó nada.
El jueves 09-08-07 lo visité por primera vez. Ese día fue cuando escuché a los médicos decir que no había problema urológico. Cuando salieron del estrecho cubículo me acerqué a los dos -muy amables, por cierto- para decirles que buscaran la opinión de un neurólogo. Ya estaba yo asesorada por mi amigo Federico Gómez Sandoval, excelente urólogo que ha practicado más de 400 trasplantes de riñón. Además, mi ex esposo tiene esclerosis múltiple y, por lo tanto, sabía que muchos trastornos, aparentemente urológicos, son en realidad trastornos neurológicos.
El neurólogo acude ese mismo jueves 09-08-07 en horas de la noche. A pesar de tratarse de un paciente recluido en una clínica privada donde se puede realizar una resonancia magnética a cualquier hora, posterga esos estudios para el día siguiente. Tengo entendido que en cuestiones neurológicas se necesita ganar tiempo. Claro, no era su hijo el chico enfermo, tampoco era un familiar o un conocido, sólo era un paciente más y eso carece de importancia. Tampoco estaba este hombre para trasnochos.
Ante lo delicado de la situación, propongo que Federico Gómez acuda a esa clínica para que trate directamente con los médicos. Mi gran amistad con Federico me permite hacerle esa petición. Mi hermano no acepta ante un respeto exagerado a los médicos tratantes que yo no entiendo porque en situaciones como esa se requiere de un familiar o de un amigo médico que establezca contacto con los colegas tratantes para cuidar las espaldas del paciente porque para mí primero está el enfermo y luego los médicos. Como familiar tengo derecho a acudir a mi médico de confianza y no tener una actitud pasiva que raya en lo sumiso.
El internista y el urólogo deciden dar antibiótico creo que desde el día del ingreso. No sé bajo qué criterio lo hicieron puesto que no había diagnóstico. Pienso que poner antibióticos a ciegas fue como tirar dardos con una venda puesta a ver si dan en el blanco. Si resulta, perfecto y si no resulta, da igual. Pase lo que pase es un paciente con seguro y cada visita médica significa miles de bolívares para los médicos.
Le practicaron todo tipo de exámenes, aclaratoria válida ante cualquier injusticia de mi parte.
El neurólogo realizó resonancia de cerebro y médula. Ambas normales. Después de eso, no hizo nada más. No entendí su actitud, mucho menos la apruebo. ¡Cómo me gustaría dar su nombre! Si no lo doy no es por miedo, es por respeto a mi hermano que no es un hombre de denuncias como lo soy yo.
El viernes 10-08-07, ya casi anocheciendo, V.H. es enviado a una habitación donde permaneció hasta el jueves 16-08-07 cuando lo dieron de alta. No olviden que ingresó el miércoles 08-08-07 y que el día anterior -martes 07-08-07- ya había estado en otra clínica.
Mientras estaba hospitalizado, el cuadro clínico comenzó a remitir. La fiebre fue cediendo -duró muchos días- y el temblor del cuerpo también. La debilidad que sentía demoró en ceder. V.H. es un chico alto y fuerte y no podía dar un paso solo. Para caminar un poco tenía que hacerlo apoyado en otra persona.
Me llamó la atención que las enfermeras no ayudaban a movilizarlo. Tampoco lo llevaban a darse una ducha. En España, el baño diario de los pacientes, es obligatorio en los centros hospitalarios. En el Centro Médico, unn leve aseo era todo lo que le hacían. Por cierto que eran insólitas estas enfermeras que estaban en el piso donde permanecía V.H.
“¿Dónde está el BETADINE?”, preguntaban a los familiares cuando ellas están en la obligación de saber dónde está todo lo que el paciente requiere. Juro que añoré a las enfermeras gallegas, torturadoras de oficio como las llamé, pero muy preparadas y conocedoras de su profesión, amén de una buena presencia que estas enfermeras no tenían.
Los días pasaban y V.H. sin orinar. De manos atadas veía como el neurólogo no hacía nada más y los médicos tratantes tampoco hacían mucho, o no podían. El caso debió pasar a un nuevo neurólogo y eso no ocurrió. La hospitalización se prolongó más de lo debido ya que en su casa le hacen lo mismo que le hacían en la clínica, pero esta falta de honestidad es muy común en los centros de salud privados de Venezuela.
Mi amigo Federico Gómez, en una conversación telefónica que sostuvo conmigo, recomendó que practicaran una cistometría y una prueba de sensibilidad (electro miografía). Le transmití esto a la hermana de mi ex cuñada para que ella se lo dijera al urólogo tratante ya que yo no estaba permanentemente en la clínica. No entiendo por qué el urólogo tratante no sugirió estos dos estudios, pero aceptó la sugerencia de Federico Gómez.
Días atrás les había dicho a mi hermano y a mi ex cuñada que pidieran la opinión de Rafael Lander, un médico muy antipático, pero excelente neurólogo. No me hicieron caso.
Según Federico Gómez y mi hija, los estudios neurológicos no han concluido, al menos hasta el momento de escribir este post. Una punción lumbar no es descartable en un paciente que no puede orinar y que no tiene problemas urológicos. Puede ser dolorosa, pero a lo mejor es la vía para encontrar una respuesta a tantas interrogantes.
El jueves 16-08-07 hacen la cistometría y la electro miografía. Les aclaré a los padres de V. H. que estos estudios no dirían las razones por las que V.H. no puede orinar. La cistometría y la electro miografía arrojan una información importante, pero tampoco ayudan a la cura en un caso como el de V.H. Entiendo que las expectativas de los padres y el paciente son otras. El resultado fue: disinergia vesico esfinteriana. Es decir, la vejiga se contrae bien, pero el esfínter no se abre completamente. Este estudio lo practicaron los asistentes de un discípulo de Federico Gómez quien le pidió el favor de que atendiera el caso de mi sobrino. Con este médico ya son dos los urólogos que lo ven en la misma clínica donde estaba hospitalizado. Federico trabaja en otra clínica.
Inmediatamente después de practicar esos estudios le dan de alta al paciente con la sonda puesta y con un medicamento que no le había administrado el urólogo que llevaba el caso. El médico -alumno de mi amigo Federico- administra un medicamento para relajar el esfínter y en estos momentos estamos a la espera del resultado de ese medicamento.
Estoy muy clara que el no orinar -en este caso- es la consecuencia de una enfermedad que está escondida. Me gusta estar clara cuando se trata de enfermedades. Los padres de V.H. lo han enfrentado de otra manera. Ellos quizá piensan que si V.H. orina se soluciona el problema y no se dan cuenta de qué hay que buscar la enfermedad que ha causado todo ese cuadro tan extraño. La incertidumbre es muy grande y genera mucha angustia en todos nosotros, más en V.H.
En el supuesto caso de que con ese medicamento se logre que orine, V.H. puede hacer en cualquier momento otra crisis que lo lleve de nuevo a no orinar o a tener otro síntoma. De ahí la necesidad de descubrir lo que sucede para intentar encontrar la cura definitiva.
Escribo este post horas antes de que retiren la sonda a ver qué pasa. Si orina habrá cierta tranquilidad, pero si no lo logra, no quiero ni pensar en la frustración que sentirá V.H y sus padres.
Mientras tanto, no hay diagnóstico. Tampoco mucho empeño en conseguirlo, al menos así lo percibo. Sé que este post será leído por médicos que estimo mucho y espero que alguno arroje una luz a este extraño caso. Saben Luis Enrique Palacios, Lisandro López Herrera y Rafael Muci-Mendoza -lectores y amigos- que estoy pensando en ellos y que no dudaré en escuchar su opinión y que vean a mi sobrino, siempre que él y sus padres lo permitan. Son tres brillantes médicos venezolanos de mi más entera confianza. Sé que hay más médicos que leerán este SOS. Ojalá emitan una opinión. Estoy consciente de lo difícil que es hacerlo sin ver al paciente ya que la clínica dice mucho.
Perdonen la falta de información más técnica, pero no soy médico.
Agradezco profundamente a Federico Gómez Sandoval el gran interés y el apoyo que, en la distancia, le ha brindado a V.H. a pesar de no conocerlo. Agradezco, también, a mi hija Rosalba que, como médico y conocedora de psiquiatría -especialidad que realizará- ha arropado a su primo hermano desde la distancia obligada, a través del hilo telefónico entre España y Caracas. Más importante ha sido la parte humana y afectiva que el hecho de que ella sea médico.
Agradezco a la gente que me ha brindado su apoyo ya que V.H. es uno de mis sobrinos más queridos y su caso me ha conmovido.
Si no coloco su nombre es porque no estoy autorizada para hacerlo. Incluso este post puede no gustar a mi hermano, ni a V.H. pero corro con las consecuencias porque es la única manera que tengo para intentar que otros médicos den con la enfermedad escondida tras ese complicado cuadro clínico que a mí me tiene muy angustiada. Al urólogo tratante le pedí que le hablara a los padres con claridad y que buscara la opinión del doctor Rafael Lander, pero al parecer hizo caso omiso a mi petición cuando lo correcto era dejar ese caso en manos de un neurólogo.
Espero que entiendan la buena fe que hay en la publicación de este post. En un mundo globalizado, las respuestas pueden llegar de donde menos pensamos. Y si no llegan, al menos lo intenté.

Carmen Guédez
tintaindeleble@gmail.com

miércoles, 8 de agosto de 2007

DOS VISIONES SOBRE VENEZUELA, Y HASTA TRES

No tengo ningún tipo de conocimiento profesional sobre política venezolana. Categóricamente afirmo no ser experta en la materia, aclaratoria necesaria para los extranjeros que escriben a mi correo pidiendo mi opinión “técnica” sobre lo que ocurre en Venezuela.
Las opiniones que, varias veces, he expuesto en este blog son producto de experiencias vividas y de lo que he podido ver con mis propios ojos, no de lo que me contaron, o de lo que leí, o de lo aprendido en aulas, o de influencias recibidas, mucho menos son producto de unos pocos días de turismo en Venezuela. Aclaro esto porque veo que hay dos Venezuelas que nacen de experiencias muy diferentes:
1- La Venezuela real, que es la que viven -día a día- los venezolanos que residen en Venezuela, sin tomar en cuenta posición política, económica o religiosa.
2- La Venezuela de las estadísticas y los vídeos. Ésta se consigue fácilmente por Internet.

Hay una tercera opción, digna de ser comentada:
3- La Venezuela turística, que es la de aquellas personas extranjeras que, en lo que dura un viaje de turismo, captan “todo” lo que sucede y, al regresar a sus respectivos países, les narran a sus compatriotas la “verdadera realidad” de lo que ocurre en la Venezuela chavista o antichavista, dependiendo de sus preferencias políticas. Esa es una Venezuela muy particular, a la carta diría yo, así como cuando vas al restaurant a pedir lo que se te antoje.
No tienen mis opiniones ningún rigor académico. Mis sentimientos no se ordenan con ese rigor, ¿será por eso que no soy política? Mis emociones se disparan -palabra que, por irracional, deben detestar los que se apoyan en las estadísticas y me cuestionan- y las vierto en estos textos que suelen ser más largos de lo debido, tan largos como esos pensamientos que no me abandonan ni de día ni de noche.
No acepto descalificaciones a lo que expreso cuando sigo fielmente a mis sentimientos porque ellos son el termómetro de una realidad que me duele y me preocupa. Me importa poco que por esta actitud me acusen de arrogante, calificativo que muchos usan y al que me he acostumbrado. Algunos son más condescendientes, casi caritativos: “Tienes buenos sentimientos y buenas intenciones, pero te niegas a ver la realidad”. Cuál realidad, ¿la que cuenta y muestra Chávez, la que está en estadísticas y vídeos manipulados por chavistas u opositores, o la de la calle, esa que nos escupe en la cara y nos muestra a la Venezuela real?
Alguna luz arrojan mis escritos para que sean tomados en cuenta por quienes no piensan igual que yo. Por eso no dejo de escribir, a riesgo de no ser tan ordenada en mis ideas y en mis críticas, a riesgo de seguir viendo la realidad como la veo desde hace muchos años -antes de saber que Chávez existía- con un gran pesimismo y pocas esperanzas para mi país. Sin embargo, mientras estos textos toquen la fibra de un sólo lector es porque no estoy tan equivocada en mis apreciaciones. Al menos no finjo y eso ya es algo en un mundo de mentiras.
Según mis últimas experiencias con gente que no nació ni vive en Venezuela, lo último -lo in- es ser chavista y vivir a Venezuela desde la distancia, muchos -la mayoría- ni han estado en Venezuela. Esta gente desprecia las vivencias de quienes habitan en el país o de los que ya no viven en Venezuela, pero todavía tienen familiares y amigos y, por lo tanto, mantienen un estrecho lazo con esa tierra que a ellos sí les duele. Son personas que han vivido bajo el gobierno de Chávez por mucho más tiempo que un turista. Esa es la gente que ha tenido experiencias indudablemente más creíbles que las estadísticas y vídeos porque conocen a Chávez desde el golpe del 04 de febrero de 1992. Esa gente puede ser chavista o no, pero son reales, no fríos números nada confiables.
Mi testimonio puede ser todo lo emotivo que quieran, pero nadie puede dudar que he vivido la realidad venezolana desde cerca y durante años, no días. No hablo de una Venezuela que debe ser muy diferente si se visualiza mientras se viaja en el lujoso avión que usa Chávez o si se está dentro del Palacio de Miraflores. De esa Venezuela, de esa gente que vive cerca del mandatario no puedo hablar porque nunca he estado en esos círculos de poder. No estoy mentalizada para ver tanto lujo y aceptarlo. No puedo.
Cierto que tengo amigos y familiares que ocupan -o han ocupado- altos cargos en el gobierno de Chávez y mantengo intacta mis relaciones familiares o de amistad con ellos, he sido vecina de un general chavista con quien me saludaba en el ascensor pues soy respetuosa de las posiciones políticas de los demás, me encontraba en ese ascensor a la esposa e hijos de este general y nunca tuve problemas para dirigirles la palabra, conocí a uno de los embajadores argentinos pro Chávez y tuve excelentes relaciones con él. Por lo tanto, si quisiera acercarme al alto chavismo, podría hacerlo y escalar hasta donde quisiera. Mi falta de timidez me ha permitido lograr lo que me propongo y entre lo que me propongo está mantener mi postura antichavista a menos que Chávez haga algo por mi país. Si hay un cambio, cambiaré yo también. De lo contrario estaré en el lado opuesto, y no por falta de oportunidades, o de alguien que me ayude a escalar hasta las mieles del poder que para nada me hacen falta. Prefiero seguir en mi ermita rodeada de cosas más sublimes.
Ante una escalada ruin, tengo cosas más importantes de que preocuparme: amigos pasando por muy malos momentos económicos, gente cuyo futuro me preocupa porque no tienen ya dinero y no consiguen trabajo. Eran de clase media, nunca fueron políticos, pero en el gobierno de Chávez han quedado desempleados o con trabajo muy esporádico que apenas les permite sobrevivir. Si ese es el socialismo del siglo XXI, ¡vaya retroceso!
Conocí a una mujer muy pobre que narra descarnadamente como en su cerro matan a la gente a las puertas de las chabolas donde viven y ellos pasan delante de sus cadáveres porque la morque demora en llegar pues temen subir a los cerros. Cuando salen de sus casas tapan, con mantas, la cara de los niños para que no vean a los muertos tirados en la calle. Su narración es tan fuerte que hay que armarse de mucho valor para seguir escuchándola. Esa es la vida en los humildes cerros caraqueños. Lo que más llama la atención es la tranquilidad con la cuenta los hechos: se acostumbran a vivir así. Si eso es el socialismo del siglo XXI, no es lo que quiero para los pobres de mi país.
Esas narraciones no están en las estadísticas porque éstas son muy frías para incluir esos hechos cargados de emociones. A esa mujer que me contó esa historia -una de las tantas que me han contado- no la busqué, a fuerza de vivir en Caracas me la tropecé. Dudo que en un viaje de turismo -o desde la comodidad del primer mundo- se les localice porque ellos no están en las puertas de los hoteles sino en sus lugares de trabajo, cuando lo tienen. Esos pobres que yo conozco no son los que muestra Chávez. Los que Chávez muestra son de utilería como todo escenario. Al fin y al cabo, “Aló presidente” ya es un show que dura cerca de ocho horas y, como todo show, tiene decorados y un público que sigue un guión. Juro que esto no lo digo despectivamente. Lo digo porque es la realidad de todo lo que se hace en la televisión.
Confieso estar muy preocupada por esas tres visiones de Venezuela. Si todos fuéramos sensatos y quisiéramos unir tantos pedazos de esta “porcelana rota” llamada Venezuela, nos sentaríamos a aclarar los puntos porque las tres visiones de un mismo país ya hablan de que algo está mal. Algo pasa para que Venezuela se perciba de forma tan diferente y alguien tiene que aclarar esta enorme confusión. Algún mensaje no se transmite correctamente y por eso se recibe de distintas maneras. De eso no tengo duda.
A mí que no me muestren estadísticas ni vídeos. Las cosas hay que verlas en sitio para aclararlas desde ahí. Tampoco acepto situaciones manipuladas por bandos encontrados: chavismo u oposición, o por extranjeros que son chavistas desde la comodidad del primer mundo mientras disfrutan de las tantas fiestas de esta temporada estival.
Quiero mostrar mis pruebas dentro de Venezuela y que ahí mismo me muestren las otras, las contrarias a las mías. Es un reto convencer o que me convenzan. Yo me arriesgo, pero dentro de territorio venezolano. Eso es lo justo. No pido más. Si aceptan, yo acepto.
Que no me hablen los chavistas -venezolanos o extranjeros- de los no sé cuántos años de puntofijismo. Tuve la muerte muy cerca de mí y no estoy para pasado ni futuro: quiero vivir al día con soluciones inmediatas. “Ya” es mi consigna y es la primera vez que la menciono. Bonito slogan para una campaña política que mi salud no resistiría y mi libertad mucho menos. Las excusas en el pasado no son admisibles en una Venezuela que, en el presente, recibe muchísimo dinero por concepto del petróleo.
¿Que Venezuela tuvo malos gobiernos? Eso lo sabemos todos los que no estamos ciegos y no hemos sido políticos, pero eso ya pasó y llegó la revolución chavista. Ahora a construir sin mirar atrás para hacer muy poco o no hacer nada, pero nunca lo suficiente. Ese ampararse en el pasado, cansa. Mientras se pierde tiempo con el debate del puntofijismo, las chabolas se derrumban con las lluvias y más gente queda en la calle. Mientras Chávez invierte casi ocho horas hablando por televisión, mucha gente -gravemente enferma- espera a las puertas de hospitales. Eso no está en estadísticas, tampoco en los vídeos, pero es así. A esa gente que requiere ayuda ya no se le puede decir que “muchos años de malos gobiernos llevaron a Venezuela a este desastre”. Esa gente votó por quien prometió eliminar ese caos del puntofijismo. ¡Qué cumpla! Que en Venezuela no existan niños en la calle, ni gente que escriba “adquerir” en lugar de “adquirir”. El analfabetismo no lleva a nada bueno, hay que combatirlo duramente. Es mejor hacer, lo que haya que hacer, ahora que hay dinero y no esperar a que no lo haya porque Venezuela puede pasar una época de vacas flacas. Todo es posible y sobre todo en un país donde la cultura es la del despilfarro generalizado a todos los niveles.
No se puede perder más tiempo, a menos que lo que se desee es poner a éste a favor de un grupo para seguir con algo que lleva a Venezuela por muy mal camino. Si es así, entonces no sirve el socialismo del siglo XXI y yo mantendré mi postura porque no hay estadística ni vídeo que me convenza ante una triste realidad que sí conozco. No me la contaron, la viví en la Venezuela real: la de carne, hueso y sentimientos.

Carmen Guédez
tintaindeleble@gmail.com