sábado, 29 de diciembre de 2007

SVETLANA ORLOVA Y CLARA ROJAS: SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS

Parece mentira que estas dos mujeres, que nacieron en lugares tan distantes, coincidan en tantos aspectos. Svetlana Orlova nació en Rusia y Clara Rojas en Colombia. Sin embargo, dos tragedias y dos niños crean varias semejanzas y sólo una marcada diferencia y, sin duda alguna, un encuentro de ellas dos en el infierno de sus vidas.

Características en común:
1- Ambas se dieron a conocer ante el mundo por la tragedia. Svetlana Orlova fue asesinada el pasado noviembre en España -en Alicante, exactamente- por su ex pareja, Ricardo Navarro, que no es el padre de Christian, su pequeño hijo, hoy huérfano de madre.
Clara Rojas fue secuestrada en Colombia por la gente a la cual pertenece el padre de su hijo: las FARC.
2- Dos verdugos hay en la vida de Svetlana Orlova y Clara Rojas.
3- De Svetlana y de Clara se han escrito ríos de tinta.
4- Svetlana y Clara tuvieron hijos varones de edades relativamente cercanas y menores de siete años, la llamada Edad de La Conciencia.
5- Del apellido paterno de ambos niños no se menciona absolutamente nada -que yo sepa- por lo que a Christian y a Emmanuel los llamamos por su nombre, a secas. En franco contraste, los nombres y apellidos de sus madres se mencionan hasta el hartazgo.
6- Christian es hijo de un hombre de dudosa vida que nunca respetó a Svetlana y, al parecer, también la golpeó. No convivió con ella después que nació Christian.
Emmanuel es hijo de un delincuente: un guerrillero de las FARC. Tampoco convivió con Clara luego de que naciera Emmanuel. Dicen que Marulanda lo castigó por su relación con una rehén, algo prohibido por las FARC.
7- La edad de ambos niños no se conoce con certeza. Todo son conjeturas. De Christian se ha dicho que tiene dos años, otros dicen que cinco. Con Emmanuel pasa -hasta ahora- lo mismo. En este caso, su madre, cuando sea rescatada, dirá la edad exacta. Se dice que Emmanuel tiene cuatro años. A la hora de publicar este post no han sido rescatados.

Sólo un aspecto las diferencia:
- El recuerdo de Svetlana quizás se diluya con el tiempo o al menos ya no existe la posibilidad del acoso mediático porque está muerta y Christian se convertirá en un niño olvidado, como pasa siempre. Lo que vendía, ya no está; por lo tanto, no hay morbo para un público sediento de tragedias ajenas. Posiblemente el día que la justicia saque de la cárcel a Ricardo Navarro -antes de tiempo, como es costumbre- volvamos a saber de Christian. Para entonces, será un adulto.
- Para su desgracia, Clara Rojas y Emmanuel, su hijo, van a ser perseguidos por los medios donde quiera que vayan. No hay rincón en el mundo donde puedan vivir en paz, al menos durante mucho tiempo. Puede que un eventual rescate de Ingrid Betancourt los opaque y les dé el respiro que tanto van a necesitar para intentar rehacer sus vidas.
Desde ya, Oliver Stone está en Colombia -contando con el apoyo de quienes nada saben de psicología- preparando un documental sobre el rescate de los tres rehenes que hará mucho daño a Clara Rojas, a su hijo y a la ex congresista Consuelo González de Perdomo, pero especialmente podría no beneficiar a Emmanuel. Cuando escriba el post sobre él, explicaré el porqué.
Stone partió de Venezuela para Colombia. Extraño e ilógico porque ese rescate no es una película de acción. El cine es una cosa. La realidad es otra, muy cruel como para forrarse con el dolor de otros que no son cercanos a nuestros afectos. Allá la conciencia de quien le permitió a este cineasta estar presente en una delicada operación donde no se percatan de que no sólo se juega con la vida de los secuestrados hoy por hoy, sino con su futuro si son liberados como todos esperamos.
No entiendo cómo el presidente Uribe aceptó la presencia de Oliver Stone, nada útil en este sonado y díficil caso cuyo rescate pudo haber tenido menos repercusión a nivel mundial como sucedió en el año 2002 cuando fue rescatado el piloto y empresario venezolano Richard Boulton y tantos otros que han sido secuestrados en Colombia o fuera de ella.
Hoy, pocos, fuera de Venezuela y Colombia, saben quién es Richard Boulton, para bien de él, de su hijo y de su esposa, la ex miss Venezuela Marena Bencomo. Ni siquiera nosotros, los venezolanos, tendríamos la capacidad de reconocer a Richard Boulton si pasara a nuestro lado.
Nada como el bajo perfil, sobre todo en países latinoamericanos. Lo aprendí de alguien que ha preferido sabiamente mantenerse al margen del afán protagónico a pesar de tener una cuantiosa fortuna y un gran éxito como empresario. Ni la ostentación ni los medios de comunicación lograron seducirlo, tampoco los saraos típicos de los que viven de ver y dejarse ver para alimentar un auto estima que raya en lo patológico.
Del secuestro de Boulton se supo porque era inevitable y no quiero decir con esto que no tuvo cobertura, pero jamás de esta magnitud. Se trata, además, de una familia muy conocida y adinerada.
En este rescate está un niño nacido en cautiverio, pero ni eso justifica tanto escándalo mediático. A ese niño había que preservarlo para hacerle más fácil la existencia de ahora en adelante, pero ya no hay marcha. Existe suficiente caldo de cultivo para que el documental de Oliver Stone sea muy visto y muy premiado porque las tragedias de otros -nunca las del señor Stone, ni las de los dueños de los grandes medios de comunicación y mucho menos las de los gobernantes- son bastante atractivas para ser llevadas al cine por razones de taquilla, que por algo es un negocio y pocas veces arte.
Me perderé ese celebre documental porque no tengo tele en mi casa -ni la quiero tener- y no iría al cine a pagar por ver esa genial obra con el pequeño Emmanuel encabezando el reparto, deslumbrado con esto que, equivocadamente, llamamos “civilización”.

Resulta increible que la tragedia -que tanto nos asusta- sea la que dio a conocer a estas dos mujeres de pieles tan distintas y de culturas diferentes. Sin su desgracia, estas dos mujeres no existirían en un mundo donde sólo el que aparece en un medio de comunicación -por las razones que sean- merece un reconocimiento porque vivimos en una sociedad que detesta el anonimato. Una sociedad donde muchas personas alimentan su ego de una manera absurda: haciéndose visibles, es decir, siendo reconocidos por el gran público, ese que hace feliz a la sociedad de consumo. El público que, sin ninguna conciencia, vive en un show y para un show, desestimando los verdaderos valores y regocijándose con aquellos que exponen públicamente sus miserias o sus logros para ser alguien en la vida en una carrera de inútil protagonismo que no los llevará a ningún lado que merezca la pena.
Cuando el rescate de Clara Rojas y Emmanuel termine habrá un ganador: la publicidad y, con ella, el consumismo porque Clara Rojas y Emmanuel ya son un filón tanto para los políticos como para los comerciantes, ni que decir de los medios de comunicación que ya cuentan el botín, todos sin un mínimo de sentimientos ni bondad.
De eso se salvó Svetlana y está a salvo Christian. Si ella estuviera viva, todos la reconocerían en la calle por haber tenido el valor de decirle no a Ricardo Navarro -su ex pareja acusado por Svetlana de maltratos- cuando, de rodillas y anillo en mano, ante millones de televidentes, le pidió matrimonio en el telebasura “El Diario de Patricia”. Lo demás es historia hartamente conocida.
Svetlana se marchó de este mundo dejando hundido a su verdugo y a sus cómplices, encabezados por la cruel presentadora. Al menos eso queda para orgullo de Christian y, posiblemente, en ese gesto de valentía de su madre, al negarle otra posibilidad a Ricardo, esté su salvación. Si Svetlana le salvó la vida dejándolo ese día con su padre, esperemos que haya valido la pena porque un inocente no merece tanto dolor.
Ahora le toca a Clara Rojas proteger a su hijo a quien la privacidad se la están arrebatando quienes ganan mucho con su dolor. Por esa razón no estoy ganada para ver cómo es el Emmanuel que viene de la guerra -como mi Hombre de la Guerra que cuando regresa asesina a su madre y le corta un pecho- porque no quiero ser cómplice de una posible desgracia. Qué premonición tuve en 1979 con esa historia de un hombre atormentado por los horrores de la guerra, obra con la que ingresé en los talleres literarios del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG).
La complicidad de los telespectadores asesinó a Svetlana antes de que Ricardo Navarro -así, con nombre y apellido de macho asesino- le hundiera un cuchillo, de eso no tengo dudas. Si estuviera viva, la imagino en un Gran Hermano. Belleza tenía de sobra para aparecer en la pantalla. Las revistas también la hubieran buscado y ahora sería mujer de papel acariciada por ojos que nunca vería, miradas groseras ansiosas de sexo y golpes, tal vez.
Todo eso -y más- lo logra un minuto de gloria visto por millones de personas en la pantalla de un televisor, algo válido para los que están sedientos de dinero, fama y poder a falta de algo mejor que los llene y les dé paz. De esa ligereza sabemos mucho los venezolanos cuando recordamos aquel “Por ahora” que fue tan definitivo como el NO de Svetlana. Por esas casualidades de la vida, en ambos casos está presente la desgracia.

CONTINUARÁ EN OTRO POST CON UNA EXPOSICIÓN SOBRE CHRISTIAN Y EMMANUEL

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