viernes, 20 de enero de 2006

DEL CAMINO DE SANTIAGO AL PENOSO CAMINO DE UN HOSPITAL

Después de más de cuatro meses de ausencia mi correo está lleno de e-mails con las interrogantes de dónde estoy o por qué dejé de escribir. Ante esa inquietud me veo en la obligación de responder y lo mejor es hacerlo a través de mi blog.

Aquí estoy de nuevo para darles una explicación por la larga ausencia y compartir mi pesadilla. Quizás escribiendo este relato -y otros más- me desahogue un poco pues los malos recuerdos siguen ahí y no quieren marcharse. Todavía me siguen acechando.


Perdonen lo largo de esta historia, pero prefiero contarla de un solo tirón. Es como tomarme un trago amargo. Perdonen también lo personal de su contenido, pero no quise ocultar nada. Posiblemente no todos quieran leerla por aquello de que el dolor de otros no interesa. Sólo es importante cuando ese dolor es muy cercano o es totalmente nuestro. De cualquier manera las penas llegan siempre. A veces tardan, pero -al igual que la muerte- nunca dejan de visitarnos, sólo que lo hacen por turnos, jamás por sorteo y cada uno de nosotros tiene un turno asegurado. Lo que sucede es que nos pasamos la vida esquivando esa verdad, hasta que llega y ya no es posible ignorarla. Es a partir de entonces que la palabra SOLIDARIDAD cobra sentido. Antes no.


Muchos de ustedes saben que en septiembre del pasado 2005 partí a España con la intención de hacer el Camino de Santiago. Para no extenderme en este punto pueden leer en este blog mi
post anterior, escrito antes de mi viaje. Ahí explico las razones por las cuales haría ese famoso camino. No era un capricho o un viaje de turismo. Tampoco tengo espíritu de peregrina -de verdadera peregrina- pero surgió un motivo por el que creí que valía la pena realizar ese recorrido y en ese artículo están todos los detalles. Desgraciadamente mis intenciones se vieron truncadas cuando el 07 de octubre enfermé repentinamente. El 14 de octubre me operaban de emergencia en el HOSPITAL CLÍNICO UNIVERSITARIO que forma parte del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela (Galicia-España) Se trata de un moderno hospital con una edificación hermosa. Fue inaugurado en 1999.

Una inevitable obstrucción intestinal -por bridas de una anterior operación- que se complicó con peritonitis acabó con mis planes y me llevó a vivir una de las peores pesadillas de mi vida, debido a las condiciones poco comunes en la que todo transcurrió y que es lo que hacen que mi caso sea muy particular ya que durante los días previos a la operación, y cuando llegó el momento de ir al quirófano, estaba sola, en un país extranjero y, en Galicia, una región de España que no nos resulta nada cercana a nosotros los latinos por diferentes razones de tipo cultural, entre otras.


Por primera vez sentí la muerte cerca de mí. En esos momentos recordaba las palabras de la madre de Simone de Beauvoir cuando estaba hospitalizada poco antes de morir. Ella decía: “No le tengo miedo a la muerte sino al salto”. Yo pienso que lo peor de la muerte es lo que le precede. Lo terrible, cuando se está consciente de que la muerte acecha, es el inmenso dolor físico que se soporta para aferrarse a la vida. La incertidumbre también agobia. En el caso de una obstrucción intestinal no hay síntomas previos: el dolor es repentino y lacerante y los riesgos son muchos. Yo no lo ignoraba.


Ni en el Hospital "Juan Canalejo" -de A Coruña- ni en el "Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela" tuve problemas para ingresar por urgencias y la atención fue rápida. Es justo decirlo.


Debido al dolor que causa la obstrucción intestinal había llegado un momento en que ya no tenía fuerzas para nada. Estando en urgencias en el hospital de Santiago de Compostela, mientras me atendían y hacían los exámenes para decidir si me hospitalizaban o no, recuerdo que empecé a perder la conciencia porque la intensidad del dolor -ya después de seis días- era insoportable y nublaba mi mente. Hice un enorme esfuerzo para recordar y anotar nombres y teléfonos que en ese momento -y en los posteriores- eran indispensables para mí.


Imágenes sin sentido pasaban por mi cabeza e iban y venían descontroladas. Todo se tornaba teatral en medio de la oscuridad de los distintos lugares en los que me tuvieron, y en medio de personas que me resultaban muy extrañas y sólo hablaban en gallego. No todos eran como el gallego común que se ve en las ciudades y en los pueblos de esa región. A ese hospital acude gente de toda Galicia: pobres y ricos, gente culta y gente de muy bajo nivel, gente del campo y gente de la ciudad, extranjeros y gitanos. Fue en ese lugar donde mejor conocí a la gente de esa comunidad del norte de España que tanto me gusta y por la que, hoy, siento tanto apego, tanta morriña.


Recuerdo, entre otros, a un señor de baja estatura, piel muy blanca, cabello muy negro y ojos pequeñitos que se acercó a darme ayuda. Tenía el aspecto de los campesinos de los andes venezolanos y estaba presto a ayudar a otros que estaban ahí, a pesar de que él acompañaba a una persona enferma a la que nunca vi porque una cortina no me lo permitía aunque la tenía, justo, frente a mí. Le agradecí tanto su apoyo. Nunca más volví a verlo ni supe su nombre. Es un ser anónimo al que le debo un favor y nunca tendré cómo pagárselo.


Las blancas cortinas, que me separaban de otros pacientes, se movían con luz de fondo como si formaran parte de una hermosa escenografía. Aquellos personajes -tan particulares para mí- terminaban de crear esa atmósfera que nunca dejó de recordarme al teatro al que he estado tan ligada casi toda mi vida. 


Mientras esperaba mi ingreso formal, escuché gritos muy fuertes. También insultos y palabras obscenas.

- ¡Cabrón, cabrón! Le gritaba, sin parar, una anciana a un enfermero.  


Eso me causó risa.

Le pregunté a un vigilante que de dónde procedía aquello y me dijo que eran dementes, alcohólicos o drogadictos pues a urgencias, de ese hospital, llega de todo y luego dan de alta u hospitalizan.


Ahora me asombra el que, en medio de mi dolor, yo viera las cosas de una manera tan especial e hiciera un esfuerzo para observarlo todo, pues aquello me resultaba una vivencia totalmente desconocida. Pasado, ya, cierto tiempo, reflexiono y no lo puedo entender, pero así fue. Supongo que era un mecanismo de defensa para distraerme de mi desamparo y del intenso dolor abdominal.


La posibilidad de no recordar y, esa sensación de pérdida de la conciencia, es terrible para quien está acostumbrado a detallar todo y a estar alerta, pero mi organismo se rendía ante un estado de gravedad que apareció sin darme una sola señal que me permitiera prevenirlo o evitarlo. Lo peor es que yo estaba fuera de mi país y sin poder tener, a la brevedad posible, a mis hijas junto a mí. Cuando los de urgencias ordenaron la hospitalización y me asignaron una habitación, me encontraba sola, tal y como lo dije anteriormente. No sé cómo mi psiquis lo soportó, porque les juro que no es nada fácil estar sin compañía en un momento como ese.


Era la madrugada del viernes 14 de octubre del 2005 

Había ingresado a urgencias del "Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela" el jueves 13 de octubre, en horas de la tarde. Antes había estado ingresada -durante unas horas- en el Hospital "Juan Canalejo" de A Coruña, pero como en la primavera, de ese 2005, había conocido el "Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela" y me había causado una muy grata impresión, me sentí más segura trasladándome allá y pedí el alta, voluntaria, en el "Juan Canalejo" de A Coruña, error que pagué muy caro. Firmé el alta y salí. Además, en el Hospital de Santiago me esperaba un médico. Félix Piñeiro Rey, el peregrino de mi historia y responsable, sin duda alguna, de mi viaje a España (ver post anterior) me llevó en su coche hasta el hospital de Santiago de Compostela, pero no se quedó. Sólo estuvo presente unas horas, hasta que me admitieron en urgencias. No le fatigaba hacer el Camino de Santiago nuevamente, ni le cansa hacer ejercicios todos los días pues es un deportista de toda la vida (corredor de fondo) pero lo `agotaba´ quedarse en un hospital y se marchó a A Coruña la noche de ese 13 de octubre sabiendo perfectamente lo grave que yo estaba. A partir de ese momento quedé incomunicada en aquel hospital y en manos de gente extraña para mí. Esa actitud de Félix dejó en mí una marca imborrable ya que nunca vi a alguien hacer gala de tanta insensibilidad. Me resulta imposible entender por qué él actuó así. Pareciera que huyendo hubiera encontrado una salida.
¿Qué lo impulsó a comportarse de esa manera? No lo sé.
¿Diferencias entre la forma de ser del latino y el europeo? Tal vez.
Félix Piñeiro Rey de antemano ha cuestionado este relato y me dijo: “Debes callar y ser feliz”, como si para serlo deba hacerme cómplice de todos aquellos que actuaron incorrectamente, en especial los médicos que me atendieron en Galicia, a quienes él defiende y yo cuestiono con argumentos y pruebas que Félix no tiene.
Está muy molesto conmigo por la publicación de este texto al que califica de `extorsión´, insólita apreciación para lo que constituye una verdad.
Quienes me conocen saben que no es mi costumbre guardar silencio, a riesgo de lo que sea. El poderoso diario venezolano El Universal me excluyó de su grupo de articulistas fijos sólo por decir la verdad. Eso no me intimidó y de esa censura me siento muy orgullosa porque sólo se intenta eliminar a una pluma fuerte y veraz, siempre lo he dicho. De ahí el slogan de este blog: “La verdad derramada sin censura” Y sin censura hablaré sobre Félix Piñeiro Rey, cuya imagen quedó vuelta añicos y jamás podrá repararse.
Después de la operación me visitaba en el hospital con cierta frecuencia, pero hasta ahí. Nunca se ofreció para acompañarme en la noche sabiendo lo mucho que me costaba valerme por mí misma. Excusa no tiene puesto que ya no trabaja.
Al llegar al Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela me debía estar esperando el profesor Joaquín Potel (médico director del Servicio de Cirugía General y de Digestivo de ese hospital) por recomendación -bastante tardía- del doctor Dámaso Díaz Otero, quien es amigo de Potel y gran amigo de Félix.
Díaz Otero me vio en consulta privada tres días después de haberse iniciado la obstrucción intestinal. Luego me volvió a ver dos días después. Este médico es miembro de la Real Academia de Medicina de Galicia, razón demás por la que esta `eminencia´ de la medicina gallega merece un artículo especial, un espacio sólo para él. En TINTA INDELEBLE no se hacen excepciones, menos cuando gracias a su negligencia se perdió mucho tiempo y eso agravó mi situación.
A Dámaso Díaz Otero lo acuso de mala praxis médica en mi caso y de ello tengo pruebas irrefutables. No señalo a nadie sin pruebas. Sería tonto hacerlo.
Al servicio de ambulancias del 061 (Urxencias Sanitarias) ya le puse en España una denuncia por haberse negado, en principio, a trasladarme al Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Esa denuncia fue bien recibida y me atendieron con esmero. Están ahora a la espera de un informe que debo enviar en los próximos días.
Una vez hospitalizada me tocó una habitación de dos camas, dos armarios, un baño grandísimo y cómodo, televisión y teléfono. Una señora mayor era la otra paciente y la acompañaba una de sus hijas. Me sentí una intrusa que ingresaba de madrugada para perturbar el sueño de la señora que dormía en esa habitación que se convertiría en la mía durante 26 días. Concepción Pena Mato (Concha, para todos) se llama esta gallega a quien creí dormida cuando llegue, pero no era así. En silencio me observaba. Es una mujer muy inteligente y está pendiente de todo. Luego me diría que al verme entrar me le parecí a Mary Poppins porque llevaba conmigo una pequeña maleta. También me confesó que se afligió al verme tan sola.
Cierto, mi maleta era pequeñita y de color rojo. El resto de mi equipaje era dolor físico, dolor moral y una angustia enorme ante la incertidumbre y la ausencia de los seres queridos o los amigos del alma. Nunca extrañé tanto a esos ausentes que días después, al enterarse de mi enfermedad, aparecieron con una solidaridad que nunca olvidaré. Venezolanos que no conocía iban a visitarme, las llamadas telefónicas llegaban desde el exterior y algunas personas del consulado de Venezuela en Vigo siempre estuvieron pendientes de mí, muy especialmente Elsy Fernández, la encantadora vice cónsul que conmigo se portó muy bien y me visitó, junto a su madre, en el hospital.
La tarde del 13 de octubre y la madrugada del 14 fueron muy largas. Antes del ingreso en la habitación recorrí muchos pasillos, siempre trasladada en una camilla en la que me llevaban a hacer exámenes para confirmar el diagnóstico. Equipos no faltaban. Había de todo en aquel hospital, pulcro hasta el último rincón. Nada que ver con un hospital latinoamericano y, muy particularmente, venezolano. Por fin amaneció y ya en mi habitación siguieron los exámenes, las preguntas de los médicos y las palpaciones en mi vientre adolorido. Fue un tormentoso día del cual recuerdo poco:
1- Me quitaron todo tipo de alimentos. Hacía exactamente una semana que, por decisión propia, había dejado de ingerir comida sólida una vez que se instaló el dolor. A partir de ese momento sólo tomé zumo de melón y agua, todo en muy pocas cantidades. Ignoro como ese zumo no me mató.
2- Me prohibieron tomar agua. Ese agradable líquido que creí inocuo, al parecer, no era bueno para mi estado de salud. Ya desde el día anterior me la habían quitado en el Hospital Juan Canalejo de A Coruña.
3- Todo lo recibía por vía intravenosa.
4- Pusieron la desagradable sonda naso gástrica (SNG), imprescindible en una obstrucción intestinal. ¡Un verdadero suplicio! Todavía recuerdo el sonido que hace y la espantosa molestia que produce cuando la introducen y cada vez que se mueve, aunque sea sólo un poco.
5- Un enjambre de enfermeras se ocupó de mí. Algunas de ellas practicaban la tortura y la discriminación hacia los latinos.
6- Mis venas no aparecían y tomar la vía era un vía crucis para las enfermeras. Un día llegué a tener a cinco intentándolo. A Concha le consta. Algunas se rendían y llamaban a una compañera. Así fue durante toda la hospitalización. Los moretones no se hicieron esperar y hasta una dolorosa flebitis apareció en mi brazo derecho debido a los pinchazos. Una de esas enfermeras, mientras hacia el intento de encontrar esa vena, me hablaba mal de Venezuela a pesar de que no era ese el momento apropiado para hacerlo. No tenía ni fuerzas ni ánimos para discutir con ella, además, esa mujer me producía mucho miedo porque era muy agresiva.
Lo de mis venas ya no era culpa de las enfermeras sino de mi organismo.
Con muchas de estas enfermeras sucedieron otras cosas que sólo puedo atribuir a la maldad humana o a un desajuste emocional muy peligroso. Nunca imaginé que a los enfermos se les torturara y, cuando estamos sanos, no lo llegamos a sospechar. Ahora lo planteo como una denuncia que debe ser atendida por los organismos que se ocupan de los Derechos Humanos. Algún día me encargaré de que la tortura en los hospitales sea tomada en cuenta y no se siga pensando que ésta sólo se practica en las cárceles, y eso que yo estaba en un hospital de un país desarrollado. O eso creí.
Por fin llegó la noche del 14 de octubre del pasado 2005 y vino a verme una doctora (Puri Parada es su nombre y apellido) que me dio un ultimátum: operaba inmediatamente o yo corría muchos riesgos. Nunca mencionó la palabra muerte, pero estaba implícito en lo que me decía. Entre otras cosas, me dijo:
- Así como usted está no resiste un viaje a Venezuela.
Luego me dio como plazo hasta las 22 hs. de esa noche para que me decidiera a operarme. Tratándose de una operación -en este caso de emergencia- necesitaban mi consentimiento firmado en un papel donde todos los riesgos los asumía yo, librando a los médicos y al hospital de cualquier percance que ocurriera. Debido al apremio, ese papel me lo dieron a firmar cuando ya estaba en el quirófano, frente a la camilla donde me operarían.
Firmé sin leer. No tenía alternativa: o firmaba o moría. Ya después no supe más de mí. Días después me enteré del contenido de aquella autorización.
Antes de tomar tan difícil decisión le pedí a la doctora Puri Parada que me diera unos minutos para hacer unas llamadas. Quería comunicarme con una de mis hijas y con María Fernanda Jover, una venezolana que preside la Asociación Cultural Deportiva Venezolano-Coruñesa Turpial. No conocía a María Fernanda, pero el consulado de Venezuela en Vigo me había dado el número de su móvil. Antes de mi hospitalización habíamos hablado telefónicamente y ella estaba al tanto de mi enfermedad. En vista de la gravedad de mi situación, y debido a que estaba sola ya que Félix no era una compañía de fiar, días antes había participado al consulado de Venezuela en Vigo lo que me estaba sucediendo, consciente de que podía agravarme o morir y alguien debía enterarse para que avisaran a mi pequeña familia.
No quise llamar a Félix. Me había dolido que me dejara sola. Tampoco llamé a Carlitos, un gran amigo gallego que desde hacía días se empeñaba en que me hospitalizara y él mismo se ofreció para llevarme a un hospital. Ignoré su ofrecimiento, y lo lamento, pero el dolor no me dejaba pensar racionalmente como para tomar la decisión de hospitalizarme. A eso le tenía pánico. Olvidé también llamar a otras personas importantes para mis afectos porque el tiempo conspiraba en mi contra.
Después de realizar las llamadas pedí que llamaran a la doctora Parada y le dije que estaba dispuesta a ir a quirófano esa noche. Antes la felicité por su firme determinación de operar enseguida ya que eso lo debió haber hecho muchas horas antes un tal doctor Paredes que fue el primer cirujano que me vio en ese hospital en horas de la madrugada o a primeras horas del amanecer. También debió decidirlo Dámaso Díaz Otero y no lo hizo a tiempo. Ese día de la operación se cumplía exactamente una semana de haber comenzado el dolor. Ingerí una pastilla que siempre tomaba y enseguida se instaló un fuerte dolor abdominal y, un poco más tarde, comencé a vomitar sin parar. Tres días después dos estudios (uno de ellos ordenados por el doctor Dámaso Díaz Otero) confirmaron que se trataba de una obstrucción intestinal.
Cuando la doctora Parada acordó la operación ya se había perdido mucho tiempo. ¡Cuánto lamento que ella no me hubiera visto antes porque las complicaciones hubieran sido menores! Resultó una mujer decidida y me salvó la vida.
Estando en quirófano el intestino se perforó. Esa fue la primera complicación, según palabras de la cirujana. Entiendo que si hubiera ocurrido antes posiblemente habría muerto. Ya en el post operatorio se presentaron otras complicaciones. A los tres días se infectaron unos puntos. Muchos pacientes sometidos a esta intervención quirúrgica mueren en el post operatorio. Eso también lo sabía y por eso mis temores ante mi lenta recuperación en el hospital. Imaginen la angustia que eso genera, por eso nunca me sentí segura y, mucho menos, fuera de peligro. Un pequeño estado febril aterra porque es un alerta de que algo no está bien. Eso por sólo nombrar lo más sencillo porque pasé por cosas peores.
Con mucha entereza acepté la operación. Después de tantos días de dolor no quería continuar por el camino de las aventuras en espera de un milagro o un no sé qué que no se iba a dar. Mi situación sólo se resolvía en un quirófano y, a esas alturas, yo lo sabía perfectamente.
Cuando decidí ir a la operación no vinieron las lágrimas a meterle el hombro a mi sufrimiento. Ha sido una de las decisiones más duras que me ha tocado tomar sola. Lo único que me angustiaba era la posibilidad de no volver a ver a mis hijas y a otras personas que quiero. La llamada a una de mis hijas fue una despedida por si moría durante la operación. Para ella y para mí debió haber sido un momento muy duro del que recuerdo muy poco, quizás por lo triste que fue. Nunca lo hemos conversado para no remover tristezas. A través de ella me despedía también de su hermana que, para ese momento, no sabía lo que me estaba ocurriendo.
Ya a esa hora de la noche mi relación con Concha, mi compañera de habitación, era excelente a pesar de las pocas horas que tenía conociéndola. Le di algunos números de teléfonos a Toya, otra de sus hijas, para que avisara sobre lo que sucediera en esa operación, y Toya avisó una vez que tuvo noticias de que la operación había terminado y yo seguía con vida. ¡Qué nobleza la de esta mujer!
Recuerdo los pocos minutos que antecedieron a mi partida al quirófano como de extraña resignación porque cualquier cosa podía pasar, incluso morir durante el acto quirúrgico, pero cualquier cosa era mejor que el vaivén de la incertidumbre de los días anteriores. Creo que una cierta alegría me invadió porque, para bien o para mal, ya la decisión estaba tomada. Posiblemente esos eran mis últimos minutos de vida y lo único que me acompañaba de Venezuela en esos momentos era una pequeña medalla de la Virgen del Valle que le di a Toya para que me la guardara. También le pedí que no dejara que nadie tocara mis cosas pues tenía conmigo papeles importantes que hoy forman parte de las pruebas que tengo para hablar de mala praxis y otras injusticias.
Toya me tomó la mano y me miró con profunda ternura mientras me daba ánimos. Nunca olvidaré ese momento y esa mirada tan dulce y reconfortante de alguien a quien apenas conocía. Vino enseguida una enfermera alta, fuerte y muy agradable que me trasladó al quirófano con mucha rapidez en la misma cama de la habitación. Toya fue conmigo. Sólo cuando cerraron la puerta del quirófano dejé de ver a Toya. Jamás pasará al olvido ese gesto de esta gallega que no tenía que hacer eso por mí. No fue su único gesto de solidaridad. Vendrían muchos más por parte de ella, de sus hermanos y de otros parientes. Se los agradeceré toda la vida.
Cuando desperté en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) una mano sostenía la mía. Todo estaba muy oscuro y yo decía algo o llamaba a las enfermeras, no lo sé bien. Esa mano era la de María Fernanda Jover que, al avisarle que iba a ser sometida a una operación, tomó su coche y partió desde A Coruña hasta Santiago de Compostela a pesar de la noche, la neblina y la lluvia de un frío otoño. Sentir la mano de una venezolana fue una dicha enorme. Sabe bien María Fernanda que ese detalle tampoco podré olvidarlo mientras viva.
En esas condiciones tan extremas MF y yo nos vimos por primera vez. Por supuesto que, en medio de los efectos de la anestesia y el dolor por la operación, poco recuerdo de aquel momento y ella se ha encargado de contarme los detalles. Me obsesionaba la extrema oscuridad de aquel insólito lugar al que creí ver alumbrado sólo por unas pequeñas lucecitas, como esas que se colocan en navidad. Pensé que aquello era producto de mi imaginación debido a la anestesia, pero me dice MF que era así, tal y como yo lo recordaba. Quizás no me expliqué bien porque lo que yo creí ver no se ajusta a ninguna realidad. Insisto en que lo percibí como un lugar nada común que alguna vez vi en una película que no logro recordar o que nunca se rodó.
De los AGRADECIMIENTOS hablaré en otra oportunidad porque hay MUCHA GENTE que desde diferentes partes del mundo (incluida Venezuela y España y, muy particularmente, Galicia) hizo mucho por mí en esos días amargos de una larga hospitalización. Con ellos no quiero ser injusta y por eso les dedicaré un espacio.
También hay bastante gente que me ignoró, no lo voy a negar. A esos posiblemente les alegró mi enfermedad y muchos deben haber sentido una felicidad muy grande porque yo no hubiera logrado hacer el Camino de Santiago y mucho menos escribir el libro. Para otros el silencio de mi pluma debe haber sido un gran alivio.
Todos ellos algún día estarán en una cama de enfermos sufriendo tanto o más que yo porque ese tipo de ¿seres humanos? casi nunca mueren de un infarto, que es lo que todos ansiamos, sobre todo los que pensamos que hay que morir dignamente y no pasarse parte de la vida en una espantosa cama clínica a merced de médicos, enfermeras y familiares que deciden por nosotros. Eso no lo quiero volver a soportar. Para eso está la eutanasia y soy partidaria de ella desde hace muchos años.
Mientras viva quiero valerme por mí misma. El día que no pueda hacerlo prefiero morir y así se lo he dicho a mis hijas y a mis médicos. Para mí hablar de la muerte nunca ha sido un tabú. Antes de que Ramón Sampedro fuera conocido por la famosa película “Mar adentro” ya conocía su caso y lo apoyaba en su lucha ante los tribunales para que lo dejaran morir pues lo considero un derecho tanto para él, como para mí y para cualquier persona que esté en una penosa situación de enfermedad. Sólo los que han pasado por situaciones extremas de salud pueden entenderlo, a menos que -como en mi caso- algunas personas se hayan preparado con antelación para enfrentarse a las enfermedades y a la muerte, pero no es lo común, aunque debería serlo ya que enfermar y morir es algo que tenemos seguro y no conozco a nadie que haya escapado a eso que, a veces tarda, pero llega.
El hecho de haberme interesado en el tema de la muerte desde el año 1975 -gracias al doctor David Domínguez- me resultó muy útil, tanto en los meses de la enfermedad de mi padre como durante mi obstrucción intestinal y el post operatorio. Cierto que sentí mucho miedo, pero conocía perfectamente hasta dónde debía llegar y qué debía firmar y qué no, qué tratamientos aceptar y cuáles no. Nunca estuve dispuesta a sufrir para no lograr nada. Tampoco lo estoy ahora. La palabra `preparada´ puede sonar ilógica, pero sí existe una preparación para lo que se llama `El buen morir´. Si quieren llámenlo reflexión o como quieran. El caso es que las enfermedades y la muerte no nos tomen por sorpresa. De todas maneras, nunca son bienvenidas, pero hay que intentar que su impacto sea menos duro.
Tuve un post operatorio muy traumático porque hubo mucha mala praxis médica. Posiblemente dicho por mí suene injusto y poco objetivo, pero cuatro días después de la operación llegó mi hija que es médico y se percató de muchas irregularidades que no tenían justificación. La acompañaba su esposo que se portó conmigo maravillosamente. A partir de ese momento tuve la tranquilidad de estar vigilada por alguien a quien yo sí le importaba y fue mucho lo que hizo mi hija por mí ante la incapacidad de los médicos de ese centro hospitalario tan bien dotado en equipos e insumos, pero tan carente de lo fundamental: humanidad.
No imaginan ustedes lo desagradables que son los médicos europeos en su mayoría. Las excepciones son muy pocas, mínimas, diría yo. No hay manera de comunicarse con ellos porque son distantes y prepotentes. Casi todos son indolentes y descuidados con los pacientes.
Parece mentira que estando un hospital tan moderno y bien equipado hayan faltado tantas cosas que pusieron en peligro mi vida. Las complicaciones post operatorias las desatendieron y eso alargó mi hospitalización y recuperación. Lamentablemente, después de mi operación, la doctora Puri Parada salió de vacaciones y quedé en manos de otros médicos y, muy particularmente, de un tal doctor Beiras que hizo lo posible por dañar lo que la cirujana había hecho en el quirófano. Sólo conozco su apellido ya que ni en el informe incompleto que me entregaron cuando me dieron de alta -firmado por él y no por la doctora que me operó- colocó su nombre. Beiras es un `catedrático´ que todos los días visita a los pacientes junto con sus alumnos de post grado. Supongo que les enseña cómo tratar mal a un enfermo y a una colega latina. Casi estoy segura de que su hermano es Xosé Manuel Beiras Torrado, un hombre muy conocido en Santiago.
Mi hija y yo jamás entenderemos su actitud. Con Concha, siendo gallega como él, tampoco se portó bien y tuvo un comportamiento muy déspota que terminó de explotar en un pasillo del hospital cuando le dijo unas palabras muy duras a una de sus hijas. Ellas nunca lo adularon como, seguramente, él lo desea. Concha y sus hijas son de esas personas que saben reclamar y no se quedan calladas. Eso, a este tipo de médicos, no les gusta ya que ellos desean pacientes y familiares sumisos.
Gracias a la vigilancia de mi hija pude superar muchos problemas, algunos graves, como una infección intra abdominal que se detectó a tiempo gracias a que ella exigió con firmeza una analítica (hematología) que se negaban a hacer y, finalmente, después de una gran discusión con una médico gallega, ésta, a regañadientes, aceptó hacerla. Ese sencillo análisis que desde hacia días no me realizaban -y que obligatoriamente debieron realizar con antelación- fue el primer indicio de la infección intra abdominal que puso a correr a los cirujanos un día domingo, obligándolos a efectuar una tomografía de urgencia para corroborarla. Ahí sí se preocuparon, pero antes no.
Tanto se asustaron que a las once de la noche -ya conociendo el resultado- se presentaron tres cirujanos en mi habitación para comunicarme que algo andaba mal. Se les notaba preocupados. Entre ellos estaba la médico que se negaba a realizar la analítica solicitada por mi hija, quien tuvo razón al exigir ese análisis que arrojó lo que ella se temía. De nuevo en mi habitación -acompañando a un cirujano que era quien hablaba conmigo- la actitud de esta doctora era patética. La recuerdo perfectamente en absoluto silencio, casi humilde o ridiculizada, mientras evadía mi mirada porque sabía que la exigencia de mi hija había tenido razones de peso y que su forma irrespetuosa de tratarla no fue correcta y sí muy prepotente e injusta para con una colega, porque lo era a pesar de no ser española. De haber sido su madre la que estuviera enferma, ella hubiera requerido lo mismo porque era asunto de elemental sentido común. Lástima que nunca supe su nombre y apellido, pero su rostro, enmarcado dentro de un cabello negro recogido, lo recuerdo con nitidez. Quizás un día regrese a buscarla y así sabré su nombre. Me gustaría.
Esa doctora nunca se disculpó, pero a veces las facturas pendientes se cobran con rapidez y ella pagó muy rápido su error. Creo que nunca lo olvidará.
Me pregunto:
¿Qué hubiera sucedido si no hacen la analítica ese mismo día?
¿Por qué esos `catedráticos europeos´ no se dieron cuenta de que era necesario hacerla y la médico venezolana sí?
Sencillamente porque nuestros médicos son más clínicos y están más pendientes de las reacciones de un paciente. Así me lo explico yo.
Los médicos de ese centro hospitalario trataron muy mal a mi hija. Jamás tuvieron con ella el respeto que merece una colega. Les molestaba mucho hablar con ella (me lo decía el doctor Beiras) y le negaban información. No le daban ni el nombre del antibiótico que me suministraban, cuando lo hacían, porque llegaron a suspenderlo en un momento en que no estaba indicado hacerlo, para luego tener que volverlo a poner. Una de las pocas enfermera amables nos suministraba información `clandestina´ que estaba en mi historia clínica. A pesar de tantos inconvenientes, mi hija nunca se amilanó, pero estaba muy molesta con esos médicos.
¿Para qué sirve tanto lujo y tanta tecnología si el personal médico y paramédico no funciona como debería?
La medicina no la hacen los aparatos ni la infraestructura maravillosa de un hospital. La determina la humanidad de los médicos. El hecho de estar en un país `civilizado´ y no en uno del llamado Tercer Mundo no garantiza la seguridad en la salud y sólo patenta la soledad, la deshumanización y hasta la discriminación del latino.
Si los médicos venezolanos trabajaran en hospitales con el confort, los insumos y la tecnología que tiene el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela no quiero ni imaginar lo que sería la medicina en Venezuela pues nada como nuestros médicos. La mayoría de ellos establecen una relación cercana con el paciente, conversan con éste, le explican las cosas y demuestran preocupación. En Galicia eso es impensable. Todos sabemos que a veces una mirada, una palabra amable o un gesto es la mejor medicina. Claro que aquí también tenemos algunos médicos inhumamos -pobres seres que no merecen el título que ostentan- pero son minoría comparados con los médicos de Galicia.
Mientras escribo sobre estos recuerdos trato de superar mi enfermedad, y lo que la rodeó, para seguir adelante y disfrutar mi mayor tesoro: mis hijas y mis amigos, los verdaderos, los que estuvieron conmigo en las malas.
Nada de lo que hay en este texto fue escrito durante mi hospitalización. Todo esto es producto de mis recuerdos. Allá me sentía demasiado débil para escribir y sólo llevaba una especie de bitácora o historia clínica, notas que contenían el día a día en lo concerniente a mi salud. Las anotaba en una libreta que siempre tenía conmigo y que me la llevó el esposo de mi hija. Por esas notas muchas veces fui regañada por los médicos y nunca entendí las razones por las que les molestaba tanto mis anotaciones.
Si hay un futuro todavía esperando por mí estoy segura que me veré escribiendo hasta la próxima caída porque ahora, más que nunca, estoy consciente de la fragilidad de nosotros los humanos. Cuando llegan las enfermedades ni los éxitos ni el dinero pueden devolvernos la SALUD. Esta experiencia me sirvió para valorarla y aprovecharla mientras la tenga porque hubo muchos días en que no me pude valer por mí misma. Cualquier cosa me fatigaba en exceso y todavía me canso fácilmente. Tratar de tomar una gasa para humedecer mis labios me resultaba una ardua tarea. Cuando caminé por primera vez descubrí lo difícil que es hacerlo, por eso ahora aprecio cada paso que doy, cada movimiento, hasta el más mínimo. Gracias a esa obstrucción intestinal ¡por fin tuve conciencia de mi cuerpo!
Las malas experiencias suelen dejarme un caudal de conocimientos y por eso, finalmente, termino agradeciéndolas, siempre ha sido así. Ésta, además, me dejó nuevos amigos entrañables y una familia en Silleda (población gallega) a la que siento como mía pues con Concha y sus hijos compartí lo bueno y lo malo durante muchos días de convivencia en una misma habitación. Hasta su gata Panceta llegó a formar parte de mí vida, así como su nieta Lía, una niña de apenas dos años que conversaba telefónicamente con su abuela que la adora. ¡Concha disfrutaba tanto conversando con ella! Desde su cama de enferma ordenaba lo que se iba a comer en su casa, pero ella no comía y pesaba muy poco. Su fragilidad corporal contrasta con su carácter.
Los sufrimientos de Concha eran los míos y viceversa. Me partió el alma cuando la vi llorar por su hija Eva a quien habían operado en Madrid de un tumor cerebral, justo el día en que a ella le dieron de alta. Sólo cuando Concha se fue lloré por primera y única vez en ese hospital. Me dolía mucho el no tener su compañía después de tantos días juntas. Posteriormente mantuvimos comunicación telefónica y, hasta ahora, eso se mantiene. Lamentablemente no pude visitarla porque Silleda me quedaba lejos. Otra vez será.
Recientemente recibí un cariñoso e-mail de su hija Araceli que tituló: “Desde Galicia para nuestra nueva hermana”. ¡Cuánto agradecimiento siento por esta familia, mi familia! Definitivamente el dolor une a la gente sin importar raza, religión, procedencia, sin importar nada.
Gracias a mi propia vivencia me sensibilicé con todos aquellos que se encuentran hospitalizados. Nunca imaginé lo duro que es para el paciente vivir esa gama de calamidades. Como familiar sí lo he vivido, pero nunca es lo mismo, jamás. Son experiencias muy distintas. Cada una es triste a su manera. Mirar el mundo desde una cama es insoportable tanto para el cuerpo como para el alma. Por eso Ramón Sampedro -el de “Mar Adentro"- luchó tanto para que lo dejaran morir.
Esto es sólo parte de una larga historia. Como escritora y articulista acumulé mucho material. Lo que más me impactó fue la tortura, tanto psicológica como física, que sufren los pacientes y de eso nada se sabe o nada se ha escrito, al menos yo no he leído ningún material que trate sobre ese tema.
Mientras estaba hospitalizada pensé que el título perfecto para escribir sobre eso era TORTURA EN EL HOSPITAL. Desgraciadamente es muy crudo y triste, de difícil escritura para quien lo ha vivido en carne propia, o con alguien muy cercano, porque mientras se está escribiendo se reviven cosas nada agradables que una desea olvidar para siempre y es imposible. No hay día que deje de recordar la horrible rutina de aquel hospital. Eso me ha quedado grabado y los rostros de médicos y enfermeras irrumpen a cada momento en mis recuerdos.
Cuando ya me pude valer por mí misma me bajaba de la cama a las seis de la mañana y me sentaba en el sillón donde descansaba de la cama clínica a la que nunca me adapté a pesar de ser muy moderna. A esa hora todo estaba muy oscuro porque era otoño. Cuando aclaraba podía ver desde la ventana un bosque de pinos con los troncos muy oscuros debido a la constante lluvia y humedad de Santiago de Compostela. Poco a poco comenzaban los trasnochados familiares y los enfermos a deambular por el pasillo. ¡Cómo olvidar! ¿Cómo?
Me parece ver, cada mañana, un verdadero carnaval de trapitos de diferentes colores que, entre otra cantidad de cosas, usan las encargadas de una impecable limpieza que me asombraba pues no existe en nuestros hospitales.
No es fácil olvidar aquello que, día a día, formó parte de mí vida en un momento trascendental. Tampoco puedo evitar pensar en los pacientes que ahora están en ese hospital.
De diez a diez y media llegaba el médico a verme a mí y a la otra paciente y ya no volvía más hasta el día siguiente. Una vez terminada la visita de la mañana, pasara lo que pasara, nunca venía un médico. Lo de la noche de los tres cirujanos que estuvieron en mi habitación fue una excepción. Cualquier problema lo resolvían la enfermeras y si había un médico residente -que supongo que lo había- nosotros los pacientes no teníamos acceso a él. Eso nunca lo entendí porque en Venezuela no es así. Los sábados y domingos descansábamos del doctor Beiras.
En el Hospital Clínico Universitario de Santiago las curas de las heridas, por muy delicadas que sean, las hacen las enfermeras y no los médicos. En Venezuela las curas las hace el cirujano u otro médico, pero no las enfermeras. Eso marca una gran diferencia.
Quiero aclarar que no todo el personal del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela tiene un comportamiento indigno. Hay ahí gente que merece mi más profundo respeto y agradecimiento. A ellos ya los nombraré a su debido tiempo. Pero también hay mucha `gente´ que por nada del mundo deberían tratar con pacientes porque su sadismo es extremo. Desdichadamente ellos son mayoría. Tengo la certeza que esto no ocurre sólo en ese hospital sino en casi todos. Sería asunto de escuchar historias y debe haber de sobra en todos los rincones del planeta.
Al momento de publicar este texto ya han transcurrido tres meses y unos días de la operación y todavía no me encuentro del todo bien. Tengo días buenos y días malos, pero trato de hacer una vida normal. Lo importante es que ya estoy en manos de mis médicos venezolanos que hacen todo lo posible por sacarme de este abismo. Ahora depende de que mi organismo responda a tanta bondad y a tantos cuidados.
Por ahora tengo dos médicos: Luis Enrique Palacios, quien es mi internista y Federico Gómez, cirujano-urólogo, gran amigo mío. A ambos los conozco desde hace muchos años y gozan de mi aprecio porque son excelentes médicos y magníficas personas. En los próximos días quizás se incorporen otros, posiblemente un gastroenterólogo y otro internista para reforzar opiniones.
Por supuesto que sigo vigilada por mi hija que ha depositado toda su confianza en sus colegas venezolanos ya que se fía más de ellos que de los médicos españoles. De ahí su deseo de que, a la brevedad posible, yo regresara a Venezuela. Como médico la conocí apenas ahora y me sorprendió lo buena que es. Ese reconocimiento quiero hacerlo público. No sólo me cuidó con amor, sino con eficiencia a pesar de los muchos problemas que le dio mi herida después de haber dejado el hospital. La cirugía no es su especialidad y ni tan siquiera le gusta, pero logró salir airosa. Antes de enfermarme sólo era mi hija, mi niña, tal vez. Ahora es eso, y más: mi salvadora.
Luego que en noviembre del 2005 me dieron de alta en el hospital me quedé en A Coruña porque todavía estaba muy débil y debí esperar un tiempo prudencial para tomar un vuelo a Venezuela que, de todas maneras, me agotó muchísimo debido a lo largo que es. Hubo, además, en Barajas, un retraso muy grande en el vuelo que, en mis condiciones, fue muy duro de soportar, más cuando la línea aérea (IBERIA) no me suministró una silla de ruedas a pesar de haberles mostrado una constancia de mi operación. Que no digan que es incierto porque otros pasajeros presenciaron cuando pedí la silla y mostré el informe médico. Lo que sucede es que IBERIA ahora tiene un trato muy desconsiderado con los pasajeros latinos. Muchos son ya los que han experimentado ese maltrato. Otros ya lo vivirán. Las agencias de viaje lo niegan para vender boletos, así como niegan otras cosas.
En A Coruña tuve todos los cuidados que mi estado requería. No me faltó nada, mucho menos afecto y compañía. Me recuperé tanto que ya salía sola a caminar por la ciudad para recrearme con sus célebres galerías.
En diciembre regresé a Santiago de Compostela para un control médico que me indicaron cuando me dieron de alta. Me acompañó Félix un día en que la neblina dificultaba el traslado hasta Santiago. No fue la generosidad lo que lo motivó a acompañarme. Lo hizo porque le parecía un desaire que yo faltara a una cita con el indeseable doctor Beiras, cuya esposa él conocía.
Después de la consulta con Beiras recorrí de nuevo el piso donde estuve hospitalizada y recordé, era inevitable y doloroso. Mi cama la ocupaba un señor. Salí pronto de aquel espacio donde cuesta respirar y donde los sueños casi se escapan, pero necesitaba despedirme de aquel piso para cerrar un ciclo.
Ese mismo día recorrimos Santiago y sus lugares emblemáticos, como la Plaza del Obradoiro y la majestuosa catedral. Félix me mostró otro aspecto y otros lugares significativos de esa ciudad que es una de mis preferidas. Eso se lo agradezco porque es un gran conocedor de Santiago, un guía de lujo, tanto como Carlitos, otro amigo con quien tuve la suerte de conocer a esa ciudad.
En la Rúa do Vilar -en pleno centro de Santiago- disfrutamos la exposición de Frida Kahlo, muy visitada por los españoles. Luego me llevó a conocer la Oficina de Acogida al Peregrino donde Eduardo Pérez, un chico muy amable, me atendió y me dio información por si un día me animo de nuevo a hacer el Camino de Santiago. Con ese chico Félix tuvo una discusión porque éste le cuestionó su falta de humildad, virtud que debe tener un verdadero peregrino y que Félix no tiene.
Ese cuestionamiento me recuerda a un gran amigo que, de alguna manera, coincide en pensamiento con el chico de la Oficina de Acogida al Peregrino. Mi amigo, refiriéndose a Félix, me escribió lo siguiente:
“El Camino de Santiago queda en entredicho como algo que inspira los más nobles sentimientos cristianos en base al conjunto de sacrificios y dolores que se deberían pasar para culminarlo. Ello debería generar seres humanos más íntegros y menos preocupados por banales Récords Guinness”
Como para reflexionar al respecto.
En mi despedida de Santiago visité lugares hermosos que no había visto en otras oportunidades. ¡Valió la pena conocerlos! Volví a pasar por esas calles estrechitas que son tan especiales. En la Plaza de la Quintana recordé a Concha que dice que aún llora cuando pasa por ahí. Ya en la noche, todavía impregnada del arte de Santiago, regresamos a A Coruña.
Santiago de Compostela, a pesar de ser la ciudad donde tanto sufrí, sigue siendo la ciudad de mis afectos y es, para mí, una de las más bellas que conozco.
A pesar de mi post operatorio -y con unos cinco grados de temperatura- visité otros pueblos gallegos: Miño y Pontedeume, entre otros. Estos se habían despojado totalmente del ambiente de un final de verano que pocos meses atrás yo había visto y disfrutado. Nuevamente le daban paso a un frío y lluvioso otoño, pero sin perder ese verde fuerte que caracteriza a Galicia en cualquier época del año y que se mezcla de manera magistral con el azul de su mar.
Un banco, donde en septiembre Félix y yo habíamos estado sentados mirando el mar en Miño, estaba muy mojado por la lluvia, lo que lo hacia inservible para volver a sentarme a mirar el oleaje y relajarme un poco. Los bañistas se habían marchado para regresar el siguiente verano. El aspecto era sombrío y desolado, pero lo compensé disfrutando el puente de Pontedeume donde la gente no había desaparecido. Por el contrario, un mercadillo en sus calles llenaba de algarabía a ese hermoso pueblo.
Dejé España sólo cuando mi hija consideró que podía hacer el largo viaje que me traería de vuelta a mi país donde la inseguridad me obliga a encerrarme y a añorar mis caminatas en medio de la tranquilidad que me brinda la Ciudad de Cristal, la ciudad del inolvidable faro romano que iluminaba mi habitación en las noches de mi post operatorio.
El día de mi regreso a Venezuela, Félix me llevó al aeropuerto antes del amanecer, mientras la lluvia y el frío se encaprichaban en despedirme. Estaba muy distante. Supongo que lo tranquilizaba mi partida ya que, quizás, pensaba que de esa manera terminaba todo. Hizo mal en subestimarme porque nunca imaginó que desde mi estudio en Venezuela es que comienza mi lucha pues mi arma es la pluma y voy a batallar por lo que no dudo en calificar como una violación a los Derechos Humanos en muchos sentidos. Los derechos, cuando son violentados, hay que defenderlos. Es una concesión indiscutible y no una venganza como algunos creen.
Fue un adiós muy diferente al de marzo cuando partí con destino a Madrid y él me despidió en el andén. Esta vez la amistad quedaba muy dañada.
Así dejé a los que tanto quiero, a esos que me dieron ánimos y alegrías en los días tristes. Cuando siento una imperiosa necesidad de recordarlos saboreo en la noche un bocadillo con pimiento de piquillo y, entonces, me parece escuchar nuestras risas mientras veíamos la tele. Me falta el yogurt de pie de limón con el que finalizábamos la noche para luego emprender un viaje hacia los sueños. Algún día eso volverá a ser posible. Mientras tanto, ¡cuánto los extraño!
En medio de miles de recuerdos -buenos y malos- parece ser que mi pesadilla ya casi llega a su fin para volver a estar en contacto con mis lectores lo más seguido que pueda.
Les aseguro que no fue fácil -y mucho menos agradable- escribir este relato, pero a la vez, necesitaba hacerlo.


Quiero dejar clara mi cambio de opinión sobre la medicina española y su personal médico y paramédico
Ahora, que resido en España -donde fui tratada de un cáncer de mama en el 2011- mi opinión sobre la medicina española es de admiración por el adelanto, la investigación y la manera, perfecta y seria, de tratar una enfermedad. Los médicos que me trataron -tanto en A Coruña como en Barcelona, donde resido en la actualidad- me salvaron la vida y me dieron un trato humano imposible de superar. Todos son grandes profesionales. A todos los respeto y les agradezco lo que hicieron por mí y lo bien que trataron a mis hijas.

A mis enfermeras las considero mis ángeles guardianes. Mi fisioterapeuta -del hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona- ha trabajado con ahinco para ayudarme a superar una neuropatía post operatoria. Además, con él participé en el extraordinario tratamiento de prevención de linfedema (trabajo de investigación del hospital Sant Pau) propio de las pacientes a quienes nos han hecho vaciado de ganglios debido a que el cáncer de mama tomó los ganglios.

Para mí y para mi hija mayor -médico que ejerce en A Coruña- siempre será un misterio lo sucedido en el "Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela", ya que dista mucho del trato que recibí en los hospitales donde se trató mi cáncer (Hospital "Abente y Lago", Hospital Materno, Hospital Oncológico -todos de A Coruña- y Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, en Barcelona.

No puedo retractarme de lo que digo en este post
Si lo hago, estaría faltando a la verdad. Como digo en mi blog: "La verdad hay que derramarla sin censura. De lo contrario, no es verdad"



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Carmen Guédez
@TintaIndeleble

Socia activa de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN) Caracas-Venezuela
Carnet Nº 3.974
SACVEN: http://www.sacven.org/

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