miércoles, 15 de noviembre de 2006

A RONALD Y A ALEJANDRO

Gracias a ambos por incentivarme a retomar este blog. Agradecida por sus reclamos porque así me sacan de este letargo que es lo más parecido a la muerte de la palabra de un autor.
Ya se había sorprendido Alejandro Muñoz -a quien un médico lo obligó a que le sobrara el tiempo- al entrar a este espacio y no encontrar nada nuevo. Por su parte, Ronald tiene toda la razón al decir que alguien que visita un blog y se percata de que no hay nuevas publicaciones no regresa a leerlo. Se pierde un lector.
Para mí misma esgrimí excusas que no son ciertas. Asomé mi menguado tiempo ocupada en mi trabajo, pero la única verdad es que después de la partida de Ricardo Báez Duarte, en mayo de este año, me desencanté de este espacio. De Ricardo hay mucha información en Google y otros buscadores. Intelectual, artista plástico, excelente fotógrafo, matemático y experto en informática -además de una formación muy rica y de una amabilidad fuera de serie- fue Ricardo el creador de TINTA INDELEBLE luego que el periódico venezolano EL UNIVERSAL me censurará en septiembre del 2004. Cierto que siempre fui la única que escribió en este blog, pero había una magia, un no sé qué con la presencia de Ricardo. Lamentablemente esa magia -ese no sé qué que nos hizo tan inseparables- se rompió con la aparición de Luis José Itriago, médico gastroenterólogo muy amigo de Ricardo que me trató de la manera más humillante que un médico puede tratar a un paciente. Amigo de Luis José Itriago desde la infancia, Ricardo no quiso hablar del tema y ahí murió esa relación entre nosotros que había sido entrañable.
No pude perdonar al amigo que olvido esa solidaridad que siempre me brindó. No entendió Ricardo mi dolor a pesar de que estaba muy al tanto de todo lo que acontecía con mi salud y la cantidad de mala praxis médica que había acumulado -y sigo acumulando- desde que enfermé en España. Por primera, y última vez, mi amigo me falló y no tuve la humildad para perdonarlo. Fui muy dura con él y la verdad es que, en nombre de tantas cosas buenas, debí hacer caso omiso a lo sucedido y no perder a uno de los mejores amigos que he tenido. Hasta mis hijas me pidieron que reconsiderara mi posición, mas no pude -ni quise hacerlo- y con mucho dolor me alejé de él. Hoy me arrepiento, pero es muy tarde. Lo único que puedo, y quiero hacer, es reconocer públicamente mi error porque de Ricardo recibí mucho y un impasse en el que él no estaba directamente involucrado no era motivo suficiente para alejarnos.
Pudiera inventar otra historia menos personal y menos melancólica, pero hace tiempo que no oculto mis tristezas ni mis dolores ante nadie. Tampoco quisiera irme de este mundo sin pedir discupas por mis errores, que son muchos puesto que soy humana. Aprovecho este don de saberme expresar para decir ahora lo que siento y no dejarlo para cuando sea tarde. Este es un blog de verdades y no de falsa felicidad. Tengo miles de razones para ser feliz y otras miles para no serlo. Sólo que lo asumo y no lo escondo, ¿para qué? De hipócritas y mentirosos está lleno el mundo y no quiero ingresar en sus filas, menos ahora que mi vida está llena de puntos suspensivos y signos de interrogación.
Desde la partida de Ricardo Báez Duarte no sentí este blog como algo mío y estuve a punto de cerrarlo y salir con uno nuevo, pero TINTA -como cariñosamente lo llamo- ya era conocido y empezar de nuevo era una dura tarea. Sin embargo, mis post se fueron distanciando. Sólo desde el lunes 13-11-06 y, muy particularmente desde anoche, tengo conciencia de que una bitácora es algo de todos los días y no algo de lo que una se ocupa de vez en cuando. Un blog quita tiempo y no es un juego. No si quien lo escribe lo hace como parte de un oficio y hoy bloguear lo es. Al menos en Europa un buen blog es muy tomado en cuenta y hasta nos hemos organizado. La amistad entre blogueros es algo ya normal. Somos colegas de oficio que usamos el ordenador para algo más que chatear o enviar e-mails. Las horas que estamos dándole al teclado son horas útiles y no simple ocio como piensan algunos.
Me siento obligada a encontrar las ganas de seguir sin la sombra de Ricardo rondando estas páginas como si fuera un fantasma. Dependí mucho de él y luego pude demostrarme a mí misma que yo podía sola. Después de todo él fue mi maestro en esto de los blog y bastante me enseñó. Pero no fue esa dependencia lo que determinó mi alejamiento de este site. Fue el extrañar al amigo y esa esgrima verbal -como diría Ronald- brillante y llena de humor que había entre Ricardo y yo constantemente. ¡Cómo recuerdo aquellos días en que nos mándabamos un e-mail trás otro! Ambos trabajamos gran parte del día frente a un monitor y nuestros correos están abiertos siempre. Cuando mi hija me escuchaba reír sabía que era por Ricardo. ¡Y vaya que lo era!
Debo asimilar que fueron mis textos -y mi arduo trabajo para divulgarlos- los que le dieron el éxito a este espacio y que la vida sigue aun con los que ya no están. Sólo así este espacio no estará condenado a la muerte.
De nuevo, gracias a Ronald por hacer que me percatara de mi error y a Alejandro porque desde su invalidez física -no más de eso- extrañó mi pluma y me lo expresó. Ambos me han hecho un gran favor y esos reclamos se agradecen porque valen la pena.
Jamás dejaré de reconocer que Ricardo Báez Duarte es el padre de este blog y Margarita -su esposa- fue quien lo bautizó como TINTA INDELEBLE. Como un homenaje a esa amistad este blog debe continuar, a pesar de los pesares.

Carmen Guédez
ESCRITORA

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