miércoles, 4 de julio de 2007

HUMILLAR

I
UN HECHO TOMADO DE LA VIDA REAL
Hay algunos abogados que, con el título, adquieren un desprecio irracional hacia el ser humano. Es como si el ser abogado los convirtiera en seres superiores hasta el punto de permitirles hacer y deshacer para demostrar un poder que ellos creen tener a partir del momento en que se convierten en uno más de los tantos abogados que hay en el mundo. Siempre se hacen llamar “doctores”, pero la mayoría de las veces no han hecho un doctorado y pocos se destacan en la profesión. Es válida esta introducción porque el caso que narraré fue protagonizado por una abogada de la que hay muy poca información en Internet y, hoy, todo lo importante está en la red. Supongo que esta mujer no debe ser madre porque, si lo fuera, no se hubiera atrevido a humillar a una chica que no le hizo ningún daño. Y si es madre, no sé de qué está hecho su corazón.
La abogada de la que hablo, ofendió a una chica muy joven delante de otras personas. La madre estaba presente. No sabía esta mujer que una de las personas que presenció la ofensa era psicóloga y pudo -de alguna manera- calificar la acción. Como bien es sabido, las madres defienden a sus hijos, pero la madre de este caso estaba tan sorprendida como la hija por lo inesperado e injusto de la situación. No obstante, con un gran control, y con un tono de voz bajo -por aquello de que no es lo que se dice, sino cómo se dice- la madre sólo le dijo a la “doctora”:
- De esa manera no.
La abogada respondió:
- De esa manera tampoco.
Luego dio la espalda y se fue. Ni la hija ni la madre intentaron detenerla. Eso era lo menos interesante en ese instante.
Si se analiza con profundidad la respuesta de la abogada, resulta que al utilizar la palabra “tampoco” está admitiendo que lo que dijo fue agresivo, desagradable e incorrecto porque con ese “tampoco” está queriendo decir: “No me gusta lo que me estás diciendo y menos delante de otras personas y no acepto que me trates así”. La abogada, con su respuesta, demostró que no quiere que le hagan lo que ella sí le hace a los demás. Un ser conciliador y educado llama aparte a la joven y le dice lo que considera incorrecto, si es que lo hay. Eso es lo que hace una persona normal, pero quien humilla como lo hace la “doctora” de esta anécdota, padece una patología y nunca actuará como el que tiene una mente sana. Eso es impensable.
Las personas como ella tampoco piden disculpas ya que el orgullo es más fuerte que la bondad. Quizás ni estén conscientes de la carga de agresividad con la que enfrentan a las personas y posiblemente tengan problemas cognitivos que se detectan con un mapeo cerebral.

II
El acto de humillar es, esencialmente, un acto de agresión y, como toda agresión, es altamente condenable. Ofender y agredir son los otros verbos que admite la humillación. Humillar no es un acto que acepta justificación y, quien lo practica, se degrada. La humillación, cuando se hace delante de otras personas, trae consigo una alta carga de odio y rabia contenida que es descargada por el agresor sobre quien se supone es el más débil. Quien humilla necesita compulsivamente demostrar un poder que no tiene y desea tener.
Muchas veces se subestima a la víctima elegida y en eso de subestimar está el error porque el agresor es -en todo caso- el ser inferior y el verdaderamente débil. Sólo alguien infinitamente bajo, infinitamente ruin, carente de valores y sentimientos, es capaz de herir y dar la espalda sintiéndose un triunfador -que no lo es- porque con su acto demuestra un complejo de inferioridad inmenso que intenta manejar al tratar de colocar a otra persona en un nivel inferior al suyo. Sólo así, el agresor se siente arriba, en el lugar deseado y nunca logrado.
El punto está en que muchos de los humillados nunca descienden a ese nivel inferior por ser personas fuertes. Sólo los débiles acusan el golpe. A veces depende del nivel intelectual, de ahí que intentar degradar a alguien humilde y sin cultura, es algo altamente condenable ya que esa persona no posee las herramientas para defenderse. Pero ¡cuidado! porque las cajas de Pandora existen y ¡vaya que dan sorpresas!
La humillación en público sorprende al agredido hasta el punto de no permitirle articular palabra y el agresor lo interpreta como un triunfo suyo cuando la realidad es que el agredido enmudece ante lo inesperado. Con él enmudecen quienes presencian el acto. Una vez que se supera esa primera etapa de la sorpresa -que puede durar escasos segundos- quedan dos opciones: responder a la agresión o ignorarla. El agresor espera una respuesta porque la necesita y, si eso no sucede, siente que ha fracasado y que su agresión ha sido descalificada. Ante la indiferencia, el victimario se desconcierta y su rabia aumenta; y con la rabia, el odio. Quien tiene dominio de sí mismo no responde y, si lo hace, apenas dice unas palabras -las justas- y lo deja hasta ahí. El agresor, al no lograr su objetivo, intentará atacar de nuevo hasta lograr ser tomado en cuenta que es su único propósito; inconsciente, por supuesto. La humillación no se planifica: estalla por el descontrol mental que tiene la persona que la lleva a cabo.
No responder a las palabras que intentan ofender es lo más sabio. Decir algo nada ofensivo y muy breve es, también, lo más correcto y lo más elegante. En cambio, seguirle el juego a la humillación es sumergirse en el fango donde vive alguien con una mente primitiva. Sólo la falta de fortaleza y sentido común puede lograr que un ser humano descienda al lugar tenebroso donde habita un amargado que sólo desea que más y más gente caiga en su infierno.
Todos, alguna vez en la vida, hemos sido humillados. El trauma puede durar minutos, horas, días o no olvidarse nunca. Es como el duelo y hay que vivirlo, siempre que no pase a formar parte de nuestras vidas hasta el punto de convertirse en una patología.
Los jóvenes y la gente humilde son un blanco ideal para quien disfruta humillando. Ellos nunca agraden a quien les parece fuerte, pero a veces eso dista mucho de la realidad y esa fuerza no existe y el victimario lo ignora. Por eso “respeta”. Pero -como ya lo dije- muchas veces se equivocan al escoger la víctima porque nunca se sabe qué sorpresas puede dar el que se supone es el ser perfecto para ser atacado sin piedad.

III
Cierto que la víctima de una humillación puede cobrarse la afrenta porque está en su derecho, aunque si no lo hace es muy válido e, incluso, digno. Si cobrar la ofensa es la vía escogida, hay que estar muy bien preparado para hacerlo, pero sólo cuando la cabeza esté fría y haya pasado el tiempo suficiente para pensar con claridad porque nadie, en un momento de mucha tensión, puede pensar con cordura y lo ideal es quedar muy en alto y nunca rebajarse como lo hizo quien perdió el control. Eso jamás. Lo sensato es callar y esperar. El silencio es un arma muy fuerte, más de lo que muchos imaginan. Hay que esperar un tiempo prudencial para estar relajados y decir las palabras exactas. Sólo con una mente bajo control se puede actuar con mucho cuidado y así evitar comportarse de la misma manera que quien humilló. Un reclamo honorable, pero contundente, es mucho más duro que un insulto y le duele más a esa persona que no sabe -ni puede- actuar en la vida sin agredir. Es una lección de clase que el otro no tiene porque la clase no se compra: se tiene o no se tiene.
No olviden que lo más seguro es que, quien humilla, actúe según un modelo aprendido en su casa o haya sido víctima de una humillación que lo marcó.
El agresor siempre encontrará una excusa para volver a descargar su rabia y si no lo logra hará un nuevo intento, y otro más, hasta intentar lograr rebajar a su víctima. Sólo la indiferencia puede acabar con sus planes. Algo más: a esa persona no se le debe temer porque en el fondo está muy asustada e insegura ante la vida.
Es tan útil la indiferencia, tanto como lo es el silencio y la espera. El tiempo es siempre un buen aliado para saldar cuentas pendientes con quien hiere alegremente sin medir las consecuencias para su víctima porque a esa persona el ser humano no le importa, a menos que obtenga algo de él, preferiblemente grandes ganancias económicas que es lo único que lo motiva y le hace llevadera la existencia. En ellos el interés priva sobre el afecto, pero lo disimulan muy bien y hay ingenuos que no se dan cuenta y se dejan utilizar. Generalmente adulan a los que le convienen -patrones, por ejemplo- y, ante la incomodad que trae consigo la adulación, descargan su rabia y descontento con quien consideran débiles. Se ven obligados a adular a quien tiene poder económico y eso es lo que no soporta el agresor para quien la adulancia es la única forma que tiene para ganarse la vida; a pesar de que eso lo degrada, independientemente de cuánto dinero gane.
Quien apoya a este tipo de gente es cómplice de sus actos y, por lo tanto, es un agresor pasivo capaz de humillar con su silencio, pero con la misma magnitud del que actúa abiertamente.
Se alegra una de no tener que estar junto a ese tipo de gente que ha hecho de la humillación una carrera con diploma de honor en la injusticia y el maltrato. Se siente lástima por los que están obligados a convivir con ellos.

Carmen Guédez
tintaindeleble@gmail.com

1 comentario:

Ophir Alviárez dijo...

Cuánta sabiduría en las palabras. Leo, sigo haciéndolo.

Un saludo,

OA