domingo, 8 de octubre de 2006

ANIVERSARIO

Hoy no es un día normal para mí. Podría inventarme que sí lo es, pero nada más triste que mentirse a sí mismo. Desde ayer me asediaba este día que no olvidaré jamás porque a partir de aquel viernes 07 de octubre del 2005 no volví a ser la misma. Ese día me recuerda, también, una tarde de primavera -fue en abril, exactamente- por aquello de que hay fechas que te marcan y te cambian para siempre. Esas dos fechas me transformaron hasta un punto que nunca hubiera imaginado nadie, ni yo misma. Soy otra persona, no sé si mejor o peor, pero otra, sin duda alguna.
Toda historia tiene un preámbulo. Éste es el del viernes 07-10-05:
Comienza cuando el jueves 06 de octubre 2005 me fui con
Félix Piñeiro Rey (un peregrino sin fe ni amor al prójimo, aunque en su libro pregona todo lo contrario) a Viveiro, un pueblo marítimo muy alejado de A Coruña, de donde salimos muy temprano. Viveiro está cerca de la frontera con Asturias. Muchas casas de piedra y hermosos caballos se ven en el camino que no es tan verde como el resto de Galicia. Félix viajaba a Viveiro en busca de unos planos de unas tierras y esos planos estaban en manos de un topógrafo, el único de la zona. Este hombre se negaba a entregarlos esgrimiendo mil excusas que yo conocía de sobra. Esos documentos no los pudo rescatar -ignoro por qué- el hijo de Félix que es abogado y se llama Abraham Piñeiro Rodríguez. Mucho menos pudo rescatarlos el propio Félix, a pesar de su carácter. Lo de los planos terminé solucionándolo yo y por eso no me pagaron ni un euro ni un “muchas gracias”.
En Viveiro almorzamos croquetas de pescado, ensalada y un rico postre. Tanta "
abundancia” se debió a que, por ser un viaje de negocios, pagaba la familia, de lo contrario Félix no haría semejante invitación a comer a un restaurant. Él cuida sus euros para la vejez, aunque la verdad es que los cuida por egoísta. La ensalada tenía mucho vinagre, pero no nos paso nada y llegamos a A Coruña sin malestar estomacal de ningún tipo.
Félix estaba dichoso ya que había recuperado unos planos muy valiosos de unos terrenos de su familia y ya me había dicho que se ganaría un buen dinero en la negociación de la venta de esas tierras. Mientras tanto, me arrepentía de haber logrado que se los devolvieran y menudo disgusto me provocó ese favor a gente tan desagradecida.
Con ese carácter fuerte que me caracteriza, me le enfrenté al hombre que tenía los planos e hice que los devolviera. Logré lo que ni Félix ni su hijo habían logrado y estaba orgullosa de eso. Luego me contó Félix que ese hombre sufría del corazón y sentí pena por él. El pobre estaba tan asustado ante mis palabras que no dudó en entregar ese tesoro, que lo era pues sin eso no podían vender las tierras.
AMANECIÓ el viernes 07 DE OCTUBRE: mi último día normal
Desayuné y nada presagiaba un día fatal. Sólo un disgusto enorme me embargaba por lo del día anterior ante la falta de un agradecimiento de justicia. No esperaba un pago en dinero. Eso era impensable, pero un reconocimiento a mi gestión no estaba demás. Me sentía terriblemente stresada por muchas razones. Recuerdo perfectamente lo molesta que estaba. Llegó la hora del almuerzo. Antes de ir a almorzar ingerí una o dos grageas. Creo que una era un antiflamatorio. La otra no recuerdo qué era. Ese fue el último acto que hice dentro de una vida normal. Ya no hubo almuerzo y pasaron más de quince días para volver a saborear una comida. Eso, sumado a la operación y sus secuelas, me debilitó mucho y tardé meses en recuperarme.
A partir del momento en el que tomé esas grageas un dolor terrible que apareció en cosa de segundos, y sin síntomas previos, invadió mi estómago. Nunca imaginé que, a partir de entonces, mi estómago nunca más volvería a ser el mismo. Nunca más y un año después lo puedo comprobar. Ese dolor era el inicio de una obstrucción intestinal y el inicio de un trauma que no he superado porque involucró -y sigue involucrando- muchas cosas más (muy tristes todas) y un cambio de vida total en muchos sentidos, no sólo de salud.
A partir de haberse iniciado el dolor, inmediatamente comencé a vomitar sin parar. Pasó la noche y amaneció el sábado 08-10-05 y yo seguía vomitando. Félix tuvo la osadía de preguntarme que qué sustancia extraña había ingerido para que estuviera en ese estado, como si yo me hubiera inducido ese malestar espantoso a través de alguna droga terrible. Hay que ser bien inconsciente para decir semejante barbaridad ante una persona que está muy enferma, y era demasiado obvio que yo lo estaba.
No hubo mejoría a partir de entonces. No me hospitalicé inmediatamente y fue ya casi finalizando el miércoles 12-10-05 que ingresé al hospital Juan Canalejo de A Coruña. Lo hice porque esa noche, al darme cuenta de que empeoraba irremediablemente, traté de levantarme de la cama para enviarle un e-mail a una gran amiga a quien su esposo se le acababa de morir. Al tratar de levantarme no pude hacerlo: no tenía fuerza y me costaba recordar cualquier cosa. El inmenso dolor estaba causando estragos en mi memoria y en mi cuerpo. Me di cuenta que ya no podía evitar el ingreso que, desde el lunes, me había indicado el médico radiólogo (creo que se llama Demetrio Bouza) que me hizo una RX donde se evidencia la obstrucción intestinal. Llegué a él por el doctor Dámaso Díaz Otero quien le solicitó un eco abdominal cuando no era eso lo que estaba indicado. Lo correcto era una RX abdominal que se hizo por decisión del doctor Demetrio Bouza, si es que ese es su nombre, al ver que el eco no evidenciaba nada y, sin embargo, algo muy malo estaba pasando y a él eso no se le pasó por alto, de ahí que inmediatamente practicó la RX abdominal. Sea quien sea ese médico radiólogo, trabaja en el Centro de Radiología y Ecografía “Pérez Bustamante, S.A.” ubicado en la calle Federico Tapia, 9-4º dcha, en A Coruña. Es un lugar de medicina privada. Quiero, en este aniversario, agradecerle su consejo de internarme urgentemente, su diagnóstico preciso y su profesionalismo. Ojalá este agradecimiento llegue hasta él pues con Internet todo es posible. Y si no le llega, se lo haré llegar por otra vía ya que tengo cómo ubicarlo.
También hice caso omiso a las miles de veces que mi amigo Carlitos me dijo que pasaba buscándome en su coche para hospitalizarme. No entiendo ahora qué esperaba porque los milagros no existen. Tenía miedo, supongo, y ante el miedo se soporta todo, incluso un dolor tan inmenso. Cuando la situación llegó al límite yo misma llame al 061 (Urxencias Sanitarias) para que enviaran una ambulancia.
A pesar de mi extrema debilidad, como pude salí al portal del edificio a esperar a la ambulancia para no perder tiempo. La noche estaba fría y una fina lluvia caía sobre mí. Era otoño. Félix estaba conmigo muy a disgusto, supongo. Un pijama con una bata y una chaqueta deportiva azul para abrigarme un poco era lo único que yo llevaba puesto. En una pequeña maleta roja estaban todas mis pertenencias a partir de entonces. Todo lo demás quedó atrás sin importarme.
Al llegar la ambulancia, uno de los hombres (eran dos) se molestó porque yo era latina. Que en un momento así se presenten esas diferencias es inconcebible y viniendo de un servicio de Urxencias Sanitarias resultaba grotesco y carente de humanidad. Claro, eran esos dos hombres quienes hacían quedar mal a ese servicio. Lo único que atiné a decirle a uno de ellos fue lo siguiente:
- Señor, me estoy muriendo.
Él me contestó:
- Usted no se está muriendo nada.
No tenía idea él de lo grave que yo estaba. Recuerdo su cara perfectamente porque en ese momento tuve lucidez para memorizar ese rostro infeliz por inhumano. Llevaba un aro en la oreja. Del otro hombre -el que conducía la ambulancia- no recuerdo nada, ni siquiera sé si hizo un comentario. Perdieron mucho tiempo y Félix discutió con ellos. Finalmente aceptaron llevarme, pero ni tan siquiera me ayudaron a subir a la ambulancia, mucho menos me acostaron en la camilla, me administraron algo o se comunicaron con alguien por si acaso se presentaba una emergencia en el trayecto hasta el hospital. Sentada en un pequeño borde de la parte trasera de esa ambulancia, como si fuera una prisionera, hice el viaje desde la calle San Vicente de Paul 17.3º Dcha (A Coruña) hasta el Hospital Juan Canalejo de la ciudad herculeana. Ese servicio lo solicité a eso de las 22 ó 23 horas del miércoles 12-10-05. Debido a mi estado de salud es imposible precisar la hora, pero fue esa, más o menos. El hombre del aro en la oreja iba atrás conmigo y Félix iba con el chofer. Nunca ese paramédico me dijo nada, mucho menos trato de tranquilizarme porque yo me quejaba mucho debido a lo fuerte del dolor.
No tenía de dónde sostenerme por si la ambulancia se movía. Veía la camilla vacía como si estuviera muy lejos de mí y creo que, si hubiera estirado mi brazo, la hubiera tocado. La ambulancia viajó a muy poca velocidad. Extrañé el sonido que hacen cuando se trata de una emergencia porque para esos monstruos yo no lo era. Supongo que tan poca velocidad fue adrede. ¡Aquello era increíble! Luego de mi egreso, después de ser operada, hice la denuncia del caso de la ambulancia a través del teléfono 981.547447 ó 981.231842. No recuerdo en cuál de esos teléfonos puse esa denuncia, pero me atendieron muy bien. Es la Fundación Pública de Urxencias Sanitarias.
Ya en el
hospital Juan Canalejo de A Coruña la atención fue inmediata y excelente. Sólo esperé unos minutos en un pasillo. Luego comenzaron los estudios e hicieron lo que Dámaso Díaz Otero (“flamante” médico perteneciente a la Real Academia de Galicia por la voluntad de un loco o por amiguismo) debió hacer desde el lunes 10-10-05 cuando me vio en su consulta privada e inexplicablemente me mandó a mi casa indicándome, por escrito, lo siguiente que transcribo tal y como él lo escribió:

10. X. 2005.
PACIENTE: GUEDEZGARCIA, Carmen Rita.
HISTORIA Nº: 19.060.

DP.
BUSCAPINA COMPOSITUM……Grageas.
Un envase.
Tomar una gragea cada 8 horas.
DP.
TORECAN……….Comprimidos,.Un envase.
Tomar un comprimido despues desayuno y cena.
Luego, estampó su firma.

Esas fueron las indicaciones que me entregó Díaz Otero. Ese papel existe y está en mi poder por lo que ni él, ni Félix Piñeiro Rey, ni nadie, pueden desmentirme. Todavía conservo las aberradas indicaciones del doctor Dámaso Díaz Otero que sólo pueden ser posibles dentro de la peor mala praxis médica, por varias razones, ya que no es capricho mío decir que conmigo Dámaso Díaz Otero cometió mala praxis médica y a continuación explico por qué:
1- La clínica que yo presentaba al momento de asistir a su consultorio el lunes 10-10-05 era la siguiente: dolor abdominal intenso desde hacía tres días, vómitos durante muchas horas que habían comenzado a disminuir pues desde hacia tres días no ingería alimentos y un abdomen muy distendido a la palpación. Ese cuadro tenía que haberlo hecho pensar en un abdomen agudo. A eso se le suma que al abrir la historia (yo visitaba su consultorio por primera vez) y preguntarme si había sido operada alguna vez, le respondí afirmativamente y le hablé de una operación de útero que estaba en retroverso grado III y fue llevado a la posición correcta en esa operación en la que, también, ligaron trompas. Eso fue a principios de 1991 ó 1992. Esa operación, más la clínica que yo presentaba hacía sospechar de una obstrucción intestinal por bridas (adherencias producidas por una operación anterior).
2- No olvidemos que Dámaso Díaz Otero tenía en sus manos una prueba irrefutable de obstrucción intestinal: una radiografía abdominal que la ponía claramente en evidencia. Esa radiografía se acompañaba de un informe y fue hecha por el radiólogo que él mismo indicó ese lunes que fui a su consultorio. Salí, me hice el eco y la RX.
3- Esa misma tarde, una vez que se realizaron esos estudios, inmediatamente me trasladé de nuevo al consultorio de Díaz Otero para mostrarle esa RX y el ecosonograma que él había ordenado. Le dije que el radiólogo (doctor Demetrio Bouza, si es que es ese su nombre pues el informe lo extraviaron en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela) me había dicho: “Señora, ingrese inmediatamente en un sanatorio” Por todo lo anterior me veo obligada a hacerme varias preguntas con respecto a Dámaso Díaz Otero que enumero a continuación:
1- ¿Cómo puede explicarse que Dámaso Díaz Otero haya actuado tan irresponsablemente haciendo caso omiso a la RX de abdomen, al informe del radiólogo sobre esa RX y a la clínica que yo, como paciente, presentaba? ¿O es que la clínica de un paciente no le importa a este médico, vergüenza de la Real Academia de Medicina de Galicia?
2- ¿Cómo pudo Díaz Otero mandarme a comer pues el TORECAN lo indicó después de desayuno y cena? Así consta en las indicaciones que me dio por escrito.
3- ¿Qué sentido tenía la BUSCAPINA COMPOSITUM ya que un dolor por obstrucción intestinal es muy fuerte y es imposible que se alivie con ese medicamento?
Es absolutamente irresponsable -y casi se puede acusar de intento de asesinato- el que a un paciente con una obstrucción intestinal se le indique comer pues lo primero que se hace es retirar todo tipo de comida, incluyendo el agua, aunque usted no lo crea. Lo indicado, luego, es colocar la dolorosa e incómoda sonda naso gástrica (SNG) -que se coloca igualmente en niños o adultos- indispensable en una obstrucción intestinal. Después, todo lo ponen a través del suero y se prohíbe, como ya dije, ingerir agua. Eso lo sabe hasta un estudiante de medicina. ¿Cómo lo pasó por alto un miembro de la Real Academia de Medicina de Galicia que tiene más de 70 años de edad? Eso indica una larga trayectoria como médico. ¿Cómo puede Dámaso Díaz Otero justificar su error en mi caso cuanto todo estaba tan claro y las dudas eran imposibles? ¿Acaso sus correrías clandestinas en los alrededores de la calle La Torre de A Coruña lo han trastornado? Todo se sabe, Dámaso. ¡Todo! y bien sabes de qué hablo. Respóndele a tu gente de qué va este comentario donde menciono a los alrededores de la calle La Torre porque esta crónica saldrá en GOOGLE y en YAHOO, como ya han salido otras cosas que he escrito de ti y ya habrá gente conocida tuya que lea esto. El usted está demás. No es una demanda -que bien merecida la tienes- sino el desprestigio público lo que te mereces porque casi muero por tu irresponsabilidad y, pasado un año, todavía sufro las consecuencias de tu error y es tuyo porque eras el médico. La paciente era yo, por lo tanto no soy responsable porque el que sabías eras tú. El punto está en que no sabías nada de nada.
A partir de mi ingreso, y mi pase a manos de los médicos del hospital Juan Canalejo, quedé incomunicada con el mundo. No recuerdo mucho todo el trajín de esa noche. Apenas recuerdo una camilla (así la veo) donde hicieron otra RX. No supe más de Félix Piñeiro Rey. Al día siguiente, me enteré que se había ido a su casa. Pude haber muerto y él, se había marchado llevándose mi pequeña maleta roja. ¿Cómo pudo irse sabiendo lo mal que yo estaba? Eso y muchas cosas más no logro entender en él, pero no me cabe ninguna duda de lo inhumano y egoísta que es. Su historia está llena de actos así y cuidado si el suicidio de su hijo Félix Piñeiro Rodríguez, ocurrido en diciembre del 2004 cuando se celebraba un juicio en su contra por violencia doméstica, esté ligado a la dureza de Félix y a lo que vio en su casa entre su padre y su madre. La defensa estaba a cargo de su hermano, Abraham Piñeiro Rodríguez, pero Félix hijo no llegó hasta el final. Su hijo lo encontró muerto. Creo que se ahorcó. A diferencia de su padre, que es un deportista de toda la vida, Félix hijo tenía un gran exceso de peso.
Al amanecer del jueves 13-10-05 me encontraba en una extraña sala con otros pacientes del Juan Canalejo. Parecía una película. Trate de que me comunicaran con el consulado venezolano en Vigo, pero no quisieron hacerme ese favor o no pudieron comunicarse. No lo sé. Días antes, había avisado al consulado de mi gravedad. Olvidé pedir que llamaran a Carlitos a pesar de ser mi mejor amigo en A Coruña. No funcionaban mis cinco sentidos. Una señora gallega que se encontraba en una cama al lado de la mía trataba de hablar conmigo, pero no estaba yo para cotilleo. La sonda naso gástrica me molestaba mucho y una amable cirujana se acercaba frecuentemente a mí. Se la veía preocupada. En el transcurso de la mañana llegó Félix con mi maleta roja. Desde el día anterior estaba previsto que, en horas del mediodía, debía yo trasladarme al
Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela donde el catedrático doctor Don Joaquín Potel, médico director del Servicio de Cirugía General y de Digestivo de ese hospital me esperaba.
Pedí a Félix mi pequeña maleta y se negó a dármela por puro capricho. Entonces la señora gallega que estaba a mi lado le dijo:
- Señor, ella ha estado llorando todo el tiempo por usted. Ella llora y llora. Nu para de llorar por usted. ¿Nu sabe? Dicho con ese típico acento galego que rápidamente puedo identificar.
En medio de mi dolor la escuchaba asombrada pues no sé llorar ni aun en los peores momentos. Pensé que esa mujer estaba loca. En un momento en que Félix se ausentó le pregunté, muy molesta, por qué le había dicho a Félix algo que no era cierto. Ella me respondió:
- Se lo dije porque como no le quiere entregar la maleta, a ver si diciéndole eso se la entrega.
Casi me eché a reír con semejante ocurrencia. Fue una muestra que tuve de la inteligencia de los gallegos. Pensaba que esa señora estaba loca y me demostró ser muy astuta. Lástima que no pude conocerla más porque inmediatamente pedí el alta para trasladarme a Santiago de Compostela a un hospital que ya conocía desde la primavera de ese mismo año y me ofrecía más seguridad, al menos eso sentí. Supe luego por mi hija, que es médico y vive en España, que el Hospital Juan Canalejo me hubiera brindado la misma atención que el Hospital Clínico de Santiago de Compostela.
Félix le dijo a la joven cirujana que, con esmero me atendía, que el doctor Joaquín Potel nos esperaba. Ella dijo: “Ah, el catedrático”. Es muy conocido el doctor Potel en toda Galicia. Luego la doctora se dirigió a mí para decirme: “Espero que usted sepa que debe trasladarse inmediatamente a un centro de salud. Lamento que lo que se hizo aquí se pierda porque los estudios que se realizaron no pueden salir de este hospital y la sonda naso gástrica hay que retirársela” Era terrible porque introducir esa sonda produce en el paciente una molestia espantosa, casi una tortura.
Retiraron la sonda naso gástrica, firmé el alta, me trajeron una bolsa con una etiqueta donde estaba mi nombre. Ahí estaba mi ropa y zapatos. Todo muy organizado. Salí acompañada de Félix y pasé unos minutos apenas por casa a recoger unas últimas cosas. Luego partimos al Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela donde el viernes 14-10-05 en la noche me operaron de emergencia. Se había perdido mucho tiempo (exactamente una semana desde que comenzó la obstrucción) y ya una parte de mi intestino estaba cianótico por lo que hubo que hacer una recepción intestinal (cortar un pedazo de intestino) y por lo distendido que estaba mi abdomen una peritonitis perforó mi intestino durante el acto quirúrgico que llevó a cabo la doctora Puri Parada a quien le debo la vida. Si demoran más en operar hoy no estuviera con vida.
Lo único que debo agradecerle a Dámaso Díaz Otero es el haber llamado, delante de mí, al doctor Joaquín Potel (son muy amigos) para mi ingreso en su servicio y para pedirle un informe de mi estado de salud. En una nota de puño y letra escrita por Díaz Otero el miércoles 12-10-05 para Joaquín Potel, y que yo conservo, Díaz Otero le recomendaba mi caso. En ese momento acordaron entre ambos mi ingreso para el jueves 13-10-05. Muy bello gesto, pero tardío porque eso debió hacerlo el lunes 10-10-05 cuando me vio en su consulta privada y tuvo en sus manos la RX que daba constancia de la gravedad de mi salud debido a una obstrucción intestinal y eso no admite demora. No entiendo por qué el doctor Joaquín Potel no pidió que me trasladara ese mismo miércoles a su servicio en Santiago de Compostela. Quizás las explicaciones que le dio Dámaso Díaz Otero no lo alarmaron. Quizás Potel creyó en Díaz Otero. Ignoro qué pasó, pero una fallá médica más conspiró en mi contra y mi salud no soportó tanta espera, de ahí que tuve que ingresar ese miércoles en el Juan Canalejo.
Mi caso no fue fácil por el tiempo que se perdió y sobre eso siempre caerá una sombra de duda en la persona del “doctor” Dámaso Díaz Otero. Su prestigio quedará manchado con mi caso o, al menos, muchos dudarán de él porque mi enfermedad no admitía confusión alguna. Desde el punto de vista médico, todo estuvo muy claro desde el principio. 26 días hospitalizada y un largo post operatorio en casa hablan de que lo mío no fue ninguna tontería.
Hoy, a un año de haber comenzado aquel doloroso episodio, mi estomago no es el mismo y nadie -ni en España ni en Venezuela- dan una explicación satisfactoria. “No sabemos lo que pasa”, esgrimen los ineptos gastroenterólogos que me han tratado y -atendiendo a las interrogantes de un médico venezolano, gran amigo mío- me pregunto: ¿tendré que ser yo, como paciente, la que deba responder qué pasa con mi estomago y por qué lo siento tan extraño o por qué mucho de lo que como me cae mal a pesar de la estricta dieta que cumplo al pie de la letra? Siendo así, ¿cómo olvidar aquel 07 de octubre en la mañana cuando mi estómago no lo sentía extraño y las comidas las toleraba bien? Es decir, ¿cómo olvidar la época en que fui una persona normal? Ya no lo soy.
La parte correspondiente a lo que viví en el HOSPITAL CLÍNICO UNIVERSITARIO, que forma parte del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela (Galicia-España) la publiqué en este mismo blog el día 20 de enero del 2006 bajo el título:
DEL CAMINO DE SANTIAGO AL PENOSO CAMINO DE UN HOSPITAL.
Trata ese largo texto sobre lo que viví durante los 26 días de estadía en el más importante hospital de Santiago de Compostela (España). De todo lo escrito ahí sólo me retracto de lo bien que me expreso de los médicos venezolanos porque en mi chequeo médico en Venezuela me encontré con los gastroenterólogos más inhumanos y malos que he visto, amen del servicio de RX de una conocida y costosa clínica del este de Caracas. Esa clínica siempre será recordada porque estuvo marcada por la tragedia y el escándalo mediático. Ahí, un Transito Intestinal me lo realizaron mal y así consta en el informe médico del gastroenterólogo que, además de no vigilar el Tránsito Intestinal como le correspondendía, extravió la biopsia de una gastroscopia que me practicó. Ese médico (?) no aceptó ese Transito Intestinal y lo dejó por escrito en un informe que, luego de mucho luchar para que me lo entregara, lo hizo a regañadientes gracias a la mediación de otro colega que sí me aprecia.
No faltó un gastroenterólogo de esa misma clínica, que me botó de su consulta una vez que una doctora de RX le contó (eso me consta y ese médico sabe que fue así) que yo había exigido a RX de ese centro asistencial que me devolvieran el dinero de un Tránsito Intestinal que estaba mal hecho. Es muy cierto lo de mi exigencia porque tenía -y tengo- el derecho de hacerla ante un estudio que no sirvió por culpa de ellos y no mía que, como paciente, nada podía hacer. Ese médico "honorable y muy humano" (según un amigo de infancia) y que, irónicamente, pregona la necesidad de la buena praxis médica se molestó mucho ante mi actitud de exigencia con el servicio de RX y optó, en abierta represalia contra mí y contra mi derecho a EXIGIR, por no revisar varios exámenes que él mismo me había mandado a practicar sin importarle los resultados y mucho menos el dinero que gasté en realizármelos. Para empeorar la situación, ese día yo presentaba un fuerte dolor abdominal y, en lugar de examinarme, me dijo que no me quería como su paciente y me echó de su consultorio sin importarle mi dolor físico. Su secretaria sabía que yo me sentía muy mal. Fue un acto de humillación imperdonable y lo más triste es que lo hizo con una tranquilidad que rayaba en la demencia. ¿A eso se le puede llamar médico? ¡No! Ese es un insecto, y muy dañino. En todo caso, ese hombre es muy peligroso para cualquier paciente. Ese y el otro gastroenterólogo son pejudiciales para la salud.
La peor mala praxis médica la vi en esos médicos gastroenterólogos y en esa médico de RX , tan mala como la de Dámaso Díaz Otero, pero más inhumana porque al menos a Dámaso no se le puede negar un trato agradable y no déspota con el paciente que es el caso de estos estos galenos venezolanos en particular. Debo ser justa en este aspecto. Todos esos médicos, nacidos y formados en Venezuela, trabajan en la misma clínica, institución que nunca respondió mis e-mails donde exigía la devolución del dinero del Tránsito Intestinal. Mucho menos se pronunciaron ante la actitud de esos médicos en una complicidad que no le hace ningún bien a los médicos honestos que trabajan en esa clínica privada. El hecho de que yo no dé nombres pone en entredicho a las clínicas caras del este de Caracas y a los gastroenterólogos y radiólogos que ahí trabajan, pero no es mi culpa. Si doy nombres me convierto en una perseguida de esa clínica y de esos médicos y sus abogados. Que cada uno demuestre su inocencia. A ver quién puede decir al leer esto: "Yo no fui" o "En esta clínica no pasó eso".
Salvo la responsabilidad de médicos venezolanos maravillosos y humanos como Federico Gómez Sandoval (mi ángel guardián) y Luis Enrique Palacios (mi estimado internista y amigo desde hace años) sólo para nombrar a los más involucrados en este episodio de mi salud. En Venezuela hay otros médicos muy respetables para mí, como Rafael Muci-Mendoza, Pedro Debess (a quien le debo mucho), Paul García (un médico muy humano) Bernardo D’Onofrio, Lisandro López Herrera, Hermán Hoffman y mucho más que están en mi corazón y a los que pido disculpas por no nombrar. En especial doy las gracias a mi hija mayor (médico residenciada en España) que, con amor y mística, curó mi herida en A Coruña luego que egresé del hospital, y lo hizo sin ser cirujano. Todos los médicos que conocen bien mi caso saben que la herida de la operación se complicó demasiado y que de no ser por ella, y la ayuda que desde Venezuela le brindaron algunos de sus colegas médicos, mi salud se hubiera visto más comprometida, pero las cosas hechas con amor alivian, aunque no curen.
No puedo olvidar hoy a:
  • Concha y sus hijos: cada uno muy especial para mí. Inolvidable la mirada y la solidaridad de Toya y María Rosa. Inolvidable Concha. Inolvidables todos. Son mi otra familia gallega en Silleda.
  • A Maruja y a su hermana
  • A mis hijas
  • A Germán, esposo de mi hija.
  • A Guillermo por llamarme siempre y apoyar a Eva.
  • A María Fernanda Jover que, sin conocerme, sostuvo mi mano cuando salí de la operación y me llevaron a la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos)
  • A Fanny Luna Villegas, una venezolana residenciada en Santiago de Cosmpostela que me hacia compañía un rato por las noches.
  • A Carlitos, mi amigo del alma, mi galego querido. Ambos compartimos a Nena, nuestra querida perra.
  • A Xil, quien después me ha brindado un gran afecto. Cuando enfermé apenas lo conocía.
  • A Francisco Castro, un venezolano residenciado en Vigo. No olvido las lágrimas en sus ojos cuando me visitó.
  • A Elsy Fernández, vice consul en Vigo para ese momento quien siempre estuvo pendiente de mí.
  • A Macarena, una estudiante de enfermería que nos daba a mi hija y a mí la información que los médicos nos negaban, a pesar de que mi hija es médico.
  • A otras enfermeras: Conchita Coto (¡cuánto hizo Conchita por mí!), Eva, Leonilda (Leo), Lina y Mónica.
  • A la doctora Puri Parada por decirme la verdad sobre lo que estaba pasando y por tener el coraje de operar en lugar de seguir postergando poniendo en riesgo mi vida. Siempre supe que terminó agotada en la madrugada luego de finalizar mi operación. Me lo dijo Toya, la hija de Concha, que la vio demacrada cuando fue a informar que yo seguía viva.
  • A la doctora Eunise, asistente del doctor Joaquín Potel.
  • A Antonio Pérez Morgade, administrativo del servicio donde me encontraba hospitalizada. Él me prestó todo tipo de ayuda cuando necesité, estando hospitalizada, hacer diligencias fuera del hospital, como enviar un fax. Galego casado con una venezolana y, en extremo, encantador y servicial.
  • A todo el personal que labora en los distintos servicios de radiología y tomografía del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Tengo de cada uno de ellos un hermoso recuerdo por su trato humano y respeto al enfermo. A pesar de la huelga nacional de radiólogos que se llevaba a cabo por aquellos días nunca dejaron de hacerme un estudio.
  • A una joven doctora gallega a quien no conozco y que, a raíz de la publicación de mi larga crónica DEL CAMINO DE SANTIAGO AL PENOSO CAMINO DE UN HOSPITAL, me envío un conmovedor e-mail.
  • A mis médicos venezolanos desde hace años que por teléfono me brindaron toda su ayuda.
  • A mi prima Mary Espinoza por su gentileza en llamarme.
Tampoco olvido a tantos otros venezolanos, gallegos y gente de otras nacionalidades que estuvieron a mi lado, tanto en el hospital como a través de la línea telefónica, en esos tristes y duros días: Liliana Yanez, Jesús Medero, Ninoska Rojas, Luis Garbán (Cardopusher) y quien fue mi amigo del alma: Ricardo Báez Duarte. A todos los llevo en mi corazón con agradecimiento eterno. Lamento que Ricardo ya no esté y lamento profundamente la angustia que le causé a mis hijas. Perdón pido a los que no he nombrado y son muchos. Lo sé.
Me acompaña un triste recuerdo de muchas enfermeras que evoco como torturadoras de oficio y que me hicieron un gran daño físico y psicológico. Sólo dos nombres pude obtener y ellas son: María Teresa Vazquez Diéguez (su maldad para con los enfermos no tiene límites) y Celia Baudot, pero en ese hospital la mayoría de las enfermeras producen miedo en los pacientes, al igual que lo produce el conocido doctor Beiras (hermano del político Xosé Manuel Beiras Torrado), médico detestable por demás con su frialdad y trato distante con aires de Dios del Olimpo. Cuando entraba en nuestra habitación a Concha y a mí se nos venía el mundo encima. Nunca dejó Beiras un grato recuerdo.
Lástima que un mal médico (o más de uno), unas crueles enfermeras (salvo algunas, muy pocas), un mal amigo (Félix Piñeiro Rey) o un servicio de ambulancias, dañen tanto a un ser humano hasta el punto de no permitir que el trauma de un episodio tan duro se supere jamás. Hay que vivirlo para entender el porqué no se olvida.
Consíderese esta crónica como una denuncia que aboga por el buen trato a un enfermo, sea quien sea. Al menos yo puedo desahogarme escribiendo, pero hay quien no se desahoga jamás. Esos sufren más que yo y por ellos escribo.

Carmen Guédez
ESCRITORA