miércoles, 28 de febrero de 2007

MI MADRE Y EL OFICIO DE VIVIR

18:57 del sábado 24 de febrero del 2007. Trabajaba en mi ordenador cuando repicó el teléfono. Me costó reconocer la voz porque apenas escuchaba un murmullo. Era Isabel, mi hermana. No entendí lo que empezó diciendo, o no quise entenderlo. Era esa llamada que por años esperé y a la que tanto temí.
- Mamá murió.
Esas dos palabras son como un latigazo que te sacan de órbita y, entonces, te das cuenta de que jamás te acostumbras a la muerte aunque lleves muchos años preparándote para aceptarla. Y es mentira: a la muerte se la teme siempre, a la de los otros y a la propia. La dama de la guadaña no es bienvenida.
En octubre de 1985 un derrame cerebral debido a un aneurisma la dejó hemipléjica y con muchos trastornos en el habla. Su vida cambió completamente, pero nunca se quejó y se tornó muy dulce. A Dios lo siguió tratando como a un amigo y no como a su verdugo. Un cambio psicológico importante se dio en ella. Era una madre nueva en muchos sentidos, al menos para mí porque cada persona asume algo según lo que le precede.
Era evidente que a ella no le importaba su situación con tal de estar viva. Eso chocaba con mi convicción de no aceptar vivir en caso de que las capacidades más importantes queden disminuidas. Han pasado los años y sigo pensando igual y así se lo he expresado a mis hijas y a mis médicos de confianza.
Pero no por pensar así cuestiono su determinación de vivir porque durante muchos años de su enfermedad la vi feliz. A comienzos del 2003 su condición empeoró. Para entonces habían transcurrido más de 17 años desde el accidente cerebro vascular (ACV). A partir de ese 2003 muy pocas veces la volví a ver. Mis hermanos y María la cuidaron con amor y se los agradezco, muy especialmente a Luis que fue el gran tesoro que ella tuvo. Su entrega a una madre enferma es admirable. Yo no tuve valor para verla tan deteriorada y opté por alejarme. De alguna manera fue como enterrarla y nadie se imagina lo doloroso que es enterrar a una madre que está viva. Fueron para mí años de mucho sufrimiento y de mucha culpa que sobrellevé en silencio absoluto. Confieso que no pude vencer el miedo y el dolor de verla en unas condiciones que no me recordaban a mi madre cuando estaba bien, aun después del segundo derrame cerebral. Suelo ser sincera a riesgo de que se me juzgue o produzca lástima. Ni lo uno ni lo otro lo acepto porque fue mi decisión consciente y dolorosa, más dolorosa de lo que ustedes se puedan imaginar. Quizás muchos me creyeron cruel y nada más lejos de la realidad. Es tan fácil juzgar sin conocer las causas y razones de lo que se juzga.
Estudió pintura en la Escuela Cristóbal Rojas de Caracas. Su potencial creador le vino de su padre -Víctor García B.- que era odontólogo, orfebre, pintor, escultor, poeta y más. Era una mujer que nunca estaba sin hacer nada. Siempre tenía ocupaciones de diferente índole. No fue un ama de casa convencional y lo doméstico casi siempre lo delegó en otras personas. Por eso me costó entender cómo pudo acostumbrarse a una vida tan diferente a la que tenía. Sólo ahora lo entiendo, lo acepto y respeto su lucha por la vida.
Le colocaban el caballete y las pinturas y no pintaba. Su mano derecha no respondía. Tenía una letra hermosa y no escribió más. Todo lo anterior lo cambió por algo en lo que nunca reflexionamos a pesar de ser lo fundamental en todo ser humano: el oficio de vivir. Eso sólo lo entendí cuando tuve la muerte muy cerca de mí y me siento afortunada por haber vivido esa experiencia que le dio otro rumbo a mi existencia. Casualmente a principio de este mes de febrero empecé a escribir sobre ese tema y no encontraba un título que me gustara y ahora mi madre me lo da como un último regalo, tan hermoso como sus inolvidables regalos de navidad y cumpleaños. Es “El Oficio de vivir” -bello título- lo que me venía obsesionando porque hasta hace poco caí en cuenta que es el más difícil y noble de todos los oficios.
Cuando la vanidad de poseer se cambia por el desprendimiento se alcanza la verdadera felicidad y por eso ella era feliz. No poseía nada material y era prisionera de su propio cuerpo, pero tenía algo muy valioso: la vida. Con eso le bastó hasta el último momento.
Muchos, siendo poseedores de ese milagro que es la vida, quieren más cuando lo importante es lo básico y de eso nos damos cuenta sólo cuando vivimos una situación extrema que nos obliga a apreciar las cosas más sencillas y no las de más valor material.
Se volvió desprendida. Si le regalaban algo, ella se lo regalaba a otra persona. Los obsequios dejaron de atraerle y se regocijaba inmensamente en el cariño que recibía. Eso sí llegó a tener un valor importante y lo agradecía con una sonrisa y con las pocas frases que, con gran esfuerzo, lograba armar.
Aquellos que alcanzan lo que ella logró atesoran felicidad, amor, fe, esperanza y, por sobre todo, atesoran vida. Qué lástima que sean tan pocos los que lo logran.
Nunca se me ocurrió que la respuesta a muchas de mis preguntas y reflexiones que vinieron después de la grave situación de salud por la que pasé (España-Octubre 2005) las tenía mi madre que, con su silencio, nos decía lo bien que se puede vivir cuando se le da el justo valor a lo que en verdad lo merece. Eso no está a la vista. Encontrarlo es difícil, mas no imposible.
Mi madre me deja como herencia, y tarea obligatoria, el aprender a vivir totalmente y disfrutar de las cosas más pequeñas que son valiosos tesoros que están a mi alcance y al alcance de todos. Con su ausencia me regocijo de ser madre y estar viva para poder darles a mis hijas lo que ella ya no me puede dar y que un día me dio con creces. En Rosalba y en Eva me he refugiado, tanto como un día me refugié en el vientre materno o en los brazos del roble. De esa manera la llamé por su fortaleza ante las duras pruebas que le tocó vivir.
Madre, continúa sonriente porque -como dijo el sacerdote que ofició la misa- sólo mueren los que no son recordados y a ti te recuerda mucha gente buena, y nosotros -tus hijos, tu hermana Carmen, tus nietos, sobrinos y tu incondicional María- nunca te olvidaremos.
Sé que siempre tendré tu protección y sólo quiero pedirte algo: que exista unidad en nuestra familia que es mi sueño más anhelado, como en los viejos tiempos cuando papá y tú estaban con nosotros.
Gracias a los que nos acompañaron. Fue una ceremonia muy íntima y sólo hoy me atrevo a decir : mamá murió.
Duelen mucho esas dos palabras. Perdón a mis amigos por no avisarles y ya saben el porqué.
Descansa en paz, madre querida. Te adoro y gracias por darme tantas cosas bellas. Perdona -si eso es posible- mi ausencia física porque no hubo un sólo día en que no pensara en ti.

Carmen Guédez
tintaindeleble@gmail.com

1 comentario:

Persio dijo...

¡Extraordinario ejemplo el de tu madre!
Es lo bueno de la vida: los reveses que ésta no da, nos vuelven hacia lo básico: la familia, el puro amor, nuestro buen Dios.
Que el Señor acoja en su seno el alma de tu buena y admirable madre.

Un muy fuerte abrazo