jueves, 22 de marzo de 2007

MI ADMIRADA NORA

En pleno siglo XXI hay mujeres que dependen de un hombre. Son esas a las que no les pasa por la cabeza cómo ganarse la vida. La verdad es que tampoco les interesa. Se asombra una cuando sabe de su existencia, gris en todo caso porque los parásitos no conocen los colores.
Esas mujeres desarrollan una habilidad increíble para hacerse de maridos que las mantengan aunque eso signifique pagar un precio muy alto y la pérdida de lo más sagrado: la libertad.
Confieso que no las entiendo y mucho menos apruebo su estilo de vida. Una vez -cuando escribía en El Universal, periódico venezolano- publiqué MUJERES Y MUJERCITAS y fue un éxito total, uno de mis artículos más comentados, y lo más sorprendente: gustó a los hombres. Ahí planteaba la diferencia entre las mujeres que trabajamos y las que no lo hacen. En ese texto hablé de diferencias irreconciliables entre estos dos tipos de mujeres con estilos de vida que no encuentran un punto en común ni siquiera para tomar un té. No es feminismo a ultranza. Sencillamente somos dos grupos muy diferentes y cada uno debe ocupar su lugar.
Conocí a una que armaba una gran bronca cuando descubría los engaños del marido. Entonces la palabra divorcio se dejaba escuchar durante unos días. Luego, él le compraba joyas y el enfado desaparecía hasta una próxima vez, y así continuaba junto al infiel marido, como si nada. Nunca supe que quisiera valerse por sí misma. Jamás pude mantener una amistad con ella porque era elemental y de la vida sólo veía lo superficial. Una conversación con esa mujer era una tortura. Seguían juntos hasta la última vez que tuve noticias de ellos.
Supe de otra que pescó a un marido adinerado. Ya tenía ella hijos cuando se casaron y él la mantuvo a ella y a sus niños durante años. Cuando, luego de quince años de matrimonio, él planteó la separación ella le pidió que no quitara su firma de las cuentas bancarias y agregó que le pagara el teléfono y hasta le pidió que le hiciera el mercado. La infeliz sólo aprendió a cuidar matas y perros y con Lexotanil sobrellevaba sus días de mujer aburrida y desocupada. No supe más de ella y en qué terminó su triste dependencia económica. Ambas mujeres tenían un punto en común: no sabían usar Internet, detalle que llamó mi atención. No pude evitarlo.
Una vez un amigo español me preguntó que cuánto recibía de mi ex marido después de mi divorcio. Le respondí que nada porque en mi país no se estila que el ex esposo pase una pensión a la ex esposa y, en el caso de que así fuera, la mujer también estaría obligada a darle dinero a él. Es lo más justo. En realidad nunca averigüe si me correspondía un monto mensual por los años que estuve casada. Es que no recibiría una pensión que no tiene justificación de ningún tipo y por nada del mundo veo razones lógicas para recibir dinero por el hecho de ser una ex esposa. De hacerlo es porque mi concepto del matrimonio es el de una empresa con derecho a pago por retiro voluntario o involuntario de uno de los socios y no puedo ver al matrimonio de esa manera. Mi pragmatismo no llega a tanto.
Supongo que las mujeres que no trabajan no tienen idea de lo agradable que es ganarse la vida y ser útiles. Esas mujeres nunca sabrán que existe en la literatura ese personaje maravilloso -del teatro noruego- que es Nora, la protagonista de Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen.
Cuando Nora está por dejar la casa, dice: “Escucha, Torvaldo. He oído decir que, según las leyes, cuando una mujer abandona la casa de su marido, como yo lo hago, está él exento de toda obligación con ella. De cualquier modo, te eximo yo. No debes quedar ligado por nada, como tampoco quiero quedarlo yo”
Más adelante -casi al final de la obra- cuando Torvaldo le ofrece ayuda económica ella le responde: “No aceptaría nada de un extraño”.
Por esa dignidad, y esa férrea determinación, es Nora uno de mis personajes más admirados desde hace más de veinte años. Entre mis tesoros está una edición de lujo con la obra completa de Ibsen que publicó la editorial Aguilar cuando se cumplieron cien años (1979) de haberse escrito la famosa obra que tantas veces he leído.
A más de cien años de haberse escrito Casa de Muñecas (1879) parece mentira que haya mujeres tan distintas a Nora. Son las mujeres que no se atreven a volar solas temerosas de una soledad que igual la tienen. Sé que nunca intentaré comprenderlas porque no encuentro excusas válidas que justifiquen su dependencia de un hombre.

tintaindeleble@gmail.com

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